domingo, 12 de enero de 2014

EL HOMBRE DE LOS CARAMELOS






Un escalofrió recorrió su cuerpo. Nunca antes el infinito silencio del bosque había sido interrumpido, ni siquiera por las gotas del roció que resbalaban de las hojas. Hoy, mientras la niebla bajaba hasta cubrir el musgo, el grito de una lechuza la estremeció, no sabía  que habitaran en aquel bosque esas aves. La superstición dice: Cuando escuches a la lechuza, la muerte anda cerca. Pero ella ya no necesitaba esa advertencia: escondido entre unos helechos encontró el envoltorio de un caramelo, un papelito dorado, muy fino, como una hoja de oro.



El mismo caramelo que debió de coger su hija, cuando el monstruo conocido como «el hombre de los caramelos» se la llevó.



Tenía el pelo empapado por la humedad producida por una formación de nubes provenientes de la montaña, lo que le daba un aspecto triste y desolado, aunque hacia ya años que se había olvidado de lo que era sonreír. Pisaba un suelo casi pantanoso, allí dejaba sus huellas entre gran cantidad de turba y humus mientras sus ojos cansados buscaban otro envoltorio dorado.



María le advirtió de que el papel dorado podía haber estado allí ya antes o que el viento lo había podido llevar al interior del bosque. Que eso no significaba que el monstruo hubiera regresado. Pero ella había realizado ese recorrido un par de veces al día desde hacía ya siete años y no lo había visto hasta hoy. Mientras su puño lo encerraba con la misma rabia interior que sentía, la lechuza volvió a gritar.



Se llevó a su hija de apenas cinco años, una tarde de Navidad cuando cogían musgo para el belén. Hacía ya muchísimos años que no se oía hablar del monstruo de los caramelos, es más, ella dudaba de que existiera y de que los anteriores secuestros hubieran sido de algún loco o asesino. Pero cuando entró gritando en el pueblo que la niña había desparecido y vieron en su mano el papel dorado, sus vecinos pusieron tal cara de horror que ella comprendió que nunca más la volvería a ver, ni siquiera los hombres salieron en su búsqueda, todos regresaron a sus casas mientras ella suplicaba ayuda.



Solo su amiga María la consoló, si es que se puede llamar consuelo a que te digan la verdad. Le habló del monstruo, le relató que era tan antiguo como los propios bosques. No sabía si había nacido en ellos, pero sí que allí había establecido su guarida. Le habló de otros mundos, de límites en el bosque que los humanos no conocían y no podían traspasar: los límites de los monstruos. Le explicó que había humanos que lo imitaban, pero él era auténtico, inmortal. No le gustó escuchar esa última palabra: nada, en este u otro mundo, debería vivir para siempre. Y ante esta duda su amiga se sumió en un corto silencio, la miro y le dijo: «un humano jamás pudo ni podrá matarlo».



Fueron años duros, de ser dos a ser solo una, incluso llegó a hacerse la ilusión de que la niña se encontraba retenida pero con vida. Su amiga le dijo que aquel monstruo llevaba milenios matando niños en los bosques. Ella le preguntó si les hacía daño, su amiga no se atrevió a responderle e inclinó la cabeza.



Hoy, mientras la niebla se condensaba y los árboles goteaban rocío, ella regresó con la escopeta entre las manos y un cuchillo de caza oculto en sus gruesos calcetines. Para esperarlo.



Le invadía la duda de que con aquella humedad la escopeta no disparara, pero tenía que correr ese riesgo, ya había tenido suficiente paciencia, ya había esperado demasiado.



Fue apenas un roce de helechos, o tal vez incluso menos, lo que le hizo girar la cabeza y verlo. El bosque nublado le cubría la mitad de sus más de dos metros de altura y una negra cabellera oscura le cubría la mitad del rostro. Se miraron apenas unos segundos, el monstruo la desafió a dispararle alargando los brazos como una crucifixión y dejándole ver unas membranas que nacían debajo de ellos. Un olor nauseabundo, de humus putrefacto le recordó que aquello no era humano, cerró un instante los ojos, como si quisiera rezar y se dejó caer al suelo empapado.



Él seguía desafiándola, no se había movido ni un milímetro y una mueca desagradable de victoria le recordaba su inmortalidad. Entonces la lechuza volvió a ulular, su grito hizo que el monstruo perdiera parte de su firmeza y sus brazos empezaron a perder fuerza al ir bajándolos lentamente, algo no iba bien, la escopeta ya no lo apuntaba, la culata estaba en el suelo, mientras que el cañón le rozaba a ella el cuello como una caricia placentera. Disparó.



El disparo hizo caer en forma de fina lluvia el agua que se concentraba en las hojas de los árboles. Su eco resonó en lugares donde el hombre hacia años que no penetraba. Las membranas del monstruo se volvieron abrir, pero esta vez ya no desafiando, sino con el terror que da aquello que sabemos nos puede matar. Sus ojos mostraron un brillo de miedo cuando vieron en el suelo un fuego fatuo que se iba convirtiendo en lo que antes era de carne y ahora apenas algo transparente que se arrodillaba y con el cuchillo cortaba un trozo de verde y esponjoso musgo para oler como olería aquel que sería su nuevo hogar.



Un sonido nacido de la noche de los tiempos salió de la boca del hombre de los caramelos y corrió introduciéndose en el interior del bosque. Ella se levantó y lo vio atravesar bosques nevados, bosques tropicales, bosques musgosos, bosques perdidos en límites que nadie alcanza a llegar, lo dejó correr, no había prisa: ahora era ella quien tenía todo el tiempo del mundo para alcanzarlo.



Caminó con tranquilidad, mirando lugares del bosque que no conocía y oliendo orquídeas que antes nunca había olido. Entonces sintió una pequeña mano cogida a la suya y vio allí a su hija.



La niña la miró y le preguntó si iba a matarlo, ella contestó que si. La niña preguntó si lo haría sufrir, ella dijo que si, y le preguntó a la niña dónde había estado todo ese tiempo. La niña respondió: esperándote.



ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ

3 comentarios:

  1. Jo, me he quedado impresionada. Genial, me ha encantado.

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  2. Genial el relato. Hasta me ha emocionado la parte final.

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