miércoles, 16 de abril de 2014

ESPECIAL SEMANA SANTA


ESPECIAL SEMANA SANTA (2014)

CARNE SANTA ( CHABI ANGULO)
                Los rayos del sol pasan entre las cortinas mientras la brisa acaricia tu cara. Estás tumbado en una cama que no es tuya y en una habitación desconocida. El sopor como si te hubiesen drogado, te ha mantenido aletargado aunque ignoras el tiempo que ha transcurrido. El ruido de la muchedumbre te hace reaccionar, pero no puedes gritar, tu boca está sellada con cinta americana. No puedes moverte porque al intentarlo notas tus extremidades atadas a las barandillas del camastro.
                La sensación de terror entra por los poros de tu piel como una hilera de pequeñas hormigas. Forcejeas, hay mucho dolor. De varios intentos, sin éxito, exploras con la mirada la habitación y ves el estado lúgubre, tétrico y de aspecto sombrío. Sabes que todo esto no pinta nada bien. Oyes unos pasos subiendo las escaleras e intuyes que tu captor te va hacer una visita. La puerta se abre con un chirrido que se mete en tus oídos como un chelo desafinado y se mezcla con las personas que hay en el exterior.
                Estás pálido, como si tu corriente sanguínea se congelara y te sientes un animal enjaulado. Tu respiración se acelera y las lagrimas, sin que te des cuenta, brotan huyendo de la escena recorriendo tus mejillas. Te armas de valor y miras a tu secuestrador con la esperanza de que te dé una explicación.
                Ves un tipo con una túnica de color morado, cordón blanco a la cintura con un nudo caído a la izquierda. No distingues bien la medalla que lleva al cuello y no le puedes ver la cara porque lleva un capuz morado con una cruz blanca en la frente. En su mano lleva un cuchillo.
                —Un tatuaje alrededor de tu ombligo, genial, es una luna —musita

A las pocas horas, sin que tú lo sepas, uno de los cofrades toca el tambor con ímpetu.

En la membrana del instrumento, hay una luna y cada golpe salpica su vestimenta de tu propia sangre. 


LA PASIÓN ( LORENA GIL REY)

Algunos sabéis mi nombre, otros insensatos de vosotros, ni siquiera comprendéis lo que yo represento.
El ser humano, aquel al que debía proteger con mi palabra, con mi credo con mi sacrificio, necio en su naturaleza, orgulloso en sus motivos, egoísta en sus actos.
Solo a los criminales se les juzgaba como se hizo conmigo, el hijo del hombre, el Salvador.
Y hoy, os voy a contar mi historia, la historia que creéis que sabéis, la historia que nadie os ha contado, los motivos de mi revelación, los veréis al final de este escrito, pues la verdad contada solo y tan solo al final debe ser mostrada.
Empezaré por la noche en la que me capturaron, aquella noche en el monte de los olivos, al que subí a orar por mi Padre, junto con 3 discípulos más, que se quedaron dormidos mientras yo imploraba por la ayuda de mi creador, que es el vuestro.
Gotas de sudor mezclado con mi sangre pura y roja, perlaron cada parte de mi cuerpo, cayendo  sin descanso contra la tierra en la que apoyaba mi cabeza mientras rezaba sin descanso, provocando un sonido seco y hueco.
Mis manos temblorosas y llenas de tierra, que se estaba convirtiendo en barro por mi sudoración, se aferraban al suelo con firmeza y dolor.
Sentí el corazón acelerarse por momentos, sabía del peligro y del daño que estaba próximo a llegar, pero continué implorando a mi Padre.
Vislumbré la presencia del traidor acercarse ante mi, rodeado por guardias, me vendió por 30 monedas de oro.
La luz de las antorchas iluminaban cada rincón del monte, que junto con la luz de la luna llena, me mostraban lo que ya era más que evidente.
Acercándose lentamente, mi traidor, con una sombra lúgubre generada por el resplandor del fuego que prendían en los palos sujetados por todos y cada uno de los que no confiaban en mi palabra, me saludo y me dio un beso, esa era la seña, para saber que yo era quien debía ser entregado para ser juzgado.
El primer golpe llegó demasiado pronto, rompiendo mi nariz y provocando un sangrado fluido y pesado.
Las cadenas colocadas en mis manos cintura y cuello, provocaban rasgados en  mi piel a cada paso dado, mientras, me  tropezaba con las sandalias,  haciéndome daño en los pies.
Entre risas y burlas tuve que llegar sometido a puñetazos ante mi primer juicio en la casa de Anás, por el que se me tacho de traidor, de mentiroso y de sectario, sin tan siquiera tomar mi palabra como opción ni mis actos como verdaderos.
Juzgado, escupido, vapuleado y golpeado por muchas manos a la vez, pude observar ante mis ojos, la realidad más tormentosa de todas, la que más me dolió en esos momentos, el ser negado 3 veces por mi amado y apreciado discípulo, 3 veces, como ya le predije, no fue digno de mi, pero no le culpo, el hombre es débil.
Siguiendo con los juicios pase a Poncio, no viendo en mí riesgo, me mando a Herodes y este, nuevamente, me devolvió a Poncio que ante su rechazo por lo que querían hacerme tan solo me castigo, con 39 latigazos.
Una flagelación que me desgarró no solo la piel, si no también el alma.
El flagrum, con sus tiras de cuero terminado en bolas de metal entretejidas y trozos de hueso afilado, cayo una y otra vez por todo mi cuerpo, desde la espalda, pasando por las nalgas y acabando por mis piernas, por delante y por detrás, provocado un helador eco sonoro delante de los que presenciaban la escena.
39 latigazos, que dejaron mi espalda tan desgarrada que mi espina dorsal podía ser vista perfectamente, mis músculos rasgados con jirones de carne sangrante y mis venas al descubierto, apenas me dejaron con fuerzas para sostenerme.
Una embestida tras otra, sentía como el látigo se adhería a mi piel y se llevaba parte de mi carne, salpicando de sangre a mis flageladores, que entre risas se alegraban de mi sufrimiento y mi dolor, juzgados fueron en el nombre del Padre, sin importarles el baño de sangre que cubría todo su rostro y parte del cuerpo.
Algún que otro trozo de hueso o bola de metal tropezaba con mis huesos o con mi cabeza, lo que me provocaba un mareo instantáneo,  pero nunca dejé de aferrarme a mi esperanza y al motivo por el que yo debía pasar este ajusticiamiento.
Empapado en mi propia sangre, escupiendo por la boca coágulos, la sed iba apoderándose de mí, sin fuerzas para hablar ni pedir una pequeña cucharada para poder beber.
Después de sufrir un castigo, solo me quedaba esperar a ser liberado o crucificado, siendo el pueblo Judío quien apostó por soltar a un asesino antes que a su Mesías, viendo como Poncio, se lavaba las manos y yo quedaba en manos de un pueblo sin razón.
Con la tela pegada en todo mi cuerpo, en cada una de mis heridas, provocándome un dolor punzante, pegajoso y tirante, me dispusieron a llevar una cruz de 30 kilos durante toda la ascensión al Monte Calvario.
Nombrado Rey con mi corona de espinas, clavada en todo mi cuero cabelludo, implantada a golpetazos en mi cabeza, lamiendo la sangre que caía por mi frente y llegaba a mis labios, que saciaba por momentos mi falta de líquido acuoso.
Paso a paso, con el corazón acelerado, la sed cada vez se hacía más aguda en mi cuerpo, mis pies descalzos atravesados por piedras, fueron sufridores del tropiezo de los cantos que apedreaban mi cuerpo y rebotaban en el suelo.
No serían juzgados todavía, pues, yo me iba a entregar por ellos.
Cuando caí, latigazos se estamparon de nuevo contra mi cuerpo para que me levantase, pero las fuerzas ya no me valían de nada, la sangre seguía entorpeciendo mi respiración y la tierra del suelo entraba por mis fosas perladas de coágulos resecos, provocándome toses y dificultándome la respiración, cada vez más pesada.
Y de mientras mi madre, mi querida madre, llorando, con las manos entrelazadas, y mirándome por encima de ellas, oraba en mi nombre y en el de mi Padre para que todo acabase pronto.
“Madre, tu hijo hoy se entrega por el pecado de los hombres, más no debes sufrir, pues, seré liberado cuando todo esto termine”.
A duras penas me levantaron del suelo, mis rodillas temblorosas y el dolor que me recorría al ser tocado por las laceraciones en mi cuerpo, me hacían chillar y dejarme llevar poco a poco a mi final.
Despojándome con un tirón de mis vestiduras, levantando las costras de sangre de mi cuerpo, con un dolor tan inmenso que me hizo perder el conocimiento, las heridas comenzaron de nuevo a sangrar.
Tumbándome como si del peor criminal se tratara, abriendo mis brazos recorridos por calambres, ensangrentados y llenos de tierra que se internaba en mis heridas, golpearon los clavos que atravesaron mis muñecas, obligándome a forzar los músculos de mi espalda para poder respirar, para poder continuar con el sufrimiento por todos vosotros, hijos del señor, llenando a durar penas mis pulmones de las últimas respiraciones que llenarían mi pecho.
La sensación de muerte rondaba mi cuerpo, cada vez más cerca.
Aupado entre varios, y ya clavado en el Patibulum procedieron a colocar los clavos en mis pies, un solo clavo para ambos, largo y grueso penetró por completo mi carne y mis tendones hasta llegar al madero y astillarlo con fuerza.
Acomodé mis hombros dislocados para poder sujetarme lo mejor que podía con mis pies completamente destrozados, aguantando mi peso en el hierro fijo de mis extremidades inferiores,  para intentar soportar el dolor  que me provocaba mi crucifixión.
Tres horas de mi vida dada por vosotros pase con ese sufrimiento entre el sol que quemaba mi piel, la nariz taponada de sangre, y respiraciones entre cortadas, con un dolor frío, pesado, insoportable.
Y al final, un suspiro, grité al cielo “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, sabido que iba a morir.
El último hombre que se atrevió a tocarme, lo hizo para cerciorarse de que estaba muerto, con una lanza, como los cobardes, penetrando mi pulmón derecho y llegando a mi corazón, y entonces,  deje de respirar.
El resto es más que sabido, el dolor de una madre que dio a su único hijo para purgar los pecados de todos vosotros.
Lo que no sabéis, es que su único hijo, no subió y se sentó a la derecha del padre, su único hijo no fue quien debía ser, su único hijo no se llamaba Jesús, mi nombre es Tomás, y soy el hermano gemelo de vuestro salvador, aquel que debía haber sido juzgado por los hombres, aquel que debió dar la vida por vosotros.
Pero en realidad no la dio, por que no había nada que dar, por que estáis condenados a ser la especie manchada del creador, de mi Padre, de vuestro único señor, y yo me encomendé a el, al verdadero y me sacrifiqué para haceros pagar vuestros pecados.
Y no me siento a su derecha ni a su izquierda, resucité al tercer día, y me encomendé a lo que debía pues, vosotros, me habéis obligado a amar al verdadero Padre, aquel que reconoce el dolor y el sufrimiento, aquel que lo inflinge para haceros purgar vuestros más terribles pecados, por que no hay salvación, tan solo hay pecado, no hay redención, tan solo castigo.
Mi nombre es Tomás y el Anticristo es mi Padre, igual que será el vuestro, aquel por el que Oré en Getsemani, aquel contra el que rezaba mi madre mientras subía hacia el calvario para que no cayese en su tentación, aquel al que me encomendé por vosotros, pecadores, ahora y en la hora de vuestra muerte, AMEN.


EL TAMBOR ( WISS ANA VIVANCOS )

Oliver abrazaba su tambor. Un profundo amor sincero sentía por aquel instrumento que, al sonar durante los pasos de Semana Santa, le hacían sentir que su corazón vibraba al compás de su sonido profundo. Sus compañeros le habían felicitado. Este año el premio al mejor tamborilero iba a ser para él. Llevaba luchando largo tiempo contra Albert, que siempre ganaba. Su tambor era el más potente, el que más se oía cuando rompían la hora. Por fin había logrado su ansiado deseo. Ganar.

Oliver era pobre. No tenía nunca dinero suficiente para comprar un tambor de calidad. Los suyos eran artesanos, los construía en su casa; en el pequeño garaje de la casa de su abuelo. Allí dejaba secar las pieles después de mantenerlas a remojo un día y una noche, para poder luego estirarlas al máximo y dejarlas completamente lisas.
La piel, la parte más delicada y valiosa del tambor. Todos los años conseguía que su instrumento sonara cada vez más potente. Sus pieles y su forma de acabar los tambores hacían que la calidad del sonido mejorara año tras año. Y en el pueblo todos lo ignoraban.
El primer año, Oliver usó la piel de una oveja. La encontró semienterrada en una acequia y, antes de enterrarla, con su navaja bien afilada, cortó la piel del animal y la dejó en remojo. El tambor que salió de aquel experimento sonaba bien pero no se acercaba a la calidad del tambor de Albert. Aquel año ni siquiera pasó a la final del concurso de tamborileros.
Al año siguiente, después de leer en internet miles y miles de foros de tambores, decidió que usaría piel de toro. Le fue sencillo agenciarse con un trozo. Su amigo Aurelio tenía unos cuantos en su finca y le pidió una piel. Para las fiestas del pueblo mataban siempre al animal más viejo y hacían la cena de hermandad, comiéndoselo todos juntos.
Ese año llegó a la final pero Albert les llevaba años y miles de euros de ventaja a todos y se volvió a llevar el premio. Oliver sentía deseos de muerte. Pero que Albert muriera no sería justo; él quería derrotarlo delante de todos. Siempre se jactaba de sus premios. Si acudías a su casa, solo veías trofeos; y para ligar usaba las dos armas que le servían para conseguirlo todo: sus euros y su tambor.
Oliver lo odiaba. Solo su mera presencia en el bar le repugnaba. Cuando Albert aparecía, con su porte altanero y sus dotes de mando, Oliver escupía una excusa y salía farfullando entre dientes del establecimiento. Todo el pueblo era consciente de la guerra silenciosa que se había levantado entre ellos. Pero nadie comentaba nada delante de ninguno de los dos. Era una guerra privada, silenciosa, donde solo ellos debían luchar para vencer, sin ayuda de nadie.
El último año, Oliver usó piel de ciervo. Era la mejor. Para conseguirla tuvo que andar todo el año ayudando en el coto de caza gratis. Le dolieron los brazos y las piernas, lloró al ver como morían, indefensos, multitud de cervatillos, de conejos, de jabalíes. Pero tragó aquella bilis que le brotaba cada vez que veía como sus amigos del pueblo cogían sus escopetas, apuntaban a un inocente animal, que bebía absorto en la charca sin saber que sería la última vez que lo haría, y disparaban. Sus gritos de júbilo le hacían daño, no solo en sus sensibles oídos, sino en lo más hondo de su corazón. Y los odiaba por ello.

Hoy recordaba todos sus suplicios con tristeza. Si hubiera pensado antes que la solución al problema de la calidad del tambor la tenía tan cerca, se habría ahorrado todos aquellos tormentos y todas aquellas derrotas. Tres años en los que hubiera ganado y Albert habría caído derrotado. Solo ver la humillación del campeón muerto en la batalla merecía la pena.
Oliver siguió allí, sentado, abrazado a su tambor. Unas lágrimas fluían suaves por sus mejillas. Se acercaron sus amigos. Todos creían saber la razón de su pena. Y su padre, orgulloso como nadie de ver a su hijo ser proclamado campeón de tamborileros del pueblo por fin, lo abrazó con afecto:
- Oliver, cariño, no llores. Sé que la echas de menos. Algún día la encontraremos. Algún día podremos darle el descanso que se merece y encerrar al degenerado que la secuestró. Y si ella está allá en el cielo, ten por cuenta que estará contenta de verte ganador.
Oliver temblaba. Su padre creía que era por el dolor de la desaparición de su hermana diez meses atrás. Pero ni él ni nadie en el pueblo imaginaban  que lo que Oliver hacía era reír. Reír de alegría y recordar que debería pasar por la escombrera un día de estos, no fuera a ser que las ratas hubieran descubierto los restos de su hermana y, antes de la quema de invierno, saliera su cuerpo a la luz.
Oliver continuó abrazando al tambor mientras en el pueblo celebraban que, este año, había un nuevo tamborilero coronado rey. Oliver.­



RESURECCIÓN ( PATRICIA K. OLIVERA )


Al tercer día, cuando despertó, lo hizo de a poco. Abrió los ojos despacio e intentó mirar a su alrededor, pero todo estaba oscuro, apenas un débil rayo de luz se filtraba por un resquicio de la roca que obstruía la entrada. Aguzó el oído; no oyó nada dentro de la cueva, le era imposible oír algún ruido que proviniera del exterior. Con movimientos torpes se llevó una mano al rostro; el sudario resbaló y sintió frío, fue cuando recordó que estaba desnudo. Se incorporó despacio, hasta quedar sentado sobre la loza helada. Si había despertado era porque lo previsto había sucedido. Ahora tenía que esperar, estaba escrito que irían por él
De repente, un sonido: pequeñas rocas que parecían desprenderse del techo de la cueva. Se quedó inmóvil; había pasado por lo peor, ¿qué más daba que todo se empezara a desmoronar justo ahora? Pronto sería liberado y una nueva era comenzaría para la humanidad.
Otra vez ese sonido. Luego algo cayó al piso y una brisa tibia e inexplicable le llegó de alguna parte. Era extraño, había elegido esa cueva precisamente porque era fría y silenciosa, ideal para mantener el cuerpo en buenas condiciones hasta que despertara.
Una vez más esa brisa, pero más cerca.
De repente, un olor fétido le dio de lleno en el rostro y un par de ojos sanguinolentos se abrieron. En ellos vio la indecible maldad. Una luz fosforescente fue encendiéndose poco a poco, dejando ver el contorno de lo que había delante de él.
Con las alas abiertas, el enorme murciélago, alto como un hombre, sonreía dejando ver una hilera de afilados dientes.
El mal nunca descansa, pensó. Estaba a punto de ordenarle que desapareciera en nombre del Padre, cuando el ser movió con rapidez una de sus garras y le seccionó la garganta.
Cuando las mujeres entraron él no estaba.
Había resucitado, tal como se los anunciara el desconocido que las detuvo en el camino, y que dijo ser un ángel enviado a  dar la buena nueva.

Patricia K. Olivera©



CRUCIFIXIÓN ( JULIÁN SÁNCHEZ CARAMAZANA )


(Era grotesco y terrible contemplar aquel espectáculo, Alain Nöel, “Constance”, Biblioteca Universal de Misterio y terror, Vol 3, Ediciones UVE, Madrid, 1982)

Crucificar a las muñecas requiere encontrar niñas idénticas, disecarlas y mantener la colección. Ese es el misterio y el milagro que mantiene a cada pareja siempre en la vida eterna. Ambas resucitan y ella se arrodilla devota.