viernes, 29 de noviembre de 2013

EL SER

Hay algo encima del armario, estoy segura.
Por el día, con la luz del sol, no se ve tanto; solo es una sombra clara que no deja pasar los rayos que cubren el resto de la habitación. Pero por la noche parece que crezca.
Lo vi la madrugada del pasado domingo, cuando me encendí un cigarrillo que alumbró lo que antes fueron horas de oscuridad.
El hombre me había dicho que no le gustaban las luces, ni siquiera aceptó una bombilla de baja intensidad. Se excitaba en la oscuridad total, tocando, besando y explorando un cuerpo, pero sin verlo. Le dejé hacer, para mí era una experiencia nueva y, todo hay que decirlo, me gustó. Hacía tiempo que no conocía a un hombre que supiera masturbarme con las bragas puestas; hizo con ellas apenas un hilo y frotó una y otra vez. Casi me corrí, pero supo parar a tiempo. Me dejó tan excitada que hubiera podido tener un orgasmo yo sola. Noté un movimiento cerca de mí. Me dijo que estaba arrodillado y me preguntó si quería que se pusiera un preservativo. Le dije que no, me gusta el sabor auténtico dentro de mi boca y no el artificial. Me guió cogiéndome del pelo: según lo acariciaba, yo me movía.
Cuando encendí el mechero entraba por la ventana la primera luz del día y fue entonces cuando me pareció ver algo encima del armario, acurrucado en una esquina, rodeado de oscuridad total. Como si la luz muriera a su contacto. Lo seguí mirando mientras daba unas caladas. Hasta que me abracé a la espalda del hombre que tenía a mi lado y me dormí.
De eso hace ya tres días y no he vuelto a dormir allí, ahora duermo en el sofá del comedor. Lo que antes era mí habitación es ahora un pozo de oscuridad, da igual que suba la persiana hasta arriba y que el sol brille fuera con fuerza. La luz choca contra el cristal y rebota. Aquello absorbe toda la luz, como se supone que hacen los malditos agujeros negros.
Ayer con todas las luces del pasillo encendidas abrí la puerta, salió un olor dulce, como flores del bosque. Me recordó mi infancia en el campo y la vez que levanté la tapa de aquel baúl.
Lo de encima del armario había crecido, y mucho. Seguía sin poder distinguir su forma, ni siquiera sabía si era o no humano. Pero sin duda era algo vivo, incluso dejó escapar unos extraños ruidos, como si intentara decirme algo.
Hoy volveré a abrir la puerta para ver en que se está convirtiendo. Blanco y hermoso, así lo definiría. Pero no creo que sea humano, es demasiado blanco. Ningún ser humano podría vivir con esa blancura de piel, casi transparente. No entiendo cómo algo tan blanco ha podido nacer de la oscuridad más absoluta. Pero es hermoso, terriblemente bello, no por su físico, que desconozco, sino por su dulzor.
Desprende un perfume tan embriagador como solo pueden hacerlo millones de flores juntas.
Ahora estoy en el comedor, sentada en el sofá. Asustada. Esperando. La última vez que lo vi estaba en cuclillas, preparado para saltar.
Aunque lo que más me asustó fue escucharle pronunciar mí nombre.
Voy a dejar de escribir, ya ha saltado. Ya ha abierto la puerta de mi habitación. Ya viene corriendo hacia aquí. No sé de qué me conoce. No sé lo que quiere de mí.

1 comentario:

  1. Muy bueno Sorayica, eres la maestra del relato corto.

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