domingo, 11 de mayo de 2014




DESEO “CARNALIZADO”

            Hacía menos de una semana que la conocía, y cada vez la deseaba con mayor apremio. Conforme tiraba de su mano a través de la enmarañada penumbra del bosque, se sentía más y más tentado de detenerse y arrojarse con ella sobre los arbustos y la hojarasca.
            Su cuerpo le pedía, le exigía, le chillaba que lo hiciese de una vez. El temor había dado paso al deseo y lo bombeaba ahora hasta límites insoportables. Necesitaba tirarse contra el ramaje seco, y retozar entre los pálidos y suaves brazos de la joven.
            Dios, la deseaba con locura.
            Pero no era el momento, aún no.
            Llevaba sudadas las sobaqueras de la camiseta, pese a que la noche se presentaba fresca. Y es que llevaban ya un buen rato trotando, abriéndose paso, arañándose con la afilada vegetación. Quizá deberían detenerse ya, recuperar el aliento, sentarse en alguna parte, muy juntos. Con ese top tan ajustado que llevaba ella y que ni siquiera le cubría el ombligo,  a lo mejor se había hecho algún rasguño. Pensó en preguntárselo, en averiguar si se encontraba bien, si necesitaba descansar. Y cuanto más pensaba en su abdomen, en su ombligo, más se le aceleraba el corazón, y más le palpitaba la entrepierna.
            La deseaba de una forma insana, irracional, inapropiada en una situación de peligro así, aunque ya no escuchaba esos pasos acelerados, esos resuellos feroces tras él. Momentos antes sí se había sentido paralizado por el terror, cuando le había ensordecido el eco de sus gritos desde la profundidad del bosque, cuando al ir a rescatarla había entrevisto aquella silueta, aquella cosa estirada de manos afiladas que se abría paso entre la vegetación con rabia segadora.
            Ahora el peligro ya había pasado, no había de qué preocuparse. Iba siendo el momento de canalizar toda esa agitación que sentía en algo más placentero que el pánico. Oh, sí, mucho más placentero.
            Al fin y al cabo, quizá estaban huyendo por nada, quizá la fuente de sus temores no era más que una de esas cosas difusas y siniestras que se creen percibir en la noche, en bosques solitarios como este, con el deseo sexual encendido y la imaginación juvenil sobrealimentada por tantas y tantas películas de terror. ¿Una bestia feroz que acecha en noches de luna nueva? ¿Una entidad demoníaca extraviada? ¿Uno de esos psicópatas que acechan en los campamentos de verano? Era tan ridículo. Pero, a la carrera, todos esos pensamientos pueriles se le agolpaban entre las sienes, y de algún modo retorcido encendían el hambre que sentía por las formas femeninas de la joven que le acompañaba, sujeta por su mano firme y pulsante de deseo. Y los temores, cuanto más se alejaban en el tiempo, más absurdos resultaban, y acababan por convertirse en una mera fantasía erótico-terrorífica: ¿Y si nos persiguiera algo en la oscuridad en la soledad del bosque? ¿Y si nos pillara con los pantalones bajados?
            ¿Y si se sintiera atraído por la fragancia de nuestros sexos?
            Vamos a parar, tenemos que parar ya, quería decirle entre jadeos. Le sudaban mucho las axilas, pero sobre todo la mano, y le dolía la muñeca de tanto tirar de la chica para que le siguiera. Sí, era el momento de que dejaran de huir. Hacía mucho que ya no gritaba ni lloriqueaba, aunque tampoco podría asegurarlo, ya que apenas conseguía oírla respirar entre el crujir de sus pasos sobre las hojas secas y el sonido de sus propios jadeos. De hecho, ahora que reparaba en ello, desde que ella se había ausentado para orinar tras los chopos y luego se había puesto a gritar como si la estuvieran destripando, no había vuelto a escuchar el timbre de su voz. Simplemente, se habían puesto a correr sin mirar atrás.
            Necesitaba recuperar el aliento, aminorar la marcha y asegurarse de que no estaba en shock o algo así. ¿Estás bien, preciosa? ¿Paramos de correr ya? Yo también me he asustado mucho, pero seguro que solo se trataba de...
            De pronto, se dio cuenta de que no era su mano la que sudaba, sino la de ella, que de algún modo era la que ahora le estaba apretando hasta los nudillos.
            Sí, era el momento de detenerse. Al fin.
            Aminoró la marcha, tomó una bocanada de aire y sonrió mientras se daba la vuelta despacio para encararla. ¿Por qué aprietas tanto? No hace falta que sigamos corriendo, que así nos vamos a sacar un ojo...
            Pero las palabras no llegaron a salir por su tráquea obstruida por la sorpresa, por la horrible visión que se alzaba a su espalda, que se cernía sobre él.
            Lo que fueran los deliciosos rizos de la joven se alargaban de manera antinatural hasta el suelo y se hundían en él como raíces retorcidas. La silueta había crecido hasta dos veces su tamaño original, enfermizamente esbelta, pálida y brillante como la luna. Y lo que le estaba macerando la muñeca no eran los gráciles dedos de la muchacha, sino unas garras purulentas que se estiraban y enrollaban por todo su antebrazo como una enredadera.
            Al tironear e intentar liberarse, no logró otra cosa que regresar a ella con mayor ímpetu, y encontrarse con un beso de colmillos alargados como agujas de hacer punto. Un beso mortal y obsceno, lubricado por el deseo carnal.
            El deseo de su carne.

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