viernes, 28 de febrero de 2014

LA CASA DE LOS CIEN ESCALONES




El reflejo del espejo me ha devuelto la imagen de la niña que fui con ocho años. Con mis coletas, mis ojos tristes, mí descolorido vestido de flores diminutas (después de tantos lavados apenas se distinguía su color). No me he asustado ni me ha parecido antinatural verme de nuevo en mi infancia; al contrario, lo he encontrado normal: así tiene que ser para poder reencontrar a la que fuera mi amiga, mi única amiga. Muerta hacía ya treinta años.
He tardado mucho tiempo en regresar al interior de la casa. En otras ocasiones, siempre me quedaba fuera, detrás de la verja, agarrada a sus hierros oxidados, mirando la casa de los cien escalones. Así se llamaba entonces y así la siguen conociendo ahora. Una mansión blanca, con dos torretas que, vistas desde la ventana de mi habitación, la convertían en la casa de una bruja. Pero no lo era, yo conocí a sus dueños, mi abuela limpiaba su casa y yo solía acompañarla para jugar con su única hija, una niña sordomuda de mi misma edad.
Éramos las únicas niñas en varios kilómetros a la redonda. No me importaba que no pudiéramos comunicarnos: nunca lo necesitábamos. Ella tenía una gran cantidad de muñecas y un juego de porcelana de tacitas y una tetera. Su madre solía tomar el té por la tarde, costumbre que, según me contó mi abuela, había adoptado de su marido inglés. Mi amiga la imitaba y a mí me gustaba tocar esas tacitas con sus platitos y sus pequeñas cucharas. Mientras jugábamos su madre tocaba el piano, su música nos envolvía y el tiempo parecía detenerse. Estoy segura de que mi amiga, a pesar de ser sordomuda, podía sentir la música en su interior.
Cuando su madre murió, su padre se ahorcó. Dejó una nota en la que decía que había matado a mi amiga. Recuerdo que apenas faltaban unos días para que cumpliera los nueve años, todavía guardo el trozo de cuarzo que tenía preparado para regalárselo, le encantaban las piedras que brillaban.
Jamás encontraron su cuerpo. Buscaron por la casa, en los montes cercanos, incluso cavaron en los campos de alrededor. Pero nunca apareció.
Hoy he regresado a la casa. Ya no podía fingir que no escuchaba la melodía ni mentirme a mí misma diciéndome que los sueños solo eran sueños. No he podido saltar la verja exterior, es demasiado alta. He entrado a la finca cruzando los campos y rodeando el barranco. Cuando estaba ya a mitad de la escalinata de acceso no tenía ni idea de cómo podría entrar. Me dolía el corazón al estar tan cerca del edificio.
Entonces he empezado a escuchar de nuevo el piano y todo ha vuelto a ser igual que cuando tenía con ocho años. Por eso no me ha sorprendido encontrar la puerta abierta, esperándome. Ni verme reflejada en el espejo como una niña de ocho años, así debía ser.
No conocía bien el interior de la casa, nunca pasé de la primera planta, pero he dejado que mis pies me llevaran por el camino que los sueños me habían mostrado. El sonido del piano me acompañaba. Al igual que una penumbra propiciada por unas cortinas corridas que no dejan entrar los rayos de sol de principios de abril. No tenía prisa, sabia dónde ir. He subido los escalones despacio, siguiendo el rastro del perfume de violetas que mi amiga compartía conmigo.
He llegado a la habitación. Seguramente registrada docenas de veces, pero nadie conocía el compartimiento secreto tras el dosel de la cama. Yo tampoco, hasta que lo abrí en mis sueños. Como ahora lo he abierto.
No he tenido que desenrollar esa manta corroída para saber que envolvía el cuerpo de mi amiga. He dejado su escondite abierto y he bajado a la primera planta.
Al bajar, he vuelto a encontrarme a mí misma reflejada en el espejo. He vuelto a ser yo. Ahora el sol me arropa al estar sentada cerca de la ventana. Es una ventana sucia. Ya no sé escucha el sonido del piano. Pero si unos pequeños pasos que corren hacia el cuarto de juegos en el piso superior, donde ella guardaba sus muñecas y sus tacitas. Yo la espero sonriendo. Meto la mano en mi bolsillo y acaricio el trozo de cuarzo que guardo desde hace treinta años. Sé que le encantará. Sí, ya es la hora de jugar.
Su habitual aroma a lilas la precede.


ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ

domingo, 23 de febrero de 2014

LA CONEJERA





Bordeó la cerca hasta el cobertizo con cuidado de no engancharse. No quería estropear su vestido nuevo. La escuálida vaca le dedicó una mirada ausente mientras rumiaba del aire, por no perder la costumbre.
La niña empujó la puerta muy despacio, pero el chirrido de las bisagras la delató. Su padre se dio la vuelta furiosamente y le bloqueó el acceso. El sudor de papá le azotó, mezclado con otro olor tan fuerte y dulzón que mareaba.
—¡Qué haces aquí!
—¿Qué guardas en esa conejera con llave? —preguntó ella.
—¡No vuelvas a entrar aquí!
—¿Cómo es posible que hoy no cumplas tu palabra? ¡Es mi cumpleaños! ¡Lo prometiste!
El portazo la dejó hablando sola.
La niña corrió hacia la casa gruñendo, pisoteando lo que un día fue un huerto. Subió a su habitación mordiéndose el labio hasta sangrar. Se lanzó sobre la cama y aguantó la respiración.
Entonces, vio abierta la ventana del cobertizo. Las aletas de la nariz se le dilataron. Recorrió la cornisa, la viga entre tejados, sin mirar abajo. Saltó a través de la ventana.
Su rostro se iluminó con una súbita revelación. Los cuerpos sin cabeza se amontonaban en una esquina. Ahora ya sabía qué había en la conejera. Cogió una sierra que había por el suelo y se acercó de puntillas a uno de los cuerpos. Ese hombre aún se movía.
Se ahorcajó sobre él y, con cuidado de no mancharse el vestido, comenzó a aserrar.
—Ya verás, papá, te demostraré lo mayor que soy...


ESCRITO POR JAVIER VIVANCOS

domingo, 9 de febrero de 2014

EL VERDADERO JACK


8 de Septiembre de 1888
Llueve, llueve sin descanso, y las calles están completamente anegadas de agua, los carruajes llevan velocidades endiabladas para llevar a sus casas a cada uno de sus señores.
Mientras algunos mozos se empapaban durante todo el recorrido dirigiendo los caballos, otros tenían pequeños toldos, dependiendo del nivel de vida y de Status social de su Lord.
Annie Chapman no quería salir esa noche a trabajar, estaba constipada y no tenía ganas de ofrecer su cuerpo esa noche a nadie, además estaba siendo una noche bastante fría y sabia que si no empeoraba su salud, seguramente volvería al burdel con poca recaudación ya que, en las noches así, no había mucho que sacar.
Uno de los coches de caballos salpico completamente a Annie, enfadada y despotricando sobre cómo se debe ir por la calle y agitándose la falda empapada en agua, alguien la tapo la boca y se la llevo a lo más profundo de una de las calles, a la esquina más oscura y más fría, dejando un reguero de agua que escurría desde la enagua y vestido.
Primeramente y para cerciorarse la había hecho dos cortes en la garganta, que sonaron con un ruido afinado, como cuando te cortan un filete de cerdo con un cuchillo muy bien afilado, esta vez la sangre broto suavemente de un rojo brillante que podía intuirse aún en la oscuridad.
Al levantarse para dejar allí a la pobre desgraciada se percato de algo que sabía que la hacía impura, y de lo que no se había percatado hasta ahora. Su útero.
Así que suavemente se volvió a arrodillar y junto con los últimos relámpagos de la tormenta poco a poco fue separando la parte más femenina de la mujer del cuerpo de esta, con suavidad y en silencio.
Lo guardó meticulosamente en su maletín, que quedo marcado por la sangre perfilándose los dedos completamente.
Scotland Yard se estaba viendo desbordado por los ataques tan brutales que cada vez iban siendo más demenciales.
No había pasado ni un mes, cuando indescriptiblemente les toco el turno a las dos siguientes.
30 Septiembre de 1888
La primera víctima de la noche, Elizabeth Stride,  se iba recogiendo por la calle mientras ya se retiraba a su casa, había sido una noche muy tranquila y se notaba que en Londres se iba acercando el mes de Noviembre, un mes frío y vacío de hombres, que pasan esas fechas bajo el calor de su casa.
Ataviado con su maletín, se acercó a Elizabeth por detrás con sigilo, aguantando la respiración del éxtasis del momento y con un corte que la seccionó la arteria de el lado izquierdo del cuello, la quitó la vida.
Pero ante su asombro alguien que no debía estar allí, le impidió seguir con su trabajo.
Sabiendo que esa noche debían morir dos prostitutas, dejo a esta primera tirada en una esquina, forzándose a olvidarse del placer no obtenido.
Catherine Eddowes, fue sorprendida debajo de una farola, empotrada contra la pared y golpeada en la cara varias veces hasta aturdirla, y finamente y de manera rápida su cuello quedo rajado profundamente y casi de lado a lado.
Y allí, mientras el asesino la golpeaba una y otra vez la cara sobre el asfalto, en Londres seguía lloviendo y lloviendo, y entre relámpago y relámpago, se podía ver el brillo de la hoja del cuchillo que en esos momentos desgarraba completamente el abdomen de la mujer mientras la sangre se mezclaba con el agua y el vaho que salía de su interior se unía al vaho de la respiración del asesino, que no cesaba en su ensañamiento.
Del interior de su cuerpo extrajo el riñón izquierdo, que se hacía mas pequeño de lo que llego a imaginar nunca, lo tocó, lo observó, lo olió y hasta lo chupó, quería saber que se sentía al tener un órgano caliente en su boca, mientras la sangre manchaba su cara.
El útero se mostraba ante sus ojos, pero no lo quería entero, por lo que con la mitad fue más que suficiente, no tenía tiempo para mucho más.
Esta vez se quedo un rato al lado de la víctima, riendo, cogiéndose la cabeza con las manos, esparciéndose lentamente los restos.
Se levantó, y cogiendo sus enseres lentamente, le era casi imposible quitar la vista de su victima, tirada en el suelo abierta completamente desde la garganta hasta mas abajo del ombligo, y rodeada por su líquido interno.
La linterna iluminaba el cuerpo de esta última víctima y el silbato del policía retumbo en las calles, una nueva mujer, otra prostituta yacía muerta.
9 de Noviembre de 1888
Esta vez sería más difícil que las anteriores, sabía que tenía que hacerlo despacio, con sigilo y sin levantar sospecha.
Mary Jane Kelly, dormía plácidamente en su cama.
La joven prostituta estaba teniendo un difícil Noviembre, los hombres no salían mucho de sus casas y el frío de las calles hacía complicado pasearse por ellas.
El burdel donde trabajaba la pedía más dinero que al resto de las chicas ya que al ser una de las más bellas solía tener más demanda, y a más demanda, más debía pagar.
En su piso no podía recibir a los clientes, la casera vivía justo debajo y era una vieja cotilla de mil demonios.
Pero lo que no se pudo esperar es que la tocasen la puerta de madrugada, y ante el susto no dudo en abrir la puerta, en camisón como se encontraba intento taparse con una pequeña bata, pero la insistencia de los golpes la zafaron de esa idea,
En el momento en el que abrió la puerta, se dio cuenta de que no debió hacerlo, recordando todas y cada una de las compañeras que habían muerto, eran más que avisos suficientes para tener cuidado con lo que se hacía en la calle o en casa.
El empujón, la hizo caer al suelo y golpear contra una pequeña mesita que tenía en la entrada donde solía dejar la correspondencia y las llaves, una brecha empezó a sangrar por su cabeza.
La punta de la mesita ayudo a su asesino a desfigurarla la cara completamente, golpe tras golpe tras golpe hasta no dejar nada más que jirones de piel y hueso.
La llevo a la cama y allí con todo su arsenal preparado encima de la cómoda de la joven empezó a realizar su trabajo.
La mutiló completamente, desgarró su cuello hasta la columna vertebral, no quería que el momento acabase nunca y lo estiró lo máximo posible para escuchar ese sonido agudo que tanto le llenaba los oídos y el fondo del cerebro; con una raja de bastante hendidura como para hacerla sangrar de manera lenta pero abundante.
Con la suficiente maña de la que era más que conocido cogió su escalpelo favorito y empezó a abrir el abdomen suavemente, sin perder el ritmo, disfrutando el momento, observando poco a poco como iba abriendo el interior de la prostituta, hasta llegar mas allá del pubis.
……
La miro, observo su juventud, abro lentamente su pecho y su abdomen, palpo con alegría sus costillas, sus tripas, sus pulmones, todos y cada uno de sus órganos.
Quiero que este momento sea único, estos son mis últimos días en Londres, quiero dejar plasmado el trabajo que aquí he hecho.
Estas mal nacidas jamás deberían pisar las calles, roban a los hombres de sus mujeres, regalan su virginidad a señores casados, con hijos, con familia, trabajadores, traen el mal a este mundo.
Disfrutan teniendo entre las piernas los miembros erectos de lo que nunca tendrán en casa por sus perversiones.
Huele a hierro, a frío, a sangre, a semen, el semen que queda dentro de ellas, que tengo que extraer, y la única manera es llevarme su Útero, me di cuenta después de observar a una de ellas abierta de piernas y ofreciéndome esa puerta ante mis ojos.
Se me atribuyen cosas que yo no hice, ni Emma ni Martha las hice nada.
Pero desde una esquina de la calle observé estos dos crímenes, ideas, ideas y más ideas se me vinieron a la mente.
Jamás pensé en hacer esto, pero desde que mi marido, prefiere pasar las noches con estas rameras, he tenido que hacer lo que nadie hace.
He matado a todas y cada una de las mujeres con las que se ha acostado desde que llegamos a Londres de Irlanda y montamos la carnicería.
Y el trío que hizo con esas dos putas de hace 10 días, me obligó a trabajar el doble aquella noche.
Pero esta, esta merece ser desgarrada completamente, es joven, bella y mi marido la ha dejado embarazada.
Con delicadeza separo todos sus órganos calientes de su interior, observo el útero, no veo nada que me pueda dar indicios que ahí hay algo de mi marido escondido, así que me ensaño y lo apuñalo.
Estoy enajenada, pero estoy gozando, grititos de risa y de placer salen de mi interior.
Los fanáticos han hecho de mi una leyenda que perdurará en el tiempo, siempre se han fijado en hombres, y siempre seguirán pensando eso, por que nadie piensa ni es capaz de comprender el dolor y la locura que podemos sentir las mujeres al ser deshonradas por estas mujeres de mala vida.
En los próximos días nos vamos a América, quizás y solo quizás prosiga allí, no puedo impedir a mi marido que disfrute de los placeres carnales pero si puedo seguir vengándome y disfrutando de darlas una lección por lo que me pertenece ante los ojos de Dios.
Me siento llena de amor, siento que estas mujeres me lo agradecen, si, lo siento muy adentro, pero no me lo pienso y me centro en su sexo, quiero desgarrarlo y así lo hago, saco todo, lo aplasto, lo observo, meto mis manos y placenteramente remuevo grasa, sangre, vísceras.
Este maletín que le robé a un doctor es una de las mejores cosas que me ha pasado desde que estoy aquí, disfruto con los utensilios cortantes que en el se hayan.
Estoy envuelta en sangre, las paredes están salpicadas con todo, cachos de grasa han quedado pegados en el papel de la pared y caen lentamente hasta el suelo, la cama esta repleta de todos los jugos internos de esta pobre desdichada, pero me da igual, voy a terminar sacando el corazón, me lo llevare conmigo, lo conservaré, es mi pequeño premio, tan rojo, tan fuerte, tan caliente.
Me coloco el sombrero, me he limpiado lo mejor que he podido,  me visto como un hombre, siempre he sido una mujer más alta y grande de lo normal, tapo mi cara con el cuello de mi abrigo.
Bajo las escaleras dejando atrás mi mejor trabajo, camino por la calle oscura, en la que mis pasos, sonando repetitivamente por la acera y rebotando en los callejones me acompañan, la punta de mi nariz se esta quedando fría y el vapor que sale por ella es cada vez más espeso y más blanco, noto el frío entrando por mis mangas, manchadas de sangre ya seca, parece que esta noche va a ser fría, se acerca el invierno, y yo estaré preparada para proseguir.


ESCRITO POR LORENA GIL REY