jueves, 24 de julio de 2014

PLANTA BAJA (INSOMNE VK)

Nuevamente siempre es motivo de emoción el poder dar a conocer en el blog a otro escritor.

En este caso, Sergio Moreno nos dejó impresionados a todos los que conformamos este proyecto por su manera de narrar un  acontecimiento y un paseo por la mente perturbada de una persona que después de unos actos le come la conciencia y el negro y oscuro sentimiento de haber pecado.

Así que aquí os dejamos a este escritor que dará muchas más sorpresas junto con el resto de sus compañeros que somos todos nosotros. Estamos felices por que este aquí y orgullosos de poder darle una oportunidad y honrosos por compartirlo con todos vosotros.

Primeramente y antes del relato os ponemos una presentación:

Sergio Moreno nació en Madrid un 20 de noviembre de 1983. Amante del terror en todas sus vertientes, un día se dio cuenta de que lo que más deseaba era crear historias en las que gente como él pudiese sumergirse y pasar un mal rato. Consciente de sus limitaciones a la hora de plasmar sus ideas sobre el papel, lleva cuatro años tratando de pulir sus defectos de la única manera que cree correcta: escribiendo todos los días.

Ha logrado ganar diversos concursos literarios, pero supone que es un sencillo hecho colateral de su trabajo. Lo que de verdad le gusta de él es esa sensación de saber que está dando vida a sus ideas, y a pesar de que la mayoría de las veces sean muy macabras, no se siente mal por ello. Tiene una mujer y dos hijos preciosos. Y una pantalla de ordenador con un blanco infinito que ir llenando. Poco a poco. Y disfrutando mucho al hacerlo. 


PLANTA BAJA


Se abrió la puerta del ascensor y la luz que provenía de su interior bañó mi cuerpo, tiñéndolo del mismo color ambarino con el que imagino que debe estar fabricado el infierno de mis pesadillas. Es la luz de la certeza; de la más absoluta de las desolaciones. Es la luz que no logra iluminar salvo las más insignificantes esperanzas.
            La misma luz que se derrama a borbotones sobre mis zapatos manchados de sangre. La que me deja ver los metálicos reflejos difusos del cuchillo que aún llevo entre las manos… Esa tenue y reveladora luz que me recuerda nítidamente cada minuto de los últimos treinta que acabo de vivir.
            No hay nadie en el interior del ascensor y puedo verme en el espejo que tengo frente a mí. Da igual, porque no me reconozco. ¿De quién son esos ojos vidriosos y aterrados? ¿De quién esa boca torcida y esos dientes apretados? Míos no. No puede ser. Jamás le haría nada parecido a uno de mis trajes.
            Eso que se parece a mí avanza dos pasos y entra en el pequeño habitáculo. La imagen se acerca, y su mirada clavada en mis ojos hace que el terror comience a deslizarse horriblemente por mi espina dorsal hasta formar un oscuro charco a mis pies. El cuchillo cae de mi mano y su sonido al impactar contra el suelo me llega desde otro mundo. Y tiemblo, porque sé que ese es el mundo en el que tendré que vivir a partir de ahora. Un mundo de macabros recuerdos, de imágenes confusas e irreales, en el que un único deseo llenará mi mente día tras día y noche tras noche: volver atrás. Borrar lo que algo dentro de mi oscura alma acaba de obligarme a hacer… Sumirme en ese olvido cristalino que ya nada me podrá brindar.
            Mi dedo se mueve hacia los botones que descansan sobre la pared y pulsan uno al azar. Cuando lo retiro, una única huella sanguinolenta comienza a desdibujarse sobre él, dejando caer una gota que se desliza por el metal trazando una línea roja en su descenso.
            <<Planta baja>>, anuncia una voz desde algún lugar. Las puertas se cierran. Lo mismo hacen mis ojos, pero es inútil. La imagen que trato de borrar en mi cabeza se ha fijado a mis retinas y la veo superpuesta sobre el negro que lo envuelve todo. El sonido del motor al poner en marcha el ataúd que me lleva hasta el infierno me obliga a abrirlos… y allí está. Mirándome. Señalándome. En completo silencio.
            Me miro las manos; sangre. Después el cuchillo; más sangre. La huella que acabo de dejar en la pared… todo es sangre. Ella es sangre. Su pelo, su vestido, los bonitos zapatos que lleva puestos. Sus ojos, sus manos… todo está bañado en escarlata. Tras su figura, la luz de los mundos que hay fuera se cuela por una rendija vertical, como por una boca descomunal y entreabierta a punto de mostrar sus afilados dientes. La fila de números que hay sobre ella ilumina mi lenta cuenta atrás.
            Mi imagen en el espejo resulta macabra. Mis ojos parecen atravesar ese reflejo y la propia pared del ascensor y el resto del edificio, pero eso no es lo peor. Lo que tengo detrás deberían ser dos puertas metálicas y una fila de botones, no un páramo de tonos carmesíes anegado de sombras con formas cambiantes acercándose hacia mí. Vienen… Se arrastran, vuelan, flotan y caminan siempre en la misma dirección, siempre mirándome con esas espirales blanquecinas que giran en el interior de un inexistente rostro que, sin embargo, sonríe. En el cielo plagado de nubes que se extiende sobre mí puedo ver, como en una película antigua y gastada, la sucesión de imágenes que me han traído hasta aquí: su cara y la mía, las muecas de consternación y desdicha, el movimiento acompasado de mis pies hacia la cocina, los destellos fugaces del cuchillo, sus ojos al ver cómo me acerco y el enorme agujero que formó su boca al proferir aquel funesto alarido.
El mismo agujero por el que ahora me precipito. 
            Y ella sigue mirándome, con su dedo extendido hacia mí y completamente inmóvil. Su mueca, la de un siniestro arlequín. <<Asesino…>>, creo oír durante un instante. <<Asesino…>>, repite el eco que se extiende a mi alrededor como una fría corriente miasmática. Y sé que esa palabra será la única que escucharé durante el resto de mi vida.
            Me agacho bajo su penetrante y acusadora mirada; recojo el cuchillo empapado en su sangre; lo coloco en mi garganta con una mano temblorosa. Quiero hacerlo, Dios, sabes que quiero hacerlo… pero mi mano no me obedece, y me pregunto por qué no hizo lo mismo cuando era su cuello el que se abría como una cremallera al paso del afilado acero.
            Los números siguen bajando. La luz mengua un poco más.
            Se acerca el momento.
            Aprieto la fina hoja contra mi cuello mientras las lágrimas comienzan a caer de mis ojos. Y pienso: <<lo voy a hacer>>.
            Un poco más de presión, un poco más y se acabará todo… pero no puedo. Ella deja de señalarme. Sonríe. Sabe que siempre fui un cobarde.
            El murmullo que me envuelve comienza a desvanecerse. La luz de los números queda fija y el ascensor se detiene. <<Planta baja>>, repite la voz. Y ella echa a andar hacia mí. Me coge del brazo y su sangre me empapa la manga del traje. Ni siquiera puedo mirarla ya, tan sólo la luz que comienza a filtrarse por la puerta llega hasta mis ojos.
            He llegado abajo. A mi infierno particular. Su mano tira de mí hacia fuera y me dejo llevar. Aquí no hay fuego, no hay ámbar. Sólo ella junto a mí; sólo el contacto de su mano.
            Sangre… todo es sangre.
            Y absoluta oscuridad.
            Se acerca, extiende sus brazos y los funde en un frío abrazo sobre mi cuello. No puedo verla, pero su aliento, igual de gélido que el tacto de sus manos, se precipita sobre mi piel como una marea; viene y se va, viene y se va… y mi cordura acompaña sus exhalaciones. Se aprieta contra mi cuerpo aún más fuerte, y siento la curva de sus senos clavarse en mi pecho como un recuerdo sombrío de noches irrecuperables. A pesar del miedo, de la culpa, del intenso dolor de mis sienes y de las lágrimas que comienzan a escapar de mis ojos entrelazo mis manos alrededor de su cintura y dejo que su respiración se lleve mi pesar. <<Lo siento…>>, le susurro al oído.
            Pero ella no responde.
            Ya no está conmigo.
            Las sombras se ciernen sobre mí y me arropan en una danza monstruosa de silbidos y ululares quejumbrosos. Comienza a correr la sangre. Me dejo caer de rodillas y, entre el dolor escarlata, trato de verme las manos. No están al final de mis brazos, sino dibujadas en el cielo oscuro. Sostienen un cuchillo ensangrentado.
            Y los ojos de ella las miran desde un lugar que yo nunca alcanzaré.
            Sonríe.
            Dispone de una eternidad para seguir haciéndolo…
            … y yo de la misma para aprender a soportarlo

10 comentarios:

  1. Un corto muy intenso, me encanto.

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  2. La piel de gallina, muy bien reflejado el paso de la mente humana por la locura después de un acto cuanto menos agresivo como es un asesinato. Esa bajada al infierno de nuestra misma conciencia ahora putrida, genial, me ha encantado!

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  3. Es impresionante la calidad con la que escribe este autor, y ya el blog no digamos.
    Muy buen relato, con dosis paranoicas y además una sensación de ansiedad que se te clava en lo más profundo sintiéndote uno más en el relato.
    Enhorabuena.

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  4. Una vez más: muchísimas gracias. No sabéis la ilusión que hace que los lectores den su opinión acerca de lo que escribimos, y más aún cuando estamos empezando en esto. El feedback es tan necesario en esto como que te digan los fallos que tienes. Sólo así se logra ser mejor escritor. Un saludo, Anónimo 3!!

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  5. Madre mía, el relato está genial. De hecho, he leído a autores que han publicado varios libros y no me han dado esta sensación de angustia. La calidad me parece bastante buena, así que espero que sigas escribiendo en el blog que cada vez formáis mejor equipo y mejores escritores. Enhorabuena.

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  6. Muchísimas gracias, Pandora. Claro que seguiré escribiendo en el blog, y espero que sigáis dejando vuestros comentarios por aquí, que siempre es un placer leerlos. En cuanto a lo de los autores publicados coincido contigo, yo también he leído libros de terror que no me hicieron sentir nada. Por eso en Vuelo de Cuervos se da oportunidad a escritores desconocidos, para que seáis vosotros quienes juzgueis sus textos y disfrutéis con ellos. Un saludo y muchísimas gracias de nuevo por tus palabras. Yo, como escritor, me alimento de ellas. Ciao!

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  7. Has conseguido que pueda visualizar cada gesto, cada movimiento, las expresiones de su rostros, hasta el tacto pegajoso de la sangre. Un relato muy intenso, me ha gustado mucho.

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  8. Muchas gracias, Tequila. Cuando a un escritor le dicen que se ha conseguido visualizar lo que ha narrado es que ha hecho bien, al menos, esa parte de su trabajo. Un placer leer este tipo de comentarios, de verdad.

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