miércoles, 28 de mayo de 2014

LA VISITA







No es agradable estar enfermo y escuchar a tu mujer decirle a su sobrina que ojalá te murieras, que ella ya no puede más con esta enfermedad, demasiados años así, mientras su juventud se aleja entre visitas al médico e ingresos hospitalarios. Pero él nada puede hacer, no quiere morirse, resiste e intenta aguantar todo lo que su cuerpo le permita; sabe que luego no hay nada: oscuridad y frío en un lugar del que ya no se regresa. Y mientras pueda ver entrar la luz del sol por la ventana un día más, aguantará. Aunque tenga que escuchar cosas tan desagradables como lo que escuchó mientras su mujer lo creía dormido.

Pero el tiempo jugó en su contra, la partida de cartas lo dejó sin fichas para seguir apostando un minuto más, un segundo más. Y la muerte le quitó el último aliento de vida, aunque, al menos, pudo agradecerle que lo hiciera mientras dormía.

Ella lloró, sus lágrimas fueron sinceras, lo amó durante muchos años, pero ahora se sentía liberada de una enfermedad que estaba matando a los dos. Esa noche se tomó un diazepam flojo, aunque no creía necesitarlo para dormir, se sentía cansada. Aún no habían dado las dos de la noche en el reloj cuando una caricia en su pelo la despertó, la misma caricia que él le dedicaba cada noche para sentir que seguía vivo y a su lado.

Se quedó paralizada, abrió los ojos, mientras sus sentidos intentaban confirmar que ella seguía sola, que lo había soñado; sólo cuando logro tranquilizarse encendió la luz de su mesita y comprobó que él ya no estaba allí. Poco después, volvió a quedarse a oscuras y se dio la vuelta para dormir hacia del otro lado, entonces le llegó un leve olor, leve pero muy conocido, la loción que usaba su marido para después del afeitado.

Hacía horas que le habían enterrado, no se le ocurrió quitar almohada sobre la que los últimos meses (ya muy deteriorado y sin fuerzas) lo afeitaban allí recostado, todavía debía de quedar el rastro de su colonia.
Se sintió ridícula por haberse sentido asustada de algo imposible, los muertos están muertos.

Más tarde no fue una caricia en el pelo lo que la despertó, fue un sonido. Aunque sonaba casi al fondo del pasillo, le era familiar. Tac, tac, tac. Los golpes de la maquinilla de afeitar contra el lavabo, Tac, tac, tac. Ahora sí estaba segura: eso no lo había soñado. Para terror suyo vio, desde la cama, un resplandor, la luz del baño estaba encendida. Un nuevo tac, tac, tac salía de allí.

Sin saber de dónde saco el valor se levantó de la cama y se asomó al pasillo. Comprobó que la luz del baño efectivamente estaba encendida, escapaba por la puerta entreabierta. Ahora ya no se escuchaba nada, el silencio reinaba en todo el piso. Sintió deseos de correr y escapar, pero debía cruzar junto a la puerta del baño y eso era ya demasiado para ella.

Algo, lo que fuera que estuviera allí, podría salir a su paso. Entonces la puerta comenzó a abrirse. Despacio. Lentamente se perfiló la sombra de una figura. Ella emitió un grito ahogado que no escuchó nadie. Se apresuró a meterse en la cama y se cubrió con la colcha, pensando que si no lo veía nada ocurriría.

Mientras permanecía allí debajo, con el corazón a punto de estallarle no escuchó ningún otro ruido, ni un movimiento. Nada parecía acercarse, estuvo, por un instante, a punto de relajarse y asomarse para ver qué ocurría. Pero un fuerte tirón arrancó la colcha que la cubría.

Ella gritó tan fuerte como gritarías tú si vieras lo imposible ante ti, si te enfrentaras a lo que no puede ser, aquello que pertenece ya a otros mundos. Y siguió gritando y gritando. Mientras, él, tranquilo, recién afeitado, la miraba sin comprender…

ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ

domingo, 11 de mayo de 2014




DESEO “CARNALIZADO”

            Hacía menos de una semana que la conocía, y cada vez la deseaba con mayor apremio. Conforme tiraba de su mano a través de la enmarañada penumbra del bosque, se sentía más y más tentado de detenerse y arrojarse con ella sobre los arbustos y la hojarasca.
            Su cuerpo le pedía, le exigía, le chillaba que lo hiciese de una vez. El temor había dado paso al deseo y lo bombeaba ahora hasta límites insoportables. Necesitaba tirarse contra el ramaje seco, y retozar entre los pálidos y suaves brazos de la joven.
            Dios, la deseaba con locura.
            Pero no era el momento, aún no.
            Llevaba sudadas las sobaqueras de la camiseta, pese a que la noche se presentaba fresca. Y es que llevaban ya un buen rato trotando, abriéndose paso, arañándose con la afilada vegetación. Quizá deberían detenerse ya, recuperar el aliento, sentarse en alguna parte, muy juntos. Con ese top tan ajustado que llevaba ella y que ni siquiera le cubría el ombligo,  a lo mejor se había hecho algún rasguño. Pensó en preguntárselo, en averiguar si se encontraba bien, si necesitaba descansar. Y cuanto más pensaba en su abdomen, en su ombligo, más se le aceleraba el corazón, y más le palpitaba la entrepierna.
            La deseaba de una forma insana, irracional, inapropiada en una situación de peligro así, aunque ya no escuchaba esos pasos acelerados, esos resuellos feroces tras él. Momentos antes sí se había sentido paralizado por el terror, cuando le había ensordecido el eco de sus gritos desde la profundidad del bosque, cuando al ir a rescatarla había entrevisto aquella silueta, aquella cosa estirada de manos afiladas que se abría paso entre la vegetación con rabia segadora.
            Ahora el peligro ya había pasado, no había de qué preocuparse. Iba siendo el momento de canalizar toda esa agitación que sentía en algo más placentero que el pánico. Oh, sí, mucho más placentero.
            Al fin y al cabo, quizá estaban huyendo por nada, quizá la fuente de sus temores no era más que una de esas cosas difusas y siniestras que se creen percibir en la noche, en bosques solitarios como este, con el deseo sexual encendido y la imaginación juvenil sobrealimentada por tantas y tantas películas de terror. ¿Una bestia feroz que acecha en noches de luna nueva? ¿Una entidad demoníaca extraviada? ¿Uno de esos psicópatas que acechan en los campamentos de verano? Era tan ridículo. Pero, a la carrera, todos esos pensamientos pueriles se le agolpaban entre las sienes, y de algún modo retorcido encendían el hambre que sentía por las formas femeninas de la joven que le acompañaba, sujeta por su mano firme y pulsante de deseo. Y los temores, cuanto más se alejaban en el tiempo, más absurdos resultaban, y acababan por convertirse en una mera fantasía erótico-terrorífica: ¿Y si nos persiguiera algo en la oscuridad en la soledad del bosque? ¿Y si nos pillara con los pantalones bajados?
            ¿Y si se sintiera atraído por la fragancia de nuestros sexos?
            Vamos a parar, tenemos que parar ya, quería decirle entre jadeos. Le sudaban mucho las axilas, pero sobre todo la mano, y le dolía la muñeca de tanto tirar de la chica para que le siguiera. Sí, era el momento de que dejaran de huir. Hacía mucho que ya no gritaba ni lloriqueaba, aunque tampoco podría asegurarlo, ya que apenas conseguía oírla respirar entre el crujir de sus pasos sobre las hojas secas y el sonido de sus propios jadeos. De hecho, ahora que reparaba en ello, desde que ella se había ausentado para orinar tras los chopos y luego se había puesto a gritar como si la estuvieran destripando, no había vuelto a escuchar el timbre de su voz. Simplemente, se habían puesto a correr sin mirar atrás.
            Necesitaba recuperar el aliento, aminorar la marcha y asegurarse de que no estaba en shock o algo así. ¿Estás bien, preciosa? ¿Paramos de correr ya? Yo también me he asustado mucho, pero seguro que solo se trataba de...
            De pronto, se dio cuenta de que no era su mano la que sudaba, sino la de ella, que de algún modo era la que ahora le estaba apretando hasta los nudillos.
            Sí, era el momento de detenerse. Al fin.
            Aminoró la marcha, tomó una bocanada de aire y sonrió mientras se daba la vuelta despacio para encararla. ¿Por qué aprietas tanto? No hace falta que sigamos corriendo, que así nos vamos a sacar un ojo...
            Pero las palabras no llegaron a salir por su tráquea obstruida por la sorpresa, por la horrible visión que se alzaba a su espalda, que se cernía sobre él.
            Lo que fueran los deliciosos rizos de la joven se alargaban de manera antinatural hasta el suelo y se hundían en él como raíces retorcidas. La silueta había crecido hasta dos veces su tamaño original, enfermizamente esbelta, pálida y brillante como la luna. Y lo que le estaba macerando la muñeca no eran los gráciles dedos de la muchacha, sino unas garras purulentas que se estiraban y enrollaban por todo su antebrazo como una enredadera.
            Al tironear e intentar liberarse, no logró otra cosa que regresar a ella con mayor ímpetu, y encontrarse con un beso de colmillos alargados como agujas de hacer punto. Un beso mortal y obsceno, lubricado por el deseo carnal.
            El deseo de su carne.