jueves, 21 de noviembre de 2013

PERDER LA CABEZA


La cabeza rodó por las escaleras, el cuchillo  era sostenido por una mano ensangrentada que temblaba como una hoja de papel.

El resto del desdichado, estaba siendo arrastrado hasta la parte trasera de la casa. Con el hacha se dispuso a cortar en trocitos el resto del cadáver.

Empezó de manera rápida con ansia, lo cual hacia que la sangre salpicara su cara, y sus brazos. Coágulos se impregnaron en su ropa, de la cual se deshizo, y con las manos temblorosas, calientes y resbaladizas por los restos del muerto, se hizo una coleta para apartarse el pelo de los ojos.

Desde el primer corte fulguroso la sensación de excitación había pasado, así que, sin pensárselo cogió un arma mas pequeña para poder disfrutar de cada pequeño corte que hiciera al cadáver.

Cuando comenzó con la mano derecha, se acordó de cuantas veces la había tocado con ella, desde la mejilla hasta los senos, desde sus labios hasta su sexo. Sintió nauseas pero aguanto el vómito, necesitaba seguir deshaciéndose de el. Sabía que lo que peor llevaría seria deshacerse de su pene, al fin y al cabo, era lo único que podría haber merecido la pena de su victima y por lo que llegaría a sentir incluso lástima, ya que, los mejores momentos los pasó encima y debajo.

Cuando llego a los testículos, no pudo evitar soltar una carcajada, los tenía como canicas, probablemente del miedo que paso cuando la vio enajenada y abalanzarse sobre el, y eso hizo que estos se encogieran. Salió tal cantidad de sangre justo de ellos que por un momento pensó que la diversión acabaría esfumándose por ese corte, pero al continuar por los brazos un buen salpicón de una de las arterias la mancho los pechos y la hizo seguir con mas ímpetu, y  una palpitación en su mas bajo instinto sexual consiguió hacerla soltar un grito de placer.
Al finalizar con la masacre, juraría que orgasmo.
Con delicadeza enterró los restos uno a uno en cada parte del jardín, pensó que plantaría árboles y alguna que otra flor. La tierra y la sangre habían hecho una costra en ella, se miró al espejo y se odió por un momento, luego se acordó de  por que lo había hecho y se sintió orgullosa.
Cuando abrió el grifo de la ducha y se metió en ella regueros de sangre recorrieron su cuerpo, mezclándose con tierra y con sudor, y no pudo evitar excitarse de nuevo pensando en lo que había hecho, pero esta vez quería llegar hasta el final, así que lentamente empezó a tocarse el clítoris y bajo el chorro del agua empezó a acariciarse los senos con la mano que la quedaba libre.
No pudo evitar acordarse de los orgasmos que tuvo con el, y mientras el agua seguía mojando su cuerpo desnudo, se acordó del pene que había enterrado en el jardín, de las noches de placer que paso, de las erecciones y de lo duro que se ponía, de cómo la besaba todo el cuerpo y como ambos gozaba; lo cual hizo que riera a la vez que llegaba al orgasmo.
Ahora, y después de prepararse para el último paso, solo quedaba subir la cabeza al piso de arriba, y cogiéndola por los pelos, así lo hizo.
Limpio cuidadosamente la cara, abrió los ojos pegando los parpados para que estos no se cerrasen, y hasta la afeito.
Seguido la coloco en la mesita de noche, en donde el colocaba cuidadosamente cada noche su móvil y su reloj.
Poniéndolo en posición que ella pudiera mirarlo siempre que girase débilmente la cabeza, le lanzo un beso desde su lado de la cama y con una mueca de soberbia el ahora sería suyo para siempre.

Alejandra había sido una novia fiel y amable, pero se había convertido en una asesina. Preparó con detalle el asesinato de Juan, su prometido. La engañó con otra por la que dijo que perdió la cabeza, y realmente así fue.


ESCRITO POR LORENA GIL REY

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