martes, 14 de enero de 2014

EL DEVORADOR DE PECADOS




1 de Julio

Hoy empiezo a trabajar en el hospital que esta a las afueras de la ciudad.
Al principio pensaba que me costaría decidirme en firmar el contrato, pero las condiciones son algo mas que buenas, y con como están las cosas no me puedo negar, si que es verdad que me pilla lejos de casa y que tengo que gastar en taxi hasta que me pueda permitir comprar un coche; pero si la vida me sonríe he de aprovecharlo.
Estoy algo oxidado, llevo meses sin practicar la medicina, simplemente he seguido leyendo libros y manuales para no perder aprendizaje, pero no es lo mismo.
Me espera  el turno de noche para estrenarme, siempre es el más complicado, no porque pueda variar en la gente que entra de urgencia, si no porque la noche siempre irradia otro tipo de energía y se hace más duro.
Uno de los  compañeros que me ha tocado es nuevo en todo esto, se llama Pedro y está haciendo el MIR, y no sé si me dará más trabajo del que me den los pacientes.
Mi taquilla esta justamente al lado de la de él, le veo sollozar, es su tercera noche y ya se le han muerto dos pacientes.
Siempre es algo duro cuando eso pasa, te sientes tan vacío que te replanteas seguir con esto.
Todavía recuerdo mi primer muerto, un accidente de coche, tenía los intestinos fuera del sitio y llego prácticamente en coma, el golpe fue tan brutal que ni el cinturón de seguridad pudo retenerle en el habitáculo y salió despedido por el parabrisas mientras este le rajaba todo el estómago.
Hice todo lo posible, pero el trauma fue fortísimo y murió a los pocos minutos de intentar ponerle todo en su sitio.
Los primeros días pasaban en nebulosa por mi mente, pero cuando llego el segundo muerto tuve que empezar a acostumbrarme, aunque suene a que no tengo conciencia, pero si quiero seguir salvando vidas, tengo que hacerlo así.
En cuanto me pongo la bata blanca, esa que me reconforta por que soy un privilegiado por salvar o intentar salvar vidas, la adrenalina corre por mis venas, tengo la primera urgencia.
Empiezan a llegar heridos, un accidente en un edificio, al parecer un incendio provocado trae a la mayoría de la gente asfixiada, y algunos huyendo del fuego se han tirado por las ventanas, las escenas son lo más escalofriante que he visto en años.
Los niños son los que más me impresionan, me dejan sin aliento, el corazón se pone a mil y me duele, me duele el alma, me duelen las entrañas.
Me agarro el estómago intentando evitar el vómito, mientras las lágrimas empiezan a brotar por mis ojos.
Pedro me golpea con fuerza en el hombro y me sonríe, yo permanezco paralizado, hasta que un ATS, se dirige a mí y me zarandea.
Empiezo a trabajar a toda máquina.
A las pocas horas de recibir los primeros 30 heridos, sigo con la misma fuerza que cuando empecé, he operado a 6 personas, todas con traumas en  extremidades, algunas con neumotórax, y costillas fuera del sitio de los pisotones al salir del edificio.
Me dispongo a operar al último accidentado, la policía entra en la estancia, les prohíbo de manera tajante que sin ataviarse con las ropas adecuadas pueden estar. Pero permanecen ahí, tienen que estarlo, tengo que operar al pirómano.
Tiene varios cortes en el cuerpo y un traumatismo muy feo en la pierna, por no hablar de la abertura que deja su corazón a medio camino de estar dentro y fuera de él mismo.
Por lo que me comentan los policías, al parecer es un hombre que ha dado guerra varias veces, diciendo que le estaban obligando a hacer cosas malas.
Hasta que al final consiguió comprar explosivos y los coloco meticulosamente por el bloque de pisos.
Lo que yo no sabia era que en su propia casa encontrarían una Quija y varios elementos de magia negra, junto con una nota que explicaba lo que iba a hacer y el por qué.
Al parecer había estado jugando a ser Dios y lo que quiera que había desatado se presentaba a las noches haciéndole volverse loco y obligándole a hacer cosas que él no quería, hasta que no pudo soportarlo más y sirviendo a esa sombra negra que le dejaba clavado a la cama entre sudores, hizo lo que  hizo.
Salió de su apartamento, y se dirigió a la calle paralela de la zona chabolista en donde compro los explosivos.
Enajenado, y entre risas diabólicas se dirigió a su casa y preparó todo meticulosamente, mientras en su cabeza, voces y más voces le decían una y otra vez  “HAZLO, HAZLO, HAZLO”.
Así que dispuso los explosivos lo mejor que pudo, entre uno y otro su razón se mostraba y luchaba por detener lo que iba a ocurrir.
Pero el ser que se apoderaba de su voluntad era más fuerte que su propia alma.
Y ahora esta aquí, dispuesto en el quirófano para que yo le salve la vida.
Nunca me he enfrentado a nada igual, pero mi trabajo es salvar vidas, quizás ya lo he hecho antes sin saber nada de la vida de quien ha pasado por mis manos.
Cuando termino la  operación el paciente esta estable, creo que vivirá para poder pagar por lo que ha hecho, al final se ha llevado la vida de 6 personas que ya llegaron cadáver al hospital, por suerte hemos podido salvar las vidas del resto.
Estoy tan cansado que cuando llegue a casa ni comeré.

2 de Julio
He tenido un sueño muy raro, me despertaba y una sombra tan oscura como la nada permanecía mirándome desde el umbral de la puerta, no tenía rostro ni extremidades, era como un todo, con dos ojos rojos muy brillantes y desprende un aura tan oscura como él mismo; yo permanezco inmóvil, el miedo me recorre y no puedo hacer nada.
Cuando despierto estoy sudando a mares, que mal lo he pasado.

3 de Julio
He hecho la ronda por todos los pacientes, permanecen estables y a un par de ellos les daré el alta mañana, me siento contento.
En mi taquilla alguien ha puesto “culpable”, no todos están de acuerdo con que haya salvado la vida a un asesino, y estas cosas me ponen nervioso.
Pedro intenta calmarme, hablamos de que ha conseguido superar estos dos días con dos pacientes sanos y salvos y ya no tiene miedo a perder  a más gente, así que me alegro por él.
Las gotas del agua de la ducha recorren mi cuerpo, necesitaba calmarme después de la nota que encontré, cada vez el agua sale más caliente, me estoy empezando a quemar, pero inesperadamente no puedo moverme, siento como me arde la piel, el miedo recorre mi espina dorsal y una mueca y grito de dolor salen de mi boca; al otro lado de la puerta vuelvo a ver la sombra de mi sueño.
Vuelvo a notar el agua templada y mi cuerpo esta sano, no noto dolor, y no tengo quemaduras, estoy empezando a pasar miedo de verdad.

5 de Julio
Las cosas están empeorando y no entiendo por qué están pasando, ayer a la noche en el hospital empezaron a temblarme las manos mientras operaba, casi corto una arteria, y he decidido no dormir hoy en casa, ya que, ante mis ojos la presencia oscura se hace cada vez más presente, y está empezando a hablarme, me ha dicho que acabe con el pirómano.
Cuando me enfrenté gritando y diciendo que no, su grito fue más fuerte y aterrador que el mío, y todos y cada uno de los cuadros de casa se cayeron y se partieron.
Ando sin rumbo por las habitaciones, hasta que entro en la del pirómano, una fuerza incontrolable hace que me acerque a su cama, me agacho para mirarle más de cerca, no me siento yo, algo domina mis gestos, mis pasos.
Uno de los policías me pregunta si va algo mal y yo no sé qué decir, sé que estoy de pie mirándole pero no digo nada, aprieto los puños y salgo despacio de la habitación sin dar explicaciones.

6 de Julio
Tengo las manos manchadas, y no es de sangre, no es de vísceras, es de culpabilidad, no sé cómo pero lo he hecho, por primera vez he quitado la vida a alguien y no porque haya hecho mal mi trabajo, si no porque la voz que me hablaba me ha poseído y he dado una dosis mortal al pirómano para que un paro cardíaco le quitase la vida.
No quedará rastro de lo que le he suministrado así que simplemente su corazón falló, eso aparecerá en el análisis forense.
Estoy temblando, la jeringa esta en el suelo, y he aprovechado que los policías iban a tomar un café para poder hacerlo.
Giro mi cabeza hacia la puerta y la sombra que me ha estado persiguiendo estos días está a mi lado, toca al ya difunto pirómano y poco a poco cambia de forma, hasta ser un perro negro, tan negro que da más miedo que la propia sombra que era antes, se dirige hacia la puerta, y allí en el umbral, se gira y aúlla.
Una presencia imponente, viene a buscarlo, y no al perro, al muerto, sus pisadas están hechas de fuego y sus manos rezuman azufre, los ojos blancos como el sol más brillante no dejan que pueda adivinar toda su forma.
Las luces de la habitación empiezan a parpadear, parece que se van a apagar, pero cuando la presencia coge a hombros el alma maldita del pirómano y sale junto con el perro por la puerta, todo vuelve a la normalidad y yo dejo de temblar.

Un mes después
Llevo días sintiéndome fatal, vomito y apenas puedo mantenerme en pie, la bilis está quemándome el esófago, parecerá mentira, tengo los ojos rojos y la fiebre no baja de 40.
Cuando vomito por última vez, me siento más descansado, estoy tan agotado que me quedo dormido en el baño.
Vuelvo a soñar, esta vez una mano recorre mi mejilla, y me da las gracias, es una luz tenue, baja, no veo bien a quién o que tengo delante, me levanto despacio y sonrío, la angustia me recorre desde la punta de los pies hasta la punta de los dedos de las manos.
La sensación ahora es de dolor, con imágenes constantes mas allá de los primeros tiempos del ser humano, me estaba transmitiendo todo su dolor, su pena.
Cuando despierto lo sé, jamás me libraré de lo que quiera que ahora domina toda mi alma, se cual es mi labor a partir de estos momentos, el poder recorre mis venas y yo soy quien puede decidir la vida y la muerte de las personas, tantos años buscándome y me ha encontrado, entró por mí desde que toqué el corazón del pirómano, el que quiso llamar a lo más poderoso y ancestral, pero se equivocó, por que su corazón ese que yo tenía en mis manos, estaba manchado por malas prácticas y ahora yo he sido elegido para hacer el trabajo que muchos no pueden y no saben,  mi alma y mi corazón, limpios, son aptos para hacer pagar o premiar los actos humanos.
Tendré las almas de la gente que se escurrirán por mis manos, podré apretarlas hasta dejarlas en la nada o podré abrir mis dedos para que escapen y sean libres.
Veré a gente suplicar, a gente rezar, llorar y morir de dolor.
Me mostraré maligno o celestial, sin piedad, a mi gusto.
Cortaré gargantas, cogeré a la gente entre mis brazos y calmaré sus ansias de maldad si así lo merecen.
Descubriré almas tan perdidas que tendré que acabar con ellas sin el menor remordimiento.
Yo decidiré a dónde irá su mismísima existencia final.
A partir de ahora me llamaran EL DEVORADOR DE  PECADOS.

ESCRITO POR LORENA GIL REY

domingo, 12 de enero de 2014

EL HOMBRE DE LOS CARAMELOS






Un escalofrió recorrió su cuerpo. Nunca antes el infinito silencio del bosque había sido interrumpido, ni siquiera por las gotas del roció que resbalaban de las hojas. Hoy, mientras la niebla bajaba hasta cubrir el musgo, el grito de una lechuza la estremeció, no sabía  que habitaran en aquel bosque esas aves. La superstición dice: Cuando escuches a la lechuza, la muerte anda cerca. Pero ella ya no necesitaba esa advertencia: escondido entre unos helechos encontró el envoltorio de un caramelo, un papelito dorado, muy fino, como una hoja de oro.



El mismo caramelo que debió de coger su hija, cuando el monstruo conocido como «el hombre de los caramelos» se la llevó.



Tenía el pelo empapado por la humedad producida por una formación de nubes provenientes de la montaña, lo que le daba un aspecto triste y desolado, aunque hacia ya años que se había olvidado de lo que era sonreír. Pisaba un suelo casi pantanoso, allí dejaba sus huellas entre gran cantidad de turba y humus mientras sus ojos cansados buscaban otro envoltorio dorado.



María le advirtió de que el papel dorado podía haber estado allí ya antes o que el viento lo había podido llevar al interior del bosque. Que eso no significaba que el monstruo hubiera regresado. Pero ella había realizado ese recorrido un par de veces al día desde hacía ya siete años y no lo había visto hasta hoy. Mientras su puño lo encerraba con la misma rabia interior que sentía, la lechuza volvió a gritar.



Se llevó a su hija de apenas cinco años, una tarde de Navidad cuando cogían musgo para el belén. Hacía ya muchísimos años que no se oía hablar del monstruo de los caramelos, es más, ella dudaba de que existiera y de que los anteriores secuestros hubieran sido de algún loco o asesino. Pero cuando entró gritando en el pueblo que la niña había desparecido y vieron en su mano el papel dorado, sus vecinos pusieron tal cara de horror que ella comprendió que nunca más la volvería a ver, ni siquiera los hombres salieron en su búsqueda, todos regresaron a sus casas mientras ella suplicaba ayuda.



Solo su amiga María la consoló, si es que se puede llamar consuelo a que te digan la verdad. Le habló del monstruo, le relató que era tan antiguo como los propios bosques. No sabía si había nacido en ellos, pero sí que allí había establecido su guarida. Le habló de otros mundos, de límites en el bosque que los humanos no conocían y no podían traspasar: los límites de los monstruos. Le explicó que había humanos que lo imitaban, pero él era auténtico, inmortal. No le gustó escuchar esa última palabra: nada, en este u otro mundo, debería vivir para siempre. Y ante esta duda su amiga se sumió en un corto silencio, la miro y le dijo: «un humano jamás pudo ni podrá matarlo».



Fueron años duros, de ser dos a ser solo una, incluso llegó a hacerse la ilusión de que la niña se encontraba retenida pero con vida. Su amiga le dijo que aquel monstruo llevaba milenios matando niños en los bosques. Ella le preguntó si les hacía daño, su amiga no se atrevió a responderle e inclinó la cabeza.



Hoy, mientras la niebla se condensaba y los árboles goteaban rocío, ella regresó con la escopeta entre las manos y un cuchillo de caza oculto en sus gruesos calcetines. Para esperarlo.



Le invadía la duda de que con aquella humedad la escopeta no disparara, pero tenía que correr ese riesgo, ya había tenido suficiente paciencia, ya había esperado demasiado.



Fue apenas un roce de helechos, o tal vez incluso menos, lo que le hizo girar la cabeza y verlo. El bosque nublado le cubría la mitad de sus más de dos metros de altura y una negra cabellera oscura le cubría la mitad del rostro. Se miraron apenas unos segundos, el monstruo la desafió a dispararle alargando los brazos como una crucifixión y dejándole ver unas membranas que nacían debajo de ellos. Un olor nauseabundo, de humus putrefacto le recordó que aquello no era humano, cerró un instante los ojos, como si quisiera rezar y se dejó caer al suelo empapado.



Él seguía desafiándola, no se había movido ni un milímetro y una mueca desagradable de victoria le recordaba su inmortalidad. Entonces la lechuza volvió a ulular, su grito hizo que el monstruo perdiera parte de su firmeza y sus brazos empezaron a perder fuerza al ir bajándolos lentamente, algo no iba bien, la escopeta ya no lo apuntaba, la culata estaba en el suelo, mientras que el cañón le rozaba a ella el cuello como una caricia placentera. Disparó.



El disparo hizo caer en forma de fina lluvia el agua que se concentraba en las hojas de los árboles. Su eco resonó en lugares donde el hombre hacia años que no penetraba. Las membranas del monstruo se volvieron abrir, pero esta vez ya no desafiando, sino con el terror que da aquello que sabemos nos puede matar. Sus ojos mostraron un brillo de miedo cuando vieron en el suelo un fuego fatuo que se iba convirtiendo en lo que antes era de carne y ahora apenas algo transparente que se arrodillaba y con el cuchillo cortaba un trozo de verde y esponjoso musgo para oler como olería aquel que sería su nuevo hogar.



Un sonido nacido de la noche de los tiempos salió de la boca del hombre de los caramelos y corrió introduciéndose en el interior del bosque. Ella se levantó y lo vio atravesar bosques nevados, bosques tropicales, bosques musgosos, bosques perdidos en límites que nadie alcanza a llegar, lo dejó correr, no había prisa: ahora era ella quien tenía todo el tiempo del mundo para alcanzarlo.



Caminó con tranquilidad, mirando lugares del bosque que no conocía y oliendo orquídeas que antes nunca había olido. Entonces sintió una pequeña mano cogida a la suya y vio allí a su hija.



La niña la miró y le preguntó si iba a matarlo, ella contestó que si. La niña preguntó si lo haría sufrir, ella dijo que si, y le preguntó a la niña dónde había estado todo ese tiempo. La niña respondió: esperándote.



ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ

miércoles, 8 de enero de 2014

OLVIDO DEL ASESINO




Una luz muy tenue iluminaba la estancia. Un olor rancio se introducía en mis fosas nasales como un cobertizo cerrado. El dolor de las heridas, en mis muñecas, me hacía flaquear y aún así estaban atadas. El suelo, frío como un tempano de hielo en invierno, mostraba un charco de mi propia sangre carmesí como el lacrado de un sobre cerrado.
Sé que hay alguien estudiando cada uno de mis movimientos.
Sólo quiero desatarme y pedir auxilio. Mis últimos recuerdos se han evaporizado y por mucho que me esfuerzo, mis intentos de articular palabra alguna son en vano.

De repente, un candil se enciende frente a mí. Un hombre con sombrero de ala se acerca unos pasos respetando las distancias. No entiendo nada, su cara me recuerda a alguien. Lleva una casaca roja.
Distingo en su mano una pistola y una sonrisa aparece en su rostro.
Aunque la muerte se acerca blandiendo un arma nunca será tan despiadada como un grupo de esclavos del antiguo Egipto.
Soy Hans. Un vampiro que vino a Boston desde Holanda para crear mi propio imperio de sangre.
Ya es demasiado tarde para recordar todo mi pasado y viajes porque el cañón apunta mi cabeza. Varias detonaciones mezcladas con los gritos de los pueblerinos hacen vacilar a mi ejecutor. Aún por mi debilidad y desorientación oigo el caos que reina en el exterior de la casa. Los Mohawk atacan con sus afilados colmillos. Justo los que apadriné para comenzar mi lucha.

En unas horas saborearé la sangre y esto es algo que no voy a olvidar jamás.


ESCRITO POR CHABI ANGULO