viernes, 29 de noviembre de 2013

EL SER

Hay algo encima del armario, estoy segura.
Por el día, con la luz del sol, no se ve tanto; solo es una sombra clara que no deja pasar los rayos que cubren el resto de la habitación. Pero por la noche parece que crezca.
Lo vi la madrugada del pasado domingo, cuando me encendí un cigarrillo que alumbró lo que antes fueron horas de oscuridad.
El hombre me había dicho que no le gustaban las luces, ni siquiera aceptó una bombilla de baja intensidad. Se excitaba en la oscuridad total, tocando, besando y explorando un cuerpo, pero sin verlo. Le dejé hacer, para mí era una experiencia nueva y, todo hay que decirlo, me gustó. Hacía tiempo que no conocía a un hombre que supiera masturbarme con las bragas puestas; hizo con ellas apenas un hilo y frotó una y otra vez. Casi me corrí, pero supo parar a tiempo. Me dejó tan excitada que hubiera podido tener un orgasmo yo sola. Noté un movimiento cerca de mí. Me dijo que estaba arrodillado y me preguntó si quería que se pusiera un preservativo. Le dije que no, me gusta el sabor auténtico dentro de mi boca y no el artificial. Me guió cogiéndome del pelo: según lo acariciaba, yo me movía.
Cuando encendí el mechero entraba por la ventana la primera luz del día y fue entonces cuando me pareció ver algo encima del armario, acurrucado en una esquina, rodeado de oscuridad total. Como si la luz muriera a su contacto. Lo seguí mirando mientras daba unas caladas. Hasta que me abracé a la espalda del hombre que tenía a mi lado y me dormí.
De eso hace ya tres días y no he vuelto a dormir allí, ahora duermo en el sofá del comedor. Lo que antes era mí habitación es ahora un pozo de oscuridad, da igual que suba la persiana hasta arriba y que el sol brille fuera con fuerza. La luz choca contra el cristal y rebota. Aquello absorbe toda la luz, como se supone que hacen los malditos agujeros negros.
Ayer con todas las luces del pasillo encendidas abrí la puerta, salió un olor dulce, como flores del bosque. Me recordó mi infancia en el campo y la vez que levanté la tapa de aquel baúl.
Lo de encima del armario había crecido, y mucho. Seguía sin poder distinguir su forma, ni siquiera sabía si era o no humano. Pero sin duda era algo vivo, incluso dejó escapar unos extraños ruidos, como si intentara decirme algo.
Hoy volveré a abrir la puerta para ver en que se está convirtiendo. Blanco y hermoso, así lo definiría. Pero no creo que sea humano, es demasiado blanco. Ningún ser humano podría vivir con esa blancura de piel, casi transparente. No entiendo cómo algo tan blanco ha podido nacer de la oscuridad más absoluta. Pero es hermoso, terriblemente bello, no por su físico, que desconozco, sino por su dulzor.
Desprende un perfume tan embriagador como solo pueden hacerlo millones de flores juntas.
Ahora estoy en el comedor, sentada en el sofá. Asustada. Esperando. La última vez que lo vi estaba en cuclillas, preparado para saltar.
Aunque lo que más me asustó fue escucharle pronunciar mí nombre.
Voy a dejar de escribir, ya ha saltado. Ya ha abierto la puerta de mi habitación. Ya viene corriendo hacia aquí. No sé de qué me conoce. No sé lo que quiere de mí.

jueves, 21 de noviembre de 2013

PERDER LA CABEZA


La cabeza rodó por las escaleras, el cuchillo  era sostenido por una mano ensangrentada que temblaba como una hoja de papel.

El resto del desdichado, estaba siendo arrastrado hasta la parte trasera de la casa. Con el hacha se dispuso a cortar en trocitos el resto del cadáver.

Empezó de manera rápida con ansia, lo cual hacia que la sangre salpicara su cara, y sus brazos. Coágulos se impregnaron en su ropa, de la cual se deshizo, y con las manos temblorosas, calientes y resbaladizas por los restos del muerto, se hizo una coleta para apartarse el pelo de los ojos.

Desde el primer corte fulguroso la sensación de excitación había pasado, así que, sin pensárselo cogió un arma mas pequeña para poder disfrutar de cada pequeño corte que hiciera al cadáver.

Cuando comenzó con la mano derecha, se acordó de cuantas veces la había tocado con ella, desde la mejilla hasta los senos, desde sus labios hasta su sexo. Sintió nauseas pero aguanto el vómito, necesitaba seguir deshaciéndose de el. Sabía que lo que peor llevaría seria deshacerse de su pene, al fin y al cabo, era lo único que podría haber merecido la pena de su victima y por lo que llegaría a sentir incluso lástima, ya que, los mejores momentos los pasó encima y debajo.

Cuando llego a los testículos, no pudo evitar soltar una carcajada, los tenía como canicas, probablemente del miedo que paso cuando la vio enajenada y abalanzarse sobre el, y eso hizo que estos se encogieran. Salió tal cantidad de sangre justo de ellos que por un momento pensó que la diversión acabaría esfumándose por ese corte, pero al continuar por los brazos un buen salpicón de una de las arterias la mancho los pechos y la hizo seguir con mas ímpetu, y  una palpitación en su mas bajo instinto sexual consiguió hacerla soltar un grito de placer.
Al finalizar con la masacre, juraría que orgasmo.
Con delicadeza enterró los restos uno a uno en cada parte del jardín, pensó que plantaría árboles y alguna que otra flor. La tierra y la sangre habían hecho una costra en ella, se miró al espejo y se odió por un momento, luego se acordó de  por que lo había hecho y se sintió orgullosa.
Cuando abrió el grifo de la ducha y se metió en ella regueros de sangre recorrieron su cuerpo, mezclándose con tierra y con sudor, y no pudo evitar excitarse de nuevo pensando en lo que había hecho, pero esta vez quería llegar hasta el final, así que lentamente empezó a tocarse el clítoris y bajo el chorro del agua empezó a acariciarse los senos con la mano que la quedaba libre.
No pudo evitar acordarse de los orgasmos que tuvo con el, y mientras el agua seguía mojando su cuerpo desnudo, se acordó del pene que había enterrado en el jardín, de las noches de placer que paso, de las erecciones y de lo duro que se ponía, de cómo la besaba todo el cuerpo y como ambos gozaba; lo cual hizo que riera a la vez que llegaba al orgasmo.
Ahora, y después de prepararse para el último paso, solo quedaba subir la cabeza al piso de arriba, y cogiéndola por los pelos, así lo hizo.
Limpio cuidadosamente la cara, abrió los ojos pegando los parpados para que estos no se cerrasen, y hasta la afeito.
Seguido la coloco en la mesita de noche, en donde el colocaba cuidadosamente cada noche su móvil y su reloj.
Poniéndolo en posición que ella pudiera mirarlo siempre que girase débilmente la cabeza, le lanzo un beso desde su lado de la cama y con una mueca de soberbia el ahora sería suyo para siempre.

Alejandra había sido una novia fiel y amable, pero se había convertido en una asesina. Preparó con detalle el asesinato de Juan, su prometido. La engañó con otra por la que dijo que perdió la cabeza, y realmente así fue.


ESCRITO POR LORENA GIL REY

domingo, 17 de noviembre de 2013

EL NUEVO CLUB


Me gusta ponerme encima del hombre. Esa es mi posición favorita. Debajo me siento oprimida, encerrada, poca cosa. En cambio encima me siento libre, más tranquila, más segura, saco lo mejor y lo peor de mí, y eso parece que les gusta. Creo que es la posición ideal para que te besen los pechos, tumbada debajo a veces les quedan lejos para besarlos y no suelen hacerlo. Igual no es una cosa para recordar mientras estoy enterrada bajo tierra en un ataúd, pero me dijeron que no me pusiera nerviosa, que pensara en algo agradable, y así los minutos pasarían antes.
No voy a estar más de cinco minutos, y en caso de sentirme mal, podré tirar del hilo y la campana sonará en el exterior. No les constaba que ese invento hubiera salvado alguna vez a alguien de ser enterrado vivo, solo se habían generado falsas alarmas cuando en ocasiones los espasmos de los muertos tensaban las cuerdas haciendo sonar la campana. Yo seguía tranquila, pensando en sexo. Supongo que no habrá pasado ni un minuto, así que me queda tiempo para seguir recordando lo que me gusta.
Velas, muchas velas, me gustaba esa luz. Muchos hombres muestran extrañeza, al ver velas encendidas por todo mi dormitorio, pero dura poco, suelen relajarse cuando empiezo a quitarles la ropa. Me excita desnudarlos. Suelo quitarles los zapatos y los calcetines; y luego les dejo el pecho desnudo, se quedan solo con los pantalones. Me tumbo encima de ellos y siento su erección dentro de su ropa interior, dejo que jueguen con mis pechos con su lengua, mientras les acaricio por encima de la bragueta.
Deben de haber pasado ya dos minutos como mínimo, sigo tranquila. El aire no pesa ni lo siento raro para respirar, todo va bien. Debe de ser un buen ataúd, se nota por los arañazos de los lados y los de encima de la tapa: en alguna otra ocasión alguien debió de ponerse nervioso. No hay que hacer eso, así solo se consigue acabar antes con el oxigeno o que te de un infarto.
¿Por dónde iba? Ah sí, me gusta acariciar a los hombres con los pantalones puestos. Suelen ser ellos mismos los que no aguantan más e intentan desabrocharse el cinturón. Yo les dejo, y luego les ayudo a quitárselos con un fuerte tirón. Pero no les quito los calzoncillos, no. No toca todavía, aunque ellos esa parte no suelen tenerla muy clara, muchos intentan bajarse ambas cosas juntas, pero yo les digo que no, y se los vuelvo a poner.
Hummm…, esto se alarga ya. Se supone que la asfixia no tiene lugar por falta de Oxigeno, sino por envenenamiento por CO2, pero yo no noto el ambiente cargado, respiro bien. Leí que cuando la concentración de CO2 alcanza el 5%, la desdichada víctima se desmaya... y poco después muere. No siento que me vaya a desmayar, así que, por lo visto, el hecho de estar tranquila funciona.
Pues eso, quiero ser yo quien le baje su última pieza de ropa, y subir besándole las piernas, hasta llegar a su miembro, tan erecto que hasta les debe de doler. Les libero de esa presión con un par de besos en su punta, lamiéndola despacio e introduciéndola a empujoncitos en mi boca para que mi saliva los calme.
Me aburre estar aquí, y ya empiezo a notar el aire cargado. Si no empiezo a oír los primeros paletazos quitando la arena, haré sonar la campana. Como experiencia gótica no estuvo mal, desde luego esta gente sabe cómo divertirse, pero ya me empiezo a aburrir y no tengo ganas de seguir pensando en sexo, me pone cachonda y no me gusta masturbarme.
Toco la campana; bueno, estiro el hilo, la campana supongo que estará sonando, yo aquí dentro no escucho nada, pero tiro del hilo con fuerza. Pasa algún minuto más, no parece que quiten tierra. Empiezo a temer que no sea un ritual para formar parte de este nuevo club gótico al que me llevó el nuevo ligue que conocí.
Mi corazón se acelera. Ahora sí creo que pueda llegar a tener un infarto, comienzo a sentir claustrofobia. Quiero salir. No tengo uñas para arañar esta caja, así que la golpeo, mientras vuelvo a tirar del hilo una y otra vez, la campana debe de repicar con todas sus fuerzas.
Me esfuerzo por relajarme. Por volver a mi estado anterior. Tranquila, me digo a mí misma, no eres tú, tú estás en tu cama, hace poco tenías un hombre debajo de ti, como te gusta. Estabas celebrando la entrada a ese club del que tanto habías escuchado hablar; solo tuviste que hacer bien el ritual y convencer a Javier de que solo estaría unos minutos, nada más (no fue difícil lograrlo después de varias noches de buen sexo). Y si se encontraba mal, siempre podría tirar del hilo y la campana sonaría.
Y sí, debió de sonar y mucho, pero no hubo nadie allí para oírla. Y menos para desenterrarlo.
ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ

viernes, 15 de noviembre de 2013

¿ESTAS SEGURO DE ESTAR DESPIERTO?





Mientras dormía y en mitad de la noche, sentía como su pecho se oprimía, abría los ojos  y podía ver en el umbral de la puerta del cuarto a un hombre llamándola.
El hombre vestido de negro sonreía lujuriosamente y se acercaban más y más.
Como cada vez, se incorporó y el desapareció.
Se levantó y fué a la cocina a por un vaso de agua.
Platos sucios y basura reinaban en la casa, se podían ver a las cucarachas comiendo restos en el suelo.
De pronto pudo oír un golpe en la puerta principal, era la policía; una llamada referida al olor del piso les hizo acudir.
Entonces se dió cuenta.
Les llamaba y no la respondían, gritaba hasta no poder más.
Martina permanecía muerta en la cama rodeada de sangre, abierta de piernas y desnuda.
 Una violación y un trágico final, hacían revivir a Martina cada noche su muerte.
Ahora permanecerá encerrada entre la vida y la muerte, sin descansar.
 Será la sombra que notas detrás de ti, el plato que se cae o la luz que se apaga o quizás puedes ser tu mismo.


ESCRITO POR LORENA GIL REY

MI VECINA DEL 4º


Hoy vi a mi vecina del  4º . Regresaba yo de un paseo matinal. Hacía una semana que no paraba de llover, era uno de esos abriles que hacen justicia a su dicho: "abril aguas mil" , y me había quedado una semana sin paseo. La lluvia estuvo cayendo con ganas y en estos días lo que más me apetece es estar en mi mesa camilla y leer. Pero hoy salió el sol y reanudé mi rutina, pude volver a oler las primeras violetas que habían brotado. Me gusta ese olor, mi abuela siempre me decía que era el único perfume que podían oler los  no muertos.

Estábamos las dos esperando el ascensor  y le pregunté cómo se encontraba, sabía que hacia un par de meses que  no estaba muy bien, incluso la ingresaron un par de días de urgencia, no sabían aún de qué , una especie de brote  alérgico la dejaba sin poder respirar.  Me respondió con un tono quejumbroso  pero alegre, gracias a Dios parecía que le habían acertado con la medicación, llevaba ya varios días bien, sin problemas, me alegré por ella y como buena vecina le dije que si necesitaba algo me lo hiciera saber. Y así nos despedimos en el cuarto piso, yo seguí subiendo, vivo un piso más arriba.
Abrí la puerta de mi piso, pero no entré, llamé a mi gato, Merlín, para subir un momento a la terraza y que le diera el sol, como buen gato vino rápido, frotó su rabo entre mis piernas y subimos.  La terraza es muy amplia con zonas de sol y sombra y un rincón donde mi vecina del 4º tiene varias plantas, geranios, margaritas, rosales… , alguna ya con flor , otras con nuevos brotes verdes.  Me cuesta mucho mantener a Merlín a raya, él solo quiere ir a las plantas, pero no lo dejo, no quiero que las estropee.
Antes de Merlín tuve otro gato, uno que me encontré en la calle al lado de un cubo de basura, lo crie hasta los seis años, la edad en que murió.  Hay gente que dice que la muerte de un animal no es comparable a la de un ser humano, vale, sí, un hijo es un hijo y un gato es un gato, pero cuando no tienes hijo y tu gato es ambas cosas verlo muerto es muy duro, mucho.
Fue hace seis años, eso creo que ya lo escribí, se cayó de la terraza al patio de luces, murió al instante o eso pienso yo por como tenía abierta la cabeza.  No me gusta recordarlo, lo dejé un momento en la terraza solo  y bajé a limpiar el piso y cuando subí media hora más tarde no lo vi. Pensé que alguien había subido a tender y había aprovechado la puerta abierta para  bajar  a la calle, pero me pareció raro. Me asomé al patio de luces sólo por asomarme, juro que de saber que estaba allí muerto no lo hubiera hecho, así que cuando lo vi, pensé que no era verdad, algo que mi vista me hacía ver, pero sí, estaba allí muerto. Lo enterré con mis manos, en uno de mis campos, y digo con mis manos, ya que no se me ocurrió coger nada .No sé si alguna vez habéis intentado cavar con las manos, da igual que la tierra este blanda, no es fácil, así que no lo pude hacer muy hondo, lo cubrí y allí lo deje.
El sol calienta un poco, las noticias de anoche dijeron que la borrasca había pasado y venían buenos días de sol, eso sólo quiere decir una cosa, mi vecina del  4º empeorará. No es casualidad que mejorara los días de lluvia, los días en que yo no pude acercarme al cementerio, al lugar donde había dejado dentro de una pequeña bolsa de plástico un cangrejo con un papel con su nombre completo y un trozo de tela de una de las chaquetas que puso a tender y le quité. No, no es casualidad, que mi abuela me enseñara que si ponías un cangrejo a secar con un papel con el nombre de esa persona y algo suyo personal, tal y como se secara el cangrejo lo haría ella por dentro. Y no, me cago en la puta vieja, no es casualidad que alguien me dijera que vio como ella achuchó a mi antiguo gato con el palo de la escoba por estar en sus plantas y el gato asustado se subió a la barandilla y se cayó. No, no lo es, y me da igual que mi gato muriera al instante, ella no lo hará, tendré al cangrejo vivo y semi muerto tanto tiempo como me dé la gana, morirá sufriendo, morirá el primer fin de semana del mes que viene, y no, no es casualidad, ese fin de semana se casa su única hija, así que ya puestos no me cuesta nada cambiar una celebración por otra.  La abuela tenía razón en todo, y sí, la venganza sabe mejor en frío.

POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ

jueves, 14 de noviembre de 2013

TANATOCUENTO





Puedo oír las campanas tocar, mi abuela me enseñó a entenderlas y me explico como suenan cuando doblan a muerto, aquí en el pueblo es una tradición.
Tres toques para la muerte de un hombre
Dos toques para la muerte de una mujer.
Una mujer ha muerto.
Me levanto apenado, todas estas cosas siempre me han hecho sentirme triste y oscuro, sin embargo cuando salgo del cuarto me siento aun peor.
El ataúd entra por la puerta de casa, el cura y varios familiares míos lo llevan al salón.
Me escondo detrás de la puerta para que no me vean, se que no les gusta que yo vea este tipo de cosas aunque, me gusta por que siempre he sido muy curioso.
Mi abuela permanece de pie mirando el ataúd, esta vestida de negro y no deja de llorar, esta compungida y supongo que estará pensando en lo que se la viene encima.
Velar al muerto llevará todo el día que queda y toda la noche, es un tramite bastante duro, lo se, lo he visto, la gente permanece sentada y esperan las 24 horas de rigor para estar seguros de que el muerto no se levanta.
Muchas veces he oído que algunas familias pagan a gente para que vayan a las casas a llorar cuando ocurren cosas de estas.
Vaya, mi madre viene hacia mi.
-         Raúl, métete en la habitación, te traeré el desayuno- mi madre me habla pero es como si no pusiera importancia en las palabras.
A mi madre se le nota en la cara que esta rota de dolor, jamás la había visto tan triste, no me gusta verla así, ojalá pudiera hacer algo, siento rabia.
Llaman incesablemente a la puerta de casa, veo que cada vez viene mas gente a velar el cadáver de quien sea que este en el ataúd.
Lo que esta claro es que es de la familia, de lo contrario no estaría aquí en casa de mi abuela.
Abro la puerta sigiloso, después de tomarme el desayuno me aburro en la habitación, se que mi madre me ha prohibido salir, pero quiero vivir estos momentos cerca de mi familia, creo que ya soy lo suficientemente mayor para poder ver estas cosas.
Me asomo poco a poco.
-         Colócale bien el rosario entre las manos que se vea bien la cruz, tened cuidado- mi abuela esta dando instrucciones para ponerle al cadáver el rosario que ponen siempre entre las manos.
Mi abuelo permanece sentado al lado del ataúd, y esta charlando desconsolado con una tía mía y mi prima, ambas están vestidas de negro, mi padre simplemente permanece sentado al lado de mi abuelo, todavía no le he oído decir ni una palabra.
Tengo mucha curiosidad por ver quien es el difunto, quizás me horrorice o tal vez ni si quiera le de importancia, en los pueblos siempre esta muriendo gente mayor así que tampoco creo que me duela verlo.
Mi abuela se acerca a mi y me coge de la mano, a lo lejos mi madre la grita.
-         Madre, no creo que sea buena idea, todavía es un niño.- mi madre esta muy triste, se lo noto en la cara y yo ya me estoy empezando a impacientar.
-         A su edad yo ví a mi Padre, es un paso que hay que dar en la vida, y ya es un hombre.- Por fin mi abuela me entiende.
El enterrador acaba de entrar por la puerta, viene a dejar zanjado lo que le corresponde por el entierro de mañana, siempre se le da dos libras de pan y una cuartilla de vino, así ha funcionado siempre, aunque yo no entiendo muy bien las medidas, me bastaría con un cacho de pan y un vaso de vino.
Cuando mi abuela termina de hablar con el, yo la estoy esperando impaciente en la puerta de la alcoba.
Mi abuela me dice que no me asuste, que la muerte no es el final, que Dios se lleva a la gente por que necesita Ángeles, a mi me parece una tontería, creo que la gente se muere por que tiene que morirse.
Una vez mi hermana me obligó a enterrar a un pajarillo al que dispare con la chimbera, no quería matarlo solo asustarlo, pero estaba de morirse y le mate.
Me voy acercando al ataúd agarrado de la mano de mi abuela, mi abuelo y mi padre me sonríen y me dicen que sea valiente, no entiendo nada, ellos ya saben que lo soy.
Al lado del ataúd veo a mi hermana llorando, vaya ha venido antes de tiempo, se quedo son su novio Juan pasando unos días en casa antes de venir al pueblo, tenían pensado venir en el coche nuevo de Juan y enseñárselo a mi Padre, que le encantan los coches.
Cuando me mira su cara es un reflejo de dolor infinito y pena, me sonríe y me dice que me quiere, que sea fuerte y que ella esta ahí conmigo y entonces se marcha.
Por fin llego al ataúd, tiene una cruz en medio y una ventana por la que puedo ver quien esta dentro.
Empiezo a llorar desconsoladamente, es mi hermana la que esta dentro del ataúd.
Ella y Juan tuvieron un accidente llegando al pueblo, al parecer no controlo el coche y mi hermana salio despedida por el parabrisas.
Pero ahora se que ella estará conmigo siempre, la he visto y sigo notándola cerca, pero ha resultado que no soy tan fuerte, solo soy un niño que ha perdido a su hermana, y velaré por ella toda la noche, mientras las campanas doblan de nuevo mañana.


ESCRITO POR : LORENA GIL REY

miércoles, 13 de noviembre de 2013

TARDE DE PLACER

Me encontraba cara la pared, no era la primera vez que me veía en esa situación, pero si la primera que me lo pedía un hombre. El cuarto estaba semi oscuro, una toalla tapaba la pantalla de la mesita, me dijo que no le gustaba ver mi cara mientras suplicaba, le parecía patético y poco sexual. A mí me pareció bien, aparte que así disimulaba la poca limpieza que había hecho en mi habitación durante todo el mes. Había sido un mes extraño, de esos que no sabes muy bien como llegas a cambiar cosas de tú propia personalidad, simplemente influenciada por un libro.
El libro, si, ahí empezó todo. Siempre me considere gran lectora y me gustaba el género del terror, y dentro de ese género, el vampirismo. Para mí que allí se escondía algo sexual, un orgasmo único que te llegaba a través de un mordisco y dejaba todo tu cuerpo saciado, sin fuerzas, como solo un hombre puede dejártelo después de pasar toda la noche contigo, hasta ver salir el sol.
Entre aquellas páginas leí de otro placer, un placer desconocido para mí, un placer que llegaba con el dolor. Estuve varias semanas pensando en ello, leyendo y releyendo sus páginas, frases de miembros húmedos, lenguas lamiendo igual que lamen los gatitos un bol de leche , orgasmos que dejaban las gargantas secas , y quise experimentarlo.

Pero cuando me vi cara la pared comencé a sentir miedo, ¿Y si no me gustaba el dolor? , me tranquilice pensando que el hombre a quien había pagado para hacerlo, siempre podría parar cuando yo se lo pidiera ¿Por qué pararía, no? . Algo en su voz me alarmo, me puso en alerta, esa manera de pedirme que me pusiera cara la pared y me levantara el vestido solo hasta los muslos. Ese timbre entre grosero y una orden, no sentí dulzura ni me intento tranquilizar, sabiendo que para mí era la primera vez. Al contrario, sentí que le gustaba, note ese dominio, aunque fuera mi dinero el que lo mantuviera allí.
 Escuche sus pasos, como iba acercándose y me abrazo penetrando su lengua dentro de mi oreja y la movió como si fuera un gusano buscando una salida, al sacarla me susurro, no te muevas o será peor, y se inclino para besarme las piernas . Un temblor se apodero de mi estomago, sentí ganas de vomitar, algo no funcionaba bien, algo no era como yo lo había planeado. Quise darme la vuelta y decirle que lo sentía, le pagaría igual, pero aquello no terminaba de gustarme, pero para entonces sentí en primer golpe en mis piernas.
- He dicho que no te muevas, me grito.
No pude evitarlo, me moví, y solté un queja, incluso hice al amago de intentar tocarme donde me había sentido el golpe, pero entonces llegaron más y más. No sabía con que me pegaba, antes nunca nadie lo había hecho, pero sentí que podía ser una especie de cuerda, ya que notaba como unos nudos cuando caían los golpes. No, aquello no me gustaba, no sentí nada húmedo en mí, no sentí excitación ninguna, mis bragas estaban secas y aquello parecía que no cambiaria, así que cuando note las piernas calientes y doloridas, me salte el protocolo y, me di la vuelta y le dije que parara. Y fue entonces cuando entendí, que aquello no pararía, simplemente por yo pedirlo.

Las piernas me temblaban, me costaba seguir de pie, y más cuando vi su cara cubierta por una máscara grotesca, estaba tan bien hecha que sin duda era una copia exacta del tipo que la llevo en, La matanza de Texas, igual, idéntica. No fui capaz de dejar salir ningún sonido de mi garganta, me quede paralizada, mirándolo, como quien ve a una persona que se supone está muerta, pero la ves, y sabes que no puede ser ella, pero la ves.
- ¿Acaso te he dicho que podías moverte? Dijo esta vez con una voz tan débil que casi me costó entenderlo.
- ¿ Te he pedido que te dieras la vuelta? Grito con tanta fuera que un trozo de la hendidura de la máscara donde estaba la boca se torció.
- No, dije yo, pero esto no me gusta, logre responder casi al borde de las lágrimas.
Él se movió, solo un par de centímetros hacia la derecha, como calculando el peso de la cuerda que balanceaba.
- Vaya, vaya, a la niña no le gusta ¿Querías que te gustara?
- Si, gemí , yo
- ¿ Y no te gusta? Respondió con sorna.
- No, no me gusta y …
- ¿ Y ¿ Anda di …
- Quiero acabar, yo te pagare igual, lo que me pidas.
- Ya, respondió balanceando la cuerda.
Si tuviera que describir a la policía lo que ocurrió a continuación, yo diría que simplemente voló, no vi ni sus pies correr a ras del suelo, cuando percibi que me tenia pillada del cuello y la cabeza me rebotaba en la pared.

¿ Y si yo te dijera que esto no acaba hasta que yo lo diga? Me dijo dejando que la saliva suya resbalara por mi cara.

Volví a sentir otro golpe en la cabeza, pensé que iba a matarme así, golpeando mi cabeza una y otra vez hasta que se abriera y mis sesos cubrieran parte de la pared. Entonces sin soltarme el cuello me tiro encima de la cama y noté una tremenda erección y entendí cosas que no habían en el libro, comprendí que aquellos juegos son solo juegos de uno, nunca de dos. Dejo caer la cuerda y comenzó a desabrocharse los pantalones. Me escupía insultos, me decía aberraciones, que aquello me iba a doler, pero cometió un tremendo fallo, no se quito la máscara.

Yo no me había leído cientos y cientos de libros de terror para nada, yo sabía tanto de vampiros que podría ligar sin problemas en un lugar gótico, pero este año, había sido un año de zombies , y lo que la cuerda no me excito, lo hizo la máscara. Si, ahí si me sentí húmeda, si sentí mi flujo salir, si tuve un estremecimiento de placer, si que podía llegar al orgasmo, así que cuando vi su cuello a mi alcance me abalance a por él, lo mordí, no , lo desgarre, no, lo hice mío con tanta saña que mastique un trozo de su carne en mi boca.

Grito, aulló, su garganta dejo escapar tal sonido de angustia, que oh, otro fallo, señor de la máscara, solo hizo excitarme más, así que me agarre con fuerza a ese cuello y lo desgarre comiéndome partes suyas, tragándome trozos enteros sin masticar, hasta que deje de sentir su fuerza sobre mí, hasta que sentí que ya solo era un cuerpo muerto, hasta que sentí mis partes mojadas y supe que ya solo tocaba encender un cigarrillo y fumar.


ESCRITO POR: SORAYA MURILLO HERNÁNDEZ