domingo, 30 de marzo de 2014

VUELO DE CUERVOS Y EL ARMARIO








VUELO DE CUERVOS (SORAYA MURILLO HERNANDEZ)

El viento llama en el cristal, un viento invernal. El silencio de la nieve se ve interrumpido por el graznido del cuervo. Ya nadie duerme ni viaja a la tierra eterna de los sueños, ya no hay nada con qué soñar. Los días y las noches se fusionaron en una misma cosa. Dicen que nada muere así como así, pero el pueblo se va muriendo junto a la gente que le había dado vida.

Él preferiría dormir profundamente, vivir durmiendo, antes que estar despierto en una pesadilla. Apoyado en el marco de la puerta abierta mira al cuervo mientras enciende un cigarrillo, ya le quedan menos, apenas medio paquete, pero no cree que siga vivo para cuando se lo pueda haber terminado. Pensaba que ya no quedaba ninguno de esos pájaros, que los había enterrado ya a todos, por lo visto quedaba uno.
Le da una última calada al cigarrillo y tira la colilla aún encendida a la nieve. Entra en su casa y cierra de un golpe la puerta, ya nada puede hacer, sino esperar.
Debieron de sospechar que algo andaba mal, cuando encontraron una mañana cientos de plumas azabaches cubriendo campos, caminos y tejados de las casas. O cuando dejaron de escucharlo. Debieron huir aquella noche en que los cuerpos de los cuervos cayeron muertos por todo el pueblo. Nadie comprendía esas muertes, siempre habían convivido con los cuervos. La voz del predicador les hizo sentir un sudor frío cuando les dijo que ya no tenían guías para fueran al otro mundo. Como un mal presagio, aunque el cielo estaba limpio y estrellado, empezó a nevar. Y ya no paró. La nieve destruyó cosechas y les aisló del resto del mundo más de lo que solían estar.

El pueblo se encerraba en sí mismo. Sin dejar ninguna huella sobre la capa de nieve, la muerte entraba para llevarse aquello que le pertenecía.
Escuchó historias de pueblos que terminaron vacíos sin ninguna explicación, de pueblos habitados que de repente quedaron convertidos en pueblos fantasma. Ahora sabia que se trataba de algo más que historias.

La muerte llegó, no sabía por qué había elegido su pueblo, pero entró para tomar posesión de sus vidas. Mató a sus guías, los cuervos, sin ellos sus almas quedaban en la frontera de ambos mundos. Acabó con todos, ahí en el bosque, menos con uno. Ese único cuervo superviviente ahora vigilaba su casa.

El hombre se acostó junto al cuerpo de su esposa, ella lo esperaba. La acarició sintiendo su piel en cada roce, vibrando ante un cuerpo casi ardiendo, le buscó la boca para saciarse, ella levantó su cuerpo para que él la penetrara. Se movían despacio, gimiendo cuando sentían llegar el placer, ella le pidió que le embistiera con más fuerza, él se deslizó hacia abajo para penetrarla con la lengua y saborear su último orgasmo, pero ella le suplicó que volviera a penetrarla. Deseaba, sentirlo dentro, vibrar con sus espasmos mientras se corría.
La nieve que había caído durante todo el día en finos copos se convirtió en fiera tormenta, él se levantó de la cama y fue hacia la puerta. Al abrirla vio a la figura sin rostro aproximándose: una sombra oscura cubierta por una capa. Ellos dos eran los últimos supervivientes del pueblo. Ahora serían las próximas víctimas.

La oscuridad se acercaba lentamente, entonces el cuervo, que hasta ese momento no se había movido, batió un corto vuelo para posarse casi ante sus pies. Se miraron fijamente. Era el cuervo que él crío  cuando lo encontró caído de un nido y lo alimentó hasta que pudo volar. Aun así se asustó, todos los demás cuervos habían muerto y ahora este lo miraba. El animal hizo un pequeño movimiento en el suelo, abrió el pico y graznó. Ante ese grito cientos de cuervos salieron volando de los campos donde los había enterrado, mientras la sombra por primera vez retrocedía. Los cuervos se lanzaron sobre ella picoteando un vacío profundo y negro, fundiéndose con él.

Aunque aquello solo parecía una gran tiniebla vacía, los picos de los cuervos dejaban manchas de sangre en la nieve. Pequeñas gotas que brillaban de un rojo intenso. El cuervo, excitado por el olor se unió a ellos. La nieve parecía mucho más blanca junto a ese negrura de cuervos y oscuridad. Poco a poco, como si ninguna de las dos cosas hubieran existido, fueron desapareciendo de su vista dejando un charco de sangre tan denso que tardaría horas en ser absorbido. De repente el hombre se sintió cansado, agotado. Mientras, la tormenta de nieve menguó tanto que, en pocos segundos, terminó dejando una tranquilidad sobrecogedora.

El hombre regresó a su casa, no sabía cómo afrontaría el día de mañana, pero si sabía lo que iba hacer el resto del día: abrazarse al cuerpo de su mujer, para cuidar de sus sueños.


ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ.




EL ARMARIO (LORENA GIL REY)

Hacía pocos meses que Silvia se había divorciado de su marido Thomas, la convivencia se había vuelto bastante dura y los gritos y peleas dominaban la casa en la que ambos vivían.
Intentaron evitarlo durante un tiempo, pero todos y cada uno de los momentos alterados de pareja estaban repercutiendo de una manera casi mortal sobre el hijo de ambos, Álvaro.
Sin más vacilaciones ambos decidieron separarse, la custodia la decidiría el Juez que  se les designo, después de todo lo que paso el pequeño, los dos se dieron cuenta de que con quien se fuese a vivir era lo de menos, lo que más les importaba en esos momentos llenos de dolor era el poder ver a su niño, a su pequeño, volver a sonreír.
Se casaron muy jóvenes, apenas con 20 y 21 años respectivamente, y siguiendo las directrices de los padres tanto de él como de ella, se casaron sin apenas conocerse, pero sí muy enamorados.
El empezó a trabajar de mecánico en el negocio familiar, y entre grasa y aceite consumaban su amor después de casarse, pues como era de esperar, llegaron vírgenes al matrimonio.
Ella mujer de su casa, esperaba con todo al gusto de Thomas después de cada día de trabajo.
A los pocos meses, Silvia entro en cinta; cuando su marido se enteró fue uno de los días mas importantes de la vida del matrimonio.
Todo marchaba alegremente, los días pasaban y se sucedían entre la felicidad y la buena esperanza que ambos estaban deseando.
Mirando álbumes, decidieron como ponerle al pequeño que venia de camino, Álvaro, como el abuelo de Thomas.
A los 3 años de nacer, empezaron las riñas, jamás hubo daño físico, pero el psicológico era brutal.
El pasaba mucho tiempo, más de lo habitual, fuera de casa y ella lo sabía, llamaba al taller y su suegro le informaba de que Thomas se había marchado tiempo antes.
Ella, entre cuatro paredes con su hijo, se sentía como un pájaro en una jaula a punto de romper los barrotes y huir lejos.
Se echaban cosas encima, que ni siquiera cuando pasaron, tenían importancia ninguna para ambos, pero eran “necesarias” en esos momentos para quedar por encima del otro.
Aguantaron un año más y a los pocos meses de que el pequeño Álvaro cumpliese los 4 años, decidieron divorciarse.
Silvia se quedó con la custodia del niño, y se fue a vivir a pocos kilómetros de su madre, sin tenerla encima todo el día pero si lo suficientemente cerca.
Cuando entraron en el piso que Silvia eligió para vivir con el pequeño, a ella le encanto, incluso la habitación ultima de la vivienda, ya sabía que uso darle, sería la habitación de Álvaro.
Entre cajas y más cajas el pequeño empezó a corretear por la casa y en un segundo sin apenas percatarse desapareció de la visión de su madre.
Durante todo el piso anduvo buscándolo, gritando su nombre, hasta que se fijó en el armario de la habitación de Álvaro, el cual se cerró con un estruendo poco antes de entrar en la habitación.
-         Álvaro, ¿cariño estas ahí? – gritaba mientras daba golpes en la puerta del armario- por favor, abre la puerta, Mamá esta asustada.

Desde el otro lado oía voces, eran claras y bastante altas, en una de ellas reconoció la voz de su niño.
Se empezó a poner muy nerviosa y los golpeteos en la puerta del armario eran más y más fuertes mientras gritaba su nombre y pedía por favor que saliese.
Calló de rodillas sobre si misma hacia el suelo mientras una lágrima se percibía en el umbral del lagrimal.
La puerta empezó a abrirse, una mano pequeña y bien formada ayudaba a la apertura, y entre las sombras, Álvaro, lleno de pintura sostenía con la otra mano los dibujos que había estado haciendo.
Por más que su madre le preguntó porqué se había quedado encerrado ahí,  porqué no la respondía, tantos y tantos porqués, pero él no respondía a ninguno.
Tampoco quiso darle más importancia ya que, todo el tema del divorcio al niño le había trastornado bastante.
-         Álvaro- decía su madre mientras le arropaba- Mamá te quiere, y no quiere que te pase nada malo, así que por favor no te vuelvas a encerrar dentro de ningún otro armario, ¿vale cielo?.

Pero ni una sola palabra salió de su boca.
Durante el baño que Silvia se estaba tomando varios fenómenos ocurrieron en la habitación de Álvaro; la puerta del armario se abrió poco a poco, mientras este se despertaba, se incorporaba en la cama y sonreía alegremente mirando hacia la oscuridad que se cernía al fondo.
Levantándose y poniéndose las zapatillas entró en él.
Cuando su madre fue a despertarle al día siguiente, esta vez si pudo abrir el armario sin problemas y descubrió a Álvaro rodeado de más dibujos y muerto de frío, dibujos que seguían un patrón, como un puzzle, que se dedicó a hacer su madre después de dejarle en el colegio.
Silvia encajó todas y cada una de las piezas, sudando frío, y con las manos echadas a la cabeza, con las piernas tiritando y las pupilas dilatadas no se creía lo que veía delante de si.
El suelo estaba lleno de folios, en cada folio una parte de un dibujo de un niño, un niño llorando, agarrando de la mano a una señora de negro, tapada con un velo y sus manos llenas de sangre.
Cogió todos los folios y los guardo, se puso una copa de vino y llamo a Thomas.
Le contó todo, y en cuanto pudo se acercó a la casa.
-         ¿Quieres que me quede esta noche con vosotros?- pregunto Thomas observando cada rincón del salón.
-         No sé si sería buena idea, tan solo quería tu opinión- le acercó una cerveza.
-         Álvaro siempre ha tenido mucha imaginación y todo lo que ha pasado solo le ha creado más tensión en su pequeña cabeza, quizás dejando pasar un poco más de tiempo todo se apacigüe
-         Espero que sea así, ¿qué te parecen los dibujos?

Su ya ex marido cogió los dibujos y los observó puestos en el suelo como anteriormente había hecho Silvia.
Realmente había algo que le mantenía en estado de alerta, el dibujo era terrorífico.
Intentó consolarla y la prometió que miraría a ver si podía averiguar algo sobre el piso, así de esa manera ella se quedaba más tranquila.
Por el momento el cogió su caja de herramientas y cerró con puntas y clavos el armario.
Esa misma noche, un ruido la despertó.
A unos minutos alejados de su casa Thomas miraba en Internet información sobre pisos, siempre le había gustado manejar este tipo de búsquedas y había encontrado cosas bastante interesantes cuando quería.
Paso una hoja de un diario, otra hoja, y otra… hasta que…
Silvia se levantó, fue corriendo a la habitación del pequeño, cuando entró no pudo creer lo que estaba viendo, el armario completamente abierto, todas y cada una de las puntas colocadas en círculos perfectos a lo largo del suelo con la zona punzante hacia arriba, temblando buscó entre la penumbra a su hijo, dio varios manotazos al interruptor de la luz pero no se encendía.
Ante los nervios empezó a rezar, se volvió para coger la linterna que guardaba en su mesita de noche, la cual sí estaba encendida, corriendo hacia el cuarto del pequeño, lo vio y lo oyó, una señora en mitad del pasillo, completamente oscura, con un velo que difuminaba una cara blancuzca y vacía de toda vida y sentimiento, con los ojos oscuros y la boca abierta: “ÉL ES MÍO”.
Ante esas palabras la figura entró en el cuarto y Silvia paralizada por el miedo y ante el esfuerzo más duro de su vida por salir de ese trance, corrió hacia la estancia para recuperar a su hijo.
Iluminó el suelo, sabía lo que la esperaba si no lo hacía, pero ante los nervios la dio igual y ante el dolor que suponía, el cual la heló la sangre, pisó las puntas y los clavos que penetraron en sus pies, rasgando carne, tendón, piel, venas, haciendo saltar sangre a borbotones llenando todo el piso de parte de su ser, dejando una estampa rojiza, muestra patente del terror de la escena.
En el armario su hijo, con la piel amoratada y las manos llenas con lo que parecía sangre, gritaba entre espasmo: ¡NO, NO, NO MAMI!
Lo cogió sin pensar en si le haría daño y con un golpetazo en el pecho, cayó en volandas sobre la mesita de la habitación, sin soltar al pequeño.
Clavos se volvieron a introducir en su piel, provocando un nuevo dolor y un nuevo sufrimiento sumado a las plantas de los pies que continuaban sangrando.
Cuando consiguió levantarse, gritó con tanta furia que espumarajos blancuzcos salieron de su boca con el mayor odio que una madre puede mostrar cuando ve amenazado a un hijo.
La puerta se cerró de golpe y el ambiente se enfrió de manera súbita, el pequeño se removía entre los brazos de su madre que temblaba por la temperatura.
Un vaho salía por la nariz de Silvia, que luchaba por mantener caliente a su hijo, cuando un chillido desde su lado derecho la taladró el oído hasta penetrarla más allá del cerebro.
Una marca de unos dedos rudos empezaron a mostrarse en su brazo derecho con el que envolvía al pequeño y en su cuello  forzándola una respiración entre cortada que la impedía aspirar y expirar.
Un paso y otro paso, pensamientos positivos del amor de una madre, consiguieron que poco a poco atravesase la habitación hacia la salida, llevándose nuevas puntas clavadas.
Sacó a su hijo de allí, por todo el cuerpo las marcas del horror  mezcladas con las magulladuras dejaban ver lo vivido.
Thomas cogió su chaqueta y salió disparado para la casa de Silvia, cuando llegó, dejo el coche sin mirar en quién venía detrás, su casi ya exmujer y su hijo permanecían en el portal ambos en pijama, el niño estaba amoratado y aunque ya no el momento era dantesco cuando se percató de los pies de Silvia.
Los metió en el coche y sacó del maletero una manta que era de Álvaro de cuando era más pequeño, lo tapó bien, ya no estaba amoratado y con suma delicadeza entre su padre y su madre le limpiaron las manos.
Fueron hasta el hospital para curar las heridas de Silvia, antes dejaron al niño en casa de la abuela.
Después de hacerle el tratamiento a los pies de su mujer, Thomas se sentó al lado y la contó lo que había encontrado mientras ella le apretaba la mano desconcertada, pálida como la pared y con el rostro desencajado echándose la mano a la boca.
Una madre de 35 años después de la muerte de su marido, sin poder vivir sin él, decidió matar a su hijo de 4 años asfixiándole con sus propias manos y enterrarlo en el lugar donde ahora se encontraba el armario del cuarto de Álvaro; ella después anduvo ida por la calle hasta que se tiró al río suicidándose.
Álvaro había sido el desencadenante del odio y egoísmo de esa madre que buscaba a su hijo nuevamente y lo había encontrado en el hijo de Silvia y Thomas.
Sin pensárselo dos veces ambos padres, contactaron con un cura que mediante unos rezos y bendiciones limpió la casa o al menos lo intentó, ya que ni Silvia ni Álvaro volvieron a vivir allí, y unidos por los sucesos, los padres se dieron una nueva oportunidad, el niño volvió a sonreír y a hablar con más ganas que nunca, ahora intentarían hacer las cosas bien, por el amor de su hijo, por el amor que una vez se tuvieron y sabían que todavía mantenían.
Lo que si quedó es la imprimación de un niño que busca a su madre sin entender porqué le ha hecho eso, no sabe si ha sido un niño malo y mientras la ve a lo lejos en su casa llorando, el se esconde en el armario porque intuye lo que le va a hacer y ella grita y grita, anhelando y culpándose de lo que un día perdió, de lo que un día borró,  de lo que un día…. mató.

ESCRITO POR LORENA GIL REY

martes, 18 de marzo de 2014

LA GALLEGUITA DE LA CARA SUCIA




Cuánto deseaba salir de mi pueblo, de ese maldito sitio que me tenía presa entre cuatro paredes, cuando a  mis ya pasados 12 años, sentía que se me pasaban las ganas de vivir a tan pronta edad, con tanta frialdad como los copos de nieve que caen en la capital, tan blancos y puros como yo.
Entonces, ya sabía coser, se me daban bien las tareas de cocina y era muy servicial con todo lo que se me ordenase, me gustaba ataviarme con la ropa que mis señores me facilitasen,  para poder desempeñar las tareas del hogar y tenerles siempre a gusto, como ellos demandaban.

Diciembre de 1953
Las calles de Valencia se me hacen eternas y aunque ando saltando de casa en casa demostrando mis dotes para poder trabajar, parece que nada ni nadie se pone de mi parte y así, mientras la lluvia cae sin pausa sobre mi abrigo desgastado, yo camino y camino resguardándome en los tejadillos de los edificios para no mojarme demasiado.
Mis zapatos empiezan a estar viejos y el frío hace acopio de mis días sin alimentarme bien, el escaparate que está delante de mí me hace insinuar una media sonrisa, faldas y trajes de mujer hacen que me imaginecomo sería mi vida si fuese la señora de un buen hogar, con un buen marido y rodeada de niños, mientras me llevan la comida a la cama y me tratan como la reina que soy.
Pero el sonido retumbante de un autobús urbano me hace despertar de mi ensoñación, lo cual me hace enfadarme y golpear el escaparate con la mano abierta, siento como las lagrimas caen por mi rostro y pienso “es hora de seguir”.

AÑO 1954
La entrevista del otro día fue  muy bien, dentro de lo introvertida que soy, creo que esta vez es la casa definitiva, empiezo a trabajar hoy mismo.
La familia Vilanova parece una familia muy formal, la casa es grande y amplia y apenas pasan tiempo en casa,  lo que me dará soltura a la hora de realizar las tareas domesticas sin preocuparme si termino a tiempo o no.
Su chacinería tal vez me cree algún que otro desasosiego, puesto que me han dicho que es requisito indispensable que les ayude algunos días sueltos, cuando llegan los pedidos por ejemplo o si hay alguna demanda para algún evento.
Mientras paseo por la calle Sagunto después de terminar mi jornada en la tienda, me percato de que las manos me huelen demasiado a carne, me repugna ese olor, cuando llegue a casa me daré un buen baño mientras los señores no están, y aprovecharé a ponerme los trajes de la señora Adela, y sus joyas, me gusta mirarme al espejo y sentir que por fin estoy en mi verdadera casa, el señor es tan amable conmigo que me es difícil no imaginarle entre mis piernas, ya lo creo.
Cuando llego cierro la puerta con el cerrojo para que no me pillen por si llegan antes de tiempo, me voy a la  habitación principal y me desnudo con sigilo, aunque se que  estoy sola, me visto con los trajes de mi ama, me pinto los labios y canturreo y bailo delante del espejo, que sensación, si, pero algo pasa y cuando miro mi reflejo fijamente una arcada de repugnancia recorre mi cuerpo.
Después de este momento de desconexión preparo mi baño a conciencia con todos los perfumes habidos y por haber.
Huele tan bien todo, siento como entra por mi nariz, pasa por mi garganta, entra en mis pulmones y hace conexión con mi cerebro para sentirme tan relajada que sería capaz de cualquier cosa sin sentirme culpable de nada.
Algo hace clic en mi interior, mi cuerpo se estremece cuando entro en contacto con el agua caliente, sí, mañana empezaré, sí, por fin tendré mi recompensa, pero tengo que hacerlo bien, despacio y firme, mantenerme alerta y ser fiel a mis fines.

Hoy es un día feliz, la he llevado el té a la señora Adela, lo he preparado minuciosamente como vengo haciendo desde hace unos cuantos días, hiervo bien el agua, cojo la bolsita del té, azúcar, y mi esencia personal, moviéndolo todo con esmero para que no se note lo espeso que queda, cojo la bandeja y salgo de la cocina, con cuidado de que nada se me caiga me dirijo hasta la habitación.
El sol de la mañana inunda el pasillo y por debajo de la puerta del dormitorio principal observo que ya se ha despertado pues, la luz se ve por debajo del umbral.
Todavía no se ha percatado de que ese sabor dulzón se lo estoy suministrando yo sin que ella se entere, gracias al arsénico toda va sobre la marcha.
Cuando mueve la cucharita dentro de la taza es casi imposible evitar que una risita burlona me salga desde dentro, aunque ella no se ha dado cuenta, me siento soberbia.
Y decían de mí que era una analfabeta, pero sé como hacer las cosas, soy inteligente y nadie podrá pararme.

Días después:
Adela esta terriblemente enferma, hoy es San José, hace unos días oí al señor hablar con el médico de familia, iban a internarla en el hospital y yo no me podía permitir ese fallo, aumente la dosis en la comida, en el té, en las pastas y hasta en el pan.
Los vómitos y la perdida de peso se están notando en ella, parece que tiene la misma peste y de su debilidad yo hago mi fortaleza.
Estoy intentando abordar al señor cuando se dispone a dormir en la habitación de invitados ya que el doctor le ha recomendado que su mujer debe descansar sola y no ser molestada más que por mí cuando la suministro la comida, pero el mal nacido no quiere ni que le roce, no me desea y eso me esta enfadando demasiado.
El señor me ha hecho despertarme entre gritos y sollozos bien temprano.
La señora Adela, ha fallecido, le he preparado el traje negro de los domingos, la lleva a enterrar entre lágrimas, no para de limpiarse los mocos con el pañuelo que precisamente ayer le lavé y planche.
Le he convencido para mantener abierta incluso hoy, la tienda, el trabajo es trabajo, y yo me encargaré tanto de la casa como de la chacinería sin problema alguno, ya lo he hecho otras veces y esta será mi última oportunidad.
Llevo puesto el delantal almidonado de la ya difunta señora, quiero demostrarle a Enrique que soy tan digna como ninguna otra mujer.
Pero su mirada es tan vacía, tan llena de horror y de odio que sin explicación ninguna me da el finiquito y me echa, no sin antes arrancarme de cuajo el delantal, provocándome unas rozaduras en mis caderas, maldito.

Ya ha pasado bastante tiempo desde mi último trabajo, y aquí me hallo tomando un café que está espeso, apenas caliente y baja por mi garganta con sabor amargo, ni siquiera tengo suficiente dinero para comer algo y yo me agazapo en mi misma, sin haber cumplido mi deseo más urgente.
La puerta se abre con el tintineo de la campanilla colgada del umbral, cuando giro mi cabeza y salgo de mi ensimismamiento, me percato de que Aurelia, una antigua amiga entra frotándose las manos mientras un gesto decidido de mi parte y un hola salido de mi boca, se dirigen hacia ella.
Se alegra al verme, me invita a un buen desayuno y charlamos vivamente de la casa en la que trabaja que casualmente se ha quedado sin la otra sirvienta  que trabajaba con ella.
Mi suerte cambia y me busca una entrevista con los señores para el día siguiente.

Nunca nada fue tan rápido, me estoy trasladando a la casa de los Berenguer, pocas cosas me acompañan, tan solo una pequeña maleta con mis pertenencias más privadas, el sueldo que me pagaban en la anterior residencia no me daba para mucho más.
La casa es terriblemente grande, mucho más que la anterior, y el sueldo va a compás, así sí podré darme algún capricho, y además cuento con la compañía de mi amiga, que se de buena gana que me ayudará en todo lo que pueda.

Aurelia y yo hemos decidido ir de paseo a la playa, es nuestro día libre y queremos aprovecharlo dando un paseo ya que el tiempo nos acompaña.
Los rayos del sol golpean nuestros cuerpos y aunque ya se nota el calor, el frío vespertino todavía arrece los cuerpos si estos no están algo abrigados.
Al llegar la noche, me siento vacía, esa zorra de mi compañera ha conseguido al chico que hemos conocido paseando y tiene mañana una cita con él, no entiendo que ha visto en ella, pero yo si he visto la manera de deshacerme de sus malas prácticas por robarme mis sueños.

Semanas más tarde:
Aurelia está enferma, vomita con bilis espesa y tiene diarreas constantes, lo que más me asombra es la hinchazón que ha aparecido en sus extremidades, pero me da igual a mayor sufrimiento más se arrepentirá de haberme hecho ese desprecio.
El señor de la casa ha decidido internarla en el hospital para averiguar que la pasa, no he podido hacer nada y no he terminado con su vida como me hubiese gustado, pero el trabajo con la señora esta siendo fructífero y calculo que en dos semanas los primeros síntomas empezarán  a aparecer.

2 semanas después:
Aurelia ha mejorado, he oído al señor hablar por teléfono con mi antiguo jefe mientras estaba escondida entre el pasillo y mi habitación, con la complicidad de la noche y de las sombras para que no pudiese percatarse de mi presencia.
También comentó que había encontrado algo en el cuerpo de la fallecida Adela, inyectando propatiol, y que sabiendo eso su mujer esta empezando a mejorar también al igual que Aurelia.
Después de la conversación me escondo en mi habitación y pienso si todo se acabará mucho antes de lo esperado, lo que hace que sienta un escalofrío que me sube desde los pies y salga por mis manos temblorosas, nunca me había sentido culpable por hacer lo que he hecho, pero ahora me doy cuenta de que siempre seré una maldita analfabeta, una criada sin carrera, una mujer sin futuro.
Por primera vez en mi vida me arrepiento de ser quien soy, quizás me este volviendo loca, pero las manos me tiemblan tanto que tengo que agarrarme la una con la otra, respirar hondo y pensar que puedo hacer todavía algo.

DIARIO DE VALENCIA 19 DE MAYO DE 1959
“Hoy será ajusticiada Pilar Prades Expósito, después de matar a la señora Adela Pascual con arsénico.
36 horas de interrogatorios no han conseguido que esta envenenadora de Valencia, como ya es conocida, admitiese su culpa.
Su ultimo jefe el doctor  Manuel Berenguer, tras ver los mismos síntomas en su cocinera así como en su mujer, hábilmente, consultando con otro médico y procediendo a la exhumación de la fallecida Adela Pascual, muerta en extrañas circunstancias, y anterior señora de Pilar Prades Espósito,  se percató, junto con las pruebas pertinentes,  del crimen tan atroz y de los próximos que no llegaron a su fin.
Con una asombrosa frialdad, fue capaz de decir ante la estupefacción del tribunal- "NO ESTOY LOCA, SE BIEN LO QUE HAGO. HACE DEMASIADO TIEMPO QUE SOY CRIADA; HEMOS DEMOSTRADO NUESTRA FUERZA-”

19 DE MAYO, 8 DE LA MAÑANA DE 1959
Después de dos horas esperando la abolición de ejecutar a la asesina mediante garrote vil, el verdugo, Antonio López Guerra preparó minuciosamente la silla con la que daría sentencia a Pilar, colocando bien el torniquete, la argolla y los demás elementos que componían el nefasto instrumento, se había enterado de que era una mujer a la que debía de dar muerte negándose ferozmente a hacerlo.
Aún a sabiendas de que una de las condiciones que se debían poner al ser verdugo era la de nunca jamás ejecutar a una mujer, ya que para el, era peor que ejecutar a 30 hombres a la vez, no le quedó más remedio.
Emborrachándole y llevándole a rastras al patíbulo para llevar a cabo su trabajo y ante la espera de los allí presentes, esperado una llamada para dar fin a tan macabro espectáculo, y una vez pasado el tiempo concretado, dio paso a la ejecución.
Los gritos de la asesina, que temblaba moviéndose en la silla como un perro rabioso, se oían pertinentes en toda la sala: “ ¡Soy muy joven, no quiero que me maten! "
Con una vuelta y media de manivela, el cuello de aquella desgraciada que acababa de cumplir 31 años se partió como una nuez al ser golpeada por un martillo de bola.
Pilar se fue siendo analfabeta, sin arrepentirse de lo que había hecho, sin saber lo que era el amor, sin saber lo que era la felicidad, se fue pensando y creyendo que algún día las criadas y las señoras llegarían a un punto de semejanza y de igualdad.
Se fue sintiéndose sola, y sola se quedo, ya que nadie recogió sus restos, nadie la hizo feliz ni siquiera en el final de su propia vida, de la manera más cruel que se daba en España, mediante un ajusticiamiento, terrible y doloroso, del cual, solo podía sacarse una cosa, tan asesino era el ejecutado como todas las manos que ejecutan la orden.

domingo, 2 de marzo de 2014

EL VERDUGO




Mi Padre ya me avisó, “hijo mío llegará un día en el que todo te pese tanto,  que sabrás que tu alma tampoco tiene perdón”.
En la iglesia, las miradas me recorren como lo hacían hace tiempo con mi padre, siento los ojos de todo el mundo clavados en mi pecho, ni tan siquiera se atreven a mirarme a la cara, tienen miedo, puedo notarlo, es un miedo mas allá de cualquier sentimiento de terror y horror pues yo soy la misma muerte.
Los niños que pasan cerca de mi son corregidos por sus padres, que les cogen la cabeza y se la agachan hacia el suelo para que no me presten la más mínima atención.
Estoy sentado en la última fila en misa, mi condición me obliga a ser el último.
Siempre me da pereza venir hasta aquí, tan solo para escuchar el sermón del párroco, intento limpiar mis pecados pero me siento igual de culpable cuando salgo.
Estoy condenado a vivir fuera de la ciudad y las leyes me desamparan ante cualquier circunstancia, por lo que cada vez tengo menos ganas de venir.
Hoy he tenido la sensación por primera vez de querer morir, entrar en la ciudad tocando la campana que me acompaña allí a donde voy para avisar a los ciudadanos,  cada vez me hace mas difícil mi existencia; una vida normal en mí mismo no es posible, y cuando una señora a mi paso se ha santiguado tres veces después de ayudarla a recoger una prenda que se la había caído, me he dado cuenta de que morirme no sería tan mala idea.
Cuando salgo de la iglesia, me dirijo al matadero, allí me entreno, es el único sitio donde no me siento fuera de lugar, aunque ver correr la sangre en los animales, me sigue dando repugnancia de igual manera, los cerdos son mas divertidos, aunque el resultado final sigue retorciéndome las tripas.
Cuando termino mi entrenamiento, con el sudor recorriéndome todo el cuerpo, deslizándose por mis brazos y frente, no me lo pienso y me enfundo mi atuendo, el olor me hace despertar algo, debo estar alerta.
Cuando mi padre murió, yo heredé su trabajo, al igual que lo hizo él con mi abuelo, del mismo modo que mi abuelo lo cogió de mi bisabuelo.
En mi familia, desde hace muchas generaciones, todos hemos seguido este oficio.
Tristemente y debido a la mala reputación las familias que nos dedicamos a esto nos hemos juntado entre nosotras, lo que ha dado lugar a sagas importantes, todavía me acuerdo de la Simel.
Aún sobrevuela por mi cabeza mi primera vez, la gente se peleaba por estar en primera línea para, asombrosamente, ser salpicados por la sangre que brotaría del interior del hombre que había sido culpado de asesinato, lo llamaban lluvia purificadora, aunque no eran las únicas acciones irracionales.
Muchas veces y ante el estupor mío y de algunos de mis compañeros, después de ahorcamientos, nos pedían recoger el semen del muerto ya que, según ellos, hacían pócimas para atraer el amor, o incluso querían conseguir el pulgar de los ladrones, al parecer creían que su hueso evitaba que el dinero se agotase.
Mi primer Reo tenía el cuello más ancho de lo normal, el hacha tuvo que caer varias veces encima de su cabeza por mis nervios y la poca fuerza a la hora de ajusticiarlo, el pobre diablo estuvo veinte minutos retorciéndose y convulsionando expulsando una baba espesa y rojiza por la boca,  hasta que por fin murió.
Las salpicaduras en mi traje fueron mi bautizo de sangre, todo el mundo me animaba después de esta vez, me decían, que nunca nada es fácil, y más al principio.
Cuando llegué a mi casa, vomité entre sudores fríos y tembleques de cuerpo generalizado, tirado en el suelo, recordaba una y otra vez el surco que iba dejando en la cabeza del condenado hasta quedar un hilo de carne que, con un último gesto, calló en el suelo, dando vueltas y quedando de manera que sus ojos se clavaron en mi mirada, incluso creí haberle visto parpadear, esa imagen no se me olvidará jamás.
Y aquí estoy de nuevo, ataviado y provisto de mi hacha, afilada y brillante, hecha a mi medida, con muescas, mas de 30, para que queden plasmadas las almas que me he llevado.
La capucha de cuero, me da un calor horrible, gotas caen por mis cejas y entran sin pudor en mis ojos produciendo un escozor pesado.
Los dos Reos a los que voy a ajusticiar hoy en la horca, no son ni más ni menos que un violador, y un asesino.
Pienso si es justo llevar a cabo estas penas, quizás haya otros métodos para poder cobrarnos sus perversiones y atrocidades.
¿En que se me diferencia a mi de ellos?, esto me pesa, cada vez más, me siento igual que cualquier asesino vil y cruel.
Siempre es más que sabido que un soldado es un asesino autorizado en tiempos de guerra, pero nosotros somos asesinos en tiempos de paz.
La luz del medio día empequeñece mis pupilas, doloriéndolas, después de salir de la zona oscura que es mi lugar para convertirme en lo que soy.
Las personas que allí se hayan, llevan palos y piedras, suspiro y respiro varias veces mientras voy caminando hacia patíbulo.
Los asesinos atados de pies y manos por unas cadenas gruesas como puños, gritan  una y otra vez “Por favor por favor, yo no fui, por favor, por favor, ayúdenme”, mientras algunas de las piedras de la gente allí congregada les golpean en las piernas, brazos y tórax, con cuidado de no darles en la cabeza, pues quieren ver el espectáculo.
Empiezo por el primero, lo cojo con fuerza del brazo y del hombro con mis manos ya fuertes y trabajadas después de tantos años, aprieto con saña, en el fondo y solo muy en el fondo me siento poderoso, me siento Dios.
Le susurro al oído que no se mueva, que durará poco, y que seré lo más profesional posible, también le informo de que, esta vez no se le tapará la cara, así me lo han ordenado,la escena va a ser una de las preferidas de la muchedumbre.
Con dos pasos cortos le sitúo debajo de la cuerda, con un nudo hecho por mi el día anterior.
El tintineo de sus cadenas logran ponerme el pelo de la nuca de punta.
Muchas veces me piden cachos de las cuerdas, no quiero saber para qué ni por qué, solo sé, que tengo que poner una nueva cada vez que se le da uso con este ajusticiamiento.
El labio superior me suda muchísimo y la salazón que entra en mi boca me hace marearme más de lo que ya estoy.
Coloco con brutalidad la cuerda alrededor del hombre, cuyas piernas flojean y casi cae rendido en el suelo.
Le digo que pronuncie unas últimas palabras, pero no dice nada, solo mantiene los ojos cerrados los cuales, no duraran mucho así, puesto que la presión de la cuerda y la sangre retenida en la cabeza, hará que los abra espontáneamente y su lengua saldrá tímidamente en un último gesto de mala educación hacia las personas que le admiran con plenitud.
La fuerza de mis pisadas retumban en la madera, que vibra en cada rincón, echo mano de la palanca con las dos manos fuertemente y decididamente,  para abrir la trampilla y terminar con la vida de otro más, y así lo hago, pero algo falló.
La cuerda, ante mi estupefacción se rompe y el Reo cae al suelo liberado de su condena, me mira y me grita con dureza “TU YA ME HAS AHORCADO Y NO TIENES PODER NI AUTORIDAD PARA COLGARME DE NUEVO”.

Un chorro caliente, cae por mi pechera, espeso y de color rojizo, lo toco con la mano tambaleante; el otro Reo al que perdí la vista mientras miraba por el agujero de la trampilla y comprobaba lo sucedido, ha cogido el hacha que perteneció a mi abuelo y corta mi cabeza como yo corte la primera que calló en mis manos, machacándome una y otra vez, y otra, caigo de rodillas, mirando al publico que huye despavorido y es salpicado por mi, por mi sangre, he sido ajusticiado yo también por los asesinatos que yo también he llevado a cabo con todos los Reos, y hoy tengo mi sentencia como Verdugo.


ESCRITO POR LORENA GIL REY