martes, 18 de marzo de 2014

LA GALLEGUITA DE LA CARA SUCIA




Cuánto deseaba salir de mi pueblo, de ese maldito sitio que me tenía presa entre cuatro paredes, cuando a  mis ya pasados 12 años, sentía que se me pasaban las ganas de vivir a tan pronta edad, con tanta frialdad como los copos de nieve que caen en la capital, tan blancos y puros como yo.
Entonces, ya sabía coser, se me daban bien las tareas de cocina y era muy servicial con todo lo que se me ordenase, me gustaba ataviarme con la ropa que mis señores me facilitasen,  para poder desempeñar las tareas del hogar y tenerles siempre a gusto, como ellos demandaban.

Diciembre de 1953
Las calles de Valencia se me hacen eternas y aunque ando saltando de casa en casa demostrando mis dotes para poder trabajar, parece que nada ni nadie se pone de mi parte y así, mientras la lluvia cae sin pausa sobre mi abrigo desgastado, yo camino y camino resguardándome en los tejadillos de los edificios para no mojarme demasiado.
Mis zapatos empiezan a estar viejos y el frío hace acopio de mis días sin alimentarme bien, el escaparate que está delante de mí me hace insinuar una media sonrisa, faldas y trajes de mujer hacen que me imaginecomo sería mi vida si fuese la señora de un buen hogar, con un buen marido y rodeada de niños, mientras me llevan la comida a la cama y me tratan como la reina que soy.
Pero el sonido retumbante de un autobús urbano me hace despertar de mi ensoñación, lo cual me hace enfadarme y golpear el escaparate con la mano abierta, siento como las lagrimas caen por mi rostro y pienso “es hora de seguir”.

AÑO 1954
La entrevista del otro día fue  muy bien, dentro de lo introvertida que soy, creo que esta vez es la casa definitiva, empiezo a trabajar hoy mismo.
La familia Vilanova parece una familia muy formal, la casa es grande y amplia y apenas pasan tiempo en casa,  lo que me dará soltura a la hora de realizar las tareas domesticas sin preocuparme si termino a tiempo o no.
Su chacinería tal vez me cree algún que otro desasosiego, puesto que me han dicho que es requisito indispensable que les ayude algunos días sueltos, cuando llegan los pedidos por ejemplo o si hay alguna demanda para algún evento.
Mientras paseo por la calle Sagunto después de terminar mi jornada en la tienda, me percato de que las manos me huelen demasiado a carne, me repugna ese olor, cuando llegue a casa me daré un buen baño mientras los señores no están, y aprovecharé a ponerme los trajes de la señora Adela, y sus joyas, me gusta mirarme al espejo y sentir que por fin estoy en mi verdadera casa, el señor es tan amable conmigo que me es difícil no imaginarle entre mis piernas, ya lo creo.
Cuando llego cierro la puerta con el cerrojo para que no me pillen por si llegan antes de tiempo, me voy a la  habitación principal y me desnudo con sigilo, aunque se que  estoy sola, me visto con los trajes de mi ama, me pinto los labios y canturreo y bailo delante del espejo, que sensación, si, pero algo pasa y cuando miro mi reflejo fijamente una arcada de repugnancia recorre mi cuerpo.
Después de este momento de desconexión preparo mi baño a conciencia con todos los perfumes habidos y por haber.
Huele tan bien todo, siento como entra por mi nariz, pasa por mi garganta, entra en mis pulmones y hace conexión con mi cerebro para sentirme tan relajada que sería capaz de cualquier cosa sin sentirme culpable de nada.
Algo hace clic en mi interior, mi cuerpo se estremece cuando entro en contacto con el agua caliente, sí, mañana empezaré, sí, por fin tendré mi recompensa, pero tengo que hacerlo bien, despacio y firme, mantenerme alerta y ser fiel a mis fines.

Hoy es un día feliz, la he llevado el té a la señora Adela, lo he preparado minuciosamente como vengo haciendo desde hace unos cuantos días, hiervo bien el agua, cojo la bolsita del té, azúcar, y mi esencia personal, moviéndolo todo con esmero para que no se note lo espeso que queda, cojo la bandeja y salgo de la cocina, con cuidado de que nada se me caiga me dirijo hasta la habitación.
El sol de la mañana inunda el pasillo y por debajo de la puerta del dormitorio principal observo que ya se ha despertado pues, la luz se ve por debajo del umbral.
Todavía no se ha percatado de que ese sabor dulzón se lo estoy suministrando yo sin que ella se entere, gracias al arsénico toda va sobre la marcha.
Cuando mueve la cucharita dentro de la taza es casi imposible evitar que una risita burlona me salga desde dentro, aunque ella no se ha dado cuenta, me siento soberbia.
Y decían de mí que era una analfabeta, pero sé como hacer las cosas, soy inteligente y nadie podrá pararme.

Días después:
Adela esta terriblemente enferma, hoy es San José, hace unos días oí al señor hablar con el médico de familia, iban a internarla en el hospital y yo no me podía permitir ese fallo, aumente la dosis en la comida, en el té, en las pastas y hasta en el pan.
Los vómitos y la perdida de peso se están notando en ella, parece que tiene la misma peste y de su debilidad yo hago mi fortaleza.
Estoy intentando abordar al señor cuando se dispone a dormir en la habitación de invitados ya que el doctor le ha recomendado que su mujer debe descansar sola y no ser molestada más que por mí cuando la suministro la comida, pero el mal nacido no quiere ni que le roce, no me desea y eso me esta enfadando demasiado.
El señor me ha hecho despertarme entre gritos y sollozos bien temprano.
La señora Adela, ha fallecido, le he preparado el traje negro de los domingos, la lleva a enterrar entre lágrimas, no para de limpiarse los mocos con el pañuelo que precisamente ayer le lavé y planche.
Le he convencido para mantener abierta incluso hoy, la tienda, el trabajo es trabajo, y yo me encargaré tanto de la casa como de la chacinería sin problema alguno, ya lo he hecho otras veces y esta será mi última oportunidad.
Llevo puesto el delantal almidonado de la ya difunta señora, quiero demostrarle a Enrique que soy tan digna como ninguna otra mujer.
Pero su mirada es tan vacía, tan llena de horror y de odio que sin explicación ninguna me da el finiquito y me echa, no sin antes arrancarme de cuajo el delantal, provocándome unas rozaduras en mis caderas, maldito.

Ya ha pasado bastante tiempo desde mi último trabajo, y aquí me hallo tomando un café que está espeso, apenas caliente y baja por mi garganta con sabor amargo, ni siquiera tengo suficiente dinero para comer algo y yo me agazapo en mi misma, sin haber cumplido mi deseo más urgente.
La puerta se abre con el tintineo de la campanilla colgada del umbral, cuando giro mi cabeza y salgo de mi ensimismamiento, me percato de que Aurelia, una antigua amiga entra frotándose las manos mientras un gesto decidido de mi parte y un hola salido de mi boca, se dirigen hacia ella.
Se alegra al verme, me invita a un buen desayuno y charlamos vivamente de la casa en la que trabaja que casualmente se ha quedado sin la otra sirvienta  que trabajaba con ella.
Mi suerte cambia y me busca una entrevista con los señores para el día siguiente.

Nunca nada fue tan rápido, me estoy trasladando a la casa de los Berenguer, pocas cosas me acompañan, tan solo una pequeña maleta con mis pertenencias más privadas, el sueldo que me pagaban en la anterior residencia no me daba para mucho más.
La casa es terriblemente grande, mucho más que la anterior, y el sueldo va a compás, así sí podré darme algún capricho, y además cuento con la compañía de mi amiga, que se de buena gana que me ayudará en todo lo que pueda.

Aurelia y yo hemos decidido ir de paseo a la playa, es nuestro día libre y queremos aprovecharlo dando un paseo ya que el tiempo nos acompaña.
Los rayos del sol golpean nuestros cuerpos y aunque ya se nota el calor, el frío vespertino todavía arrece los cuerpos si estos no están algo abrigados.
Al llegar la noche, me siento vacía, esa zorra de mi compañera ha conseguido al chico que hemos conocido paseando y tiene mañana una cita con él, no entiendo que ha visto en ella, pero yo si he visto la manera de deshacerme de sus malas prácticas por robarme mis sueños.

Semanas más tarde:
Aurelia está enferma, vomita con bilis espesa y tiene diarreas constantes, lo que más me asombra es la hinchazón que ha aparecido en sus extremidades, pero me da igual a mayor sufrimiento más se arrepentirá de haberme hecho ese desprecio.
El señor de la casa ha decidido internarla en el hospital para averiguar que la pasa, no he podido hacer nada y no he terminado con su vida como me hubiese gustado, pero el trabajo con la señora esta siendo fructífero y calculo que en dos semanas los primeros síntomas empezarán  a aparecer.

2 semanas después:
Aurelia ha mejorado, he oído al señor hablar por teléfono con mi antiguo jefe mientras estaba escondida entre el pasillo y mi habitación, con la complicidad de la noche y de las sombras para que no pudiese percatarse de mi presencia.
También comentó que había encontrado algo en el cuerpo de la fallecida Adela, inyectando propatiol, y que sabiendo eso su mujer esta empezando a mejorar también al igual que Aurelia.
Después de la conversación me escondo en mi habitación y pienso si todo se acabará mucho antes de lo esperado, lo que hace que sienta un escalofrío que me sube desde los pies y salga por mis manos temblorosas, nunca me había sentido culpable por hacer lo que he hecho, pero ahora me doy cuenta de que siempre seré una maldita analfabeta, una criada sin carrera, una mujer sin futuro.
Por primera vez en mi vida me arrepiento de ser quien soy, quizás me este volviendo loca, pero las manos me tiemblan tanto que tengo que agarrarme la una con la otra, respirar hondo y pensar que puedo hacer todavía algo.

DIARIO DE VALENCIA 19 DE MAYO DE 1959
“Hoy será ajusticiada Pilar Prades Expósito, después de matar a la señora Adela Pascual con arsénico.
36 horas de interrogatorios no han conseguido que esta envenenadora de Valencia, como ya es conocida, admitiese su culpa.
Su ultimo jefe el doctor  Manuel Berenguer, tras ver los mismos síntomas en su cocinera así como en su mujer, hábilmente, consultando con otro médico y procediendo a la exhumación de la fallecida Adela Pascual, muerta en extrañas circunstancias, y anterior señora de Pilar Prades Espósito,  se percató, junto con las pruebas pertinentes,  del crimen tan atroz y de los próximos que no llegaron a su fin.
Con una asombrosa frialdad, fue capaz de decir ante la estupefacción del tribunal- "NO ESTOY LOCA, SE BIEN LO QUE HAGO. HACE DEMASIADO TIEMPO QUE SOY CRIADA; HEMOS DEMOSTRADO NUESTRA FUERZA-”

19 DE MAYO, 8 DE LA MAÑANA DE 1959
Después de dos horas esperando la abolición de ejecutar a la asesina mediante garrote vil, el verdugo, Antonio López Guerra preparó minuciosamente la silla con la que daría sentencia a Pilar, colocando bien el torniquete, la argolla y los demás elementos que componían el nefasto instrumento, se había enterado de que era una mujer a la que debía de dar muerte negándose ferozmente a hacerlo.
Aún a sabiendas de que una de las condiciones que se debían poner al ser verdugo era la de nunca jamás ejecutar a una mujer, ya que para el, era peor que ejecutar a 30 hombres a la vez, no le quedó más remedio.
Emborrachándole y llevándole a rastras al patíbulo para llevar a cabo su trabajo y ante la espera de los allí presentes, esperado una llamada para dar fin a tan macabro espectáculo, y una vez pasado el tiempo concretado, dio paso a la ejecución.
Los gritos de la asesina, que temblaba moviéndose en la silla como un perro rabioso, se oían pertinentes en toda la sala: “ ¡Soy muy joven, no quiero que me maten! "
Con una vuelta y media de manivela, el cuello de aquella desgraciada que acababa de cumplir 31 años se partió como una nuez al ser golpeada por un martillo de bola.
Pilar se fue siendo analfabeta, sin arrepentirse de lo que había hecho, sin saber lo que era el amor, sin saber lo que era la felicidad, se fue pensando y creyendo que algún día las criadas y las señoras llegarían a un punto de semejanza y de igualdad.
Se fue sintiéndose sola, y sola se quedo, ya que nadie recogió sus restos, nadie la hizo feliz ni siquiera en el final de su propia vida, de la manera más cruel que se daba en España, mediante un ajusticiamiento, terrible y doloroso, del cual, solo podía sacarse una cosa, tan asesino era el ejecutado como todas las manos que ejecutan la orden.

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