martes, 24 de junio de 2014

ESPECIAL SAN JUAN



FUEGO REVELADOR ( AITOR HERAS RODRÍGUEZ)

La brisa que soplaba era muy agradable, pues ayudaba a mitigar en parte el calor de finales de junio. El rumor de las olas era en extremo agradable, la sinfonía eterna de una existencia sin fin. Ese murmullo sonaba ya mucho antes de que la humanidad hollase la tierra con sus pies desnudos. Y continuaría perenne mucho tiempo después del fin de sus días.
            Le encantaba sentarse en la arena por la noche. Era difícil encontrar un momento en que no hubiese nadie más en la playa, pero cuando se daba esa circunstancia, era algo especial. Sólo ella, con el arrullo del agua llegando a la orilla, monótono, embriagador, capaz de transportarla a otros momentos de su vida, algunos de ellos tan lejanos, que habían quedado casi difuminados, como una vieja fotografía que ve deslucido el papel en que está impresa por el inclemente paso del tiempo.
            Era una de esas noches. Llevaba algo más de media hora sentada, con las piernas estiradas, notando como el frío traspasaba levemente la tela de sus pantalones vaqueros, aunque sin llegar a ser desagradable. Algo de la indomable arena había conseguido abrirse paso hacia el interior de sus zapatillas, aunque en ese momento no deseaba moverse por nada del mundo, como si haciéndolo todo lo que la rodeaba fuese a romperse en un millón de pedazos irrecuperables.
            Lo que hizo que su mente bajase de nuevo al plano terrenal fueron unas voces que llegaron desde la lejanía, por su derecha. Sus tres dueños estaban todavía a cientos de metros de ella, pero no había duda de caminaban hacia donde se encontraba, hacia donde, hasta hacía un momento, la naturaleza, la creación de Él, y su mente, habían sido un todo. Si algo supo en ese momento fue que esa noche no sería posible ya encontrar esa paz interior que tantos años le había costado alcanzar.
            Cogió el paquete de tabaco que reposaba de pie en la arena, tan cerca de ella que podía aplastarlo con un leve movimiento de su pierna. Extrajo un cigarrillo arrugado, que estiró sujetando con unos labios finos y rosados, que nunca habían besado otra cosa que filtros y cristal.
            La primera calada, la mejor. El humo bajando por el aparato respiratorio, al tiempo que una de las voces, de las tres la más joven, desgranaba una serie de frases hechas sobre el físico de alguna chica, menor de edad todavía. Lo soez de su vocabulario, unido a lo primitivo de sus ideas, le hicieron sentir asco, y pena por una especie, la humana, que, a pesar de toda la ciencia que poseía, era incapaz de hacer evolucionar sus ideas.
            No fue hasta que el filtro empezó a quemarse que aparecieron los tres chicos, caminando como sólo unos jóvenes, antes de ser hombres, pueden caminar. Con sus cuerpos relajados, libres de preocupaciones, en una noche festiva, donde el alcohol y los cigarrillos acabarían siendo, probablemente, sus únicos amores.
            Con un simple vistazo le quedó bien claro cual de los tres era el que había conseguido que cada una de sus palabras fuese escuchada con suma atención. No era el más alto de los tres, sin embargo era, con diferencia, el más corpulento. Pero no era eso lo que le había convertido en una especie de pequeño ídolo para sus dos acompañantes. Era la suma de muchos rasgos, algunos estudiados, otros innatos. Era la forma de sujetar el cigarrillo, entre los dedos anular y corazón. Era la voz grave, impropia de la edad que tendría. Era la manera de caminar, moviendo los hombros rítmicamente, con una actitud que decía a gritos que el mundo entero estaba a su disposición.
            La luz de la luna llena lo bañaba todo. Menos a ella. Estaba sumida en una especie de penumbra fantasmagórica, antinatural para un observador que no estuviese bajo los efectos de unas cuantas cervezas, como estaban ellos tres. Fue la punta incandescente del cigarrillo lo que a Líder, como lo había bautizado en su cabeza en el momento en que le vio, le llamó la atención. No hizo falta palabra alguna. Un simple cambio de dirección de su cuerpo bastó para que, como en una bandada de pájaros, los otros dos le siguieran sin siquiera cuestionarse nada. A ella le dio tiempo a terminar y a arrojar la colilla a los pies de Líder, a pocos centímetros de su cara zapatilla derecha.
            Nadie rompió el silencio al principio. Líder la miró de la cabeza a los pies, con una sonrisa en su cara que no llegaba a ser completa, pero que iba cargada de potencial y de intención. Él no dejó de mirarla a los ojos en ningún momento, pero ella no fue menos. El chico no mudó su gesto en ningún momento, pero ella pudo ver con extrema claridad, casi con palabras, que el desafío no había caído en saco roto.
            -Hola, guapa. ¿Me darías uno de esos pitillos? Si tienes, claro- dijo él sin cambiar ni un ápice su sonrisa de autosuficiencia. Ella le ofreció el paquete sin pronunciar palabra. El chico extrajo un cigarrillo y lo dejó colgar de sus labios sin encenderlo. -¿No me vas a dar fuego?- preguntó con desdén. La joven le lanzó un mechero de metal, con un águila en relieve, que imitaba a los que llevaban los militares. Lo arrojó con fuerza y Líder tuvo que hacer un movimiento hábil y lleno de reflejos para poder atraparlo al vuelo. Tenía muy claro que ella lo había hecho con la intención de ponerle a prueba.
            Encendió el pitillo inclinando la cabeza, una manía que adquirió en la época en que había llevado el pelo largo. Expulsó el humo, el cual fue barrido por la brisa, haciéndolo desaparecer en pocos segundos, con sonoridad, como si soplase lentamente. La chica siguió mirando al horizonte nocturno, allí donde el agua y el cielo se fundían en un eterno abrazo, como si estuviese todavía sola. Esa falta de atención irritaba a Líder de una manera atroz, sobre todo porque no sabía si era una maniobra de ella o una real falta de interés. Y eso, para alguien acostumbrado a ser siempre el objeto de todas las miradas, a causar sensación sólo con su mera presencia, era muy irritante. Decidió sobre la marcha un cambio de estrategia.
            -¿Qué haces aquí tan sola? ¿Por qué no estás con los demás, divirtiéndote? Una chica tan guapa y tan sola está expuesta a muchos peligros.
            Nada. Ni un movimiento en los músculos faciales de ella. Ni el menor atisbo de que las palabras de él le hubiesen interesado algo. Al final se dio por vencido. Con un leve ademán de su cabeza, Líder le ordenó a sus dos perrillos que le siguieran a otra parte. Sin embargo, muy lejos no se fueron, sólo caminaron unas decenas de metros, hasta un bulto que descansaba entre dos matorrales que habían crecido allí donde la arena de playa daba paso al asfalto de la carreterucha que bordeaba la costa. La chica pudo comprobar que lo que había permanecido tapado era, en realidad, una pila de troncos secos de madera de pino. Líder permaneció de pie al lado de los leños, fumando un cigarrillo, mientras sus perros los apilaban en medio de la playa, a una distancia prudencial del borde del agua de mar. A pesar de la lejanía y la oscuridad, la chica pudo ver como el primero sacaba del bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros una lata amarilla, gasolina para encendedor. Roció la pila de troncos hasta haber vaciado el recipiente, que arrojó hacia los matorrales sin girar la cabeza y sin preocuparse por donde hubiese caído. Uno de sus perros, el más bajito, encendió una cerilla, que arrojó a la madera, la cual empezó a arder al instante. Enseguida, unas llamas de casi dos metros de altura se erguían en la playa, tan majestuosas como amenazadoras.
            Si los tres chicos miraban las llamas fascinados, ella se vio, de repente, inundada de recuerdos con solo contemplar el fuego crepitar. Docenas de imágenes de su juventud, que parecía ya tan lejana, se agolpaban en su mente. Se dejó llevar por las ensoñaciones, por lo que no vio a Líder acercarse a ella, fumando. Parecía tener siempre un cigarrillo en la mano.
            -Guapa, ¿tienes nombre?
            Se quedó esperando una respuesta que no iba a llegar, aunque tardó en darse cuenta de ello más de lo que habría sido normal. -Vale- continuó él. -Guapa, es la noche de San Juan. ¿Te apetece saltar la hoguera?
            Esa fue la primera vez que el rostro de ella dejó translucir alguna emoción. A él no le pasó desapercibido ese hecho, felicitándose a sí mismo por haber conseguido dar con la tecla. Ella no pronunció palabra, pero se levantó y comenzó a caminar hacia el fuego, dejando a Líder atrás. El chico la siguió a la carrera, hasta ponerse a su lado. No hizo intención de entablar conversación con ella. Se limitó a imitar los pasos de ella, su pie derecho al tiempo que el de la chica, después el izquierdo, hasta que empezaron a sentir el calor del fuego en sus rostros.
            La joven se quedó muy quieta, mirando las llamas, que bailaban delante de su rostro y en sus pupilas a la vez, respirando por la boca, la cual mantenía levemente abierta. Su pecho subía y bajaba, al son de las entradas y salidas de aire en su cuerpo. No recordaba la última vez que había estado…
            -Tú primero, guapa -dijo Líder, haciendo que su cabeza descendiese de nuevo al plano de la realidad en que se encontraba. Giró la cabeza para mirarle y reprocharle con los ojos la brusquedad de la que había hecho gala. Aunque el deseo de atravesar las llamas y sentirlas a su alrededor, aunque fuera por un instante, eclipsó todo lo demás.
            Caminó hacia atrás un par de metros, espacio suficiente para tomar carrerilla. Y comenzó el breve recorrido hacia las llamas. Lo vio todo a cámara lenta. Por unos instantes, su cuerpo volvería a sentir el abrazo del fuego, tal era el orden natural de las cosas. Sería algo efímero, fugaz, casi imaginario. Pero era mejor que nada.
            Las llamas se acercaban a ella muy despacio, así lo percibía. Ya estaba ahí. Ya sentía el calor en el rostro.
            Y, de improviso, el golpe. El dolor partió de la espinilla, subiendo por la pierna, hasta la ingle. Era uno de los inconvenientes de tener un cuerpo humano. Aunque no lo vio, no tuvo duda de que fue Líder quien le había puesto la zancadilla.
            Cayó, sin remisión, entre las llamas. Los dos subalternos de Líder reflejaban en su rostro todo el pánico que sentían, pero él sonreía satisfecho. Se acercó a la hoguera todo lo que podía sin quemarse, se acuclilló y, en voz baja dijo:
            -Así aprenderás a no ignorarme, zorra- encendiéndose un cigarrillo. Sus dos amigos estaban petrificados. Sabían que Líder tenía un lado oscuro, pero lo que acababa de hacer excedía cualquier idea malvada más allá de la razón. Podía ser hasta un asesinato. Ignoraron a Líder por primera vez en su vida, para acercarse al fuego en el que ardía el cuerpo de la chica. Sus piernas se agitaban, aunque les extrañó a los dos que no estuviese gritando, y que no hubiese tratado de salir de entre las llamas.          
            Y antes de que se diesen cuenta, la joven saltó delante de ellos. Su ropa había desaparecido por completo, dejando a la vista un hermoso cuerpo de piel suave, pechos pequeños y de una redondez perfecta, que coronaban un vientre liso, sin vello púbico, todo ello sostenido por una piernas largas y finas. Sin embargo, en lo último en que pensaron los dos chicos fue en sexo. En realidad no pensaron en nada, sus mentes se bloquearon en la idea de que lo estaba ocurriendo ante ellos no podía ser real.
            Los ojos de la chica eran dos ascuas incandescentes, llenas de maldad primigenia, de la maldad que había anidado en el corazón de todos los seres humanos desde el inicio de la creación, aunque sólo saliese a relucir en algunas ocasiones.
            Sonreía. Una felicidad extrema había inundado su cuerpo. Ni siquiera recordaba la última vez que había sentido algo así, aunque, con toda probabilidad, habría sido abrazada por el fuego, como en esta ocasión.
            Un movimiento rápido, que los chicos no vieron, y ella se plantó a su lado. Agarró a cada uno de ellos del cuello con una mano fuerte, recia, una garra inmortal y poderosa. Sin esfuerzo alguno, levantó a los dos del suelo para partirles el cuello con un giro simultáneo de sus dos muñecas. Cuando los soltó, sus cuerpos cayeron desmadejados en la arena como un peso muerto, con un reguero de sangre brotando de la comisura de los labios de uno de ellos.
            Líder contempló horrorizado, desde la distancia, como la chica mató a sus dos perros. No sintió pena por ellos, sólo el miedo atroz del que sabe que está viviendo sus últimos segundos de vida.
            La chica saltó desde su sitio, a varios metros de distancia, para aterrizar delante de él, que estaba inmovilizado por el pánico. Cuando ella alargó su brazo para agarrarle del cuello, su vejiga se soltó, lo que provocó una breve sonrisa en su atacante. Ésta habló con una voz gutural, profunda, que parecía brotar de las entrañas de la tierra:
            -Muchos antes que tú han hecho el mal, han caminado por la tierra cubriendo sus debilidades y sus complejos con un manto de autosuficiencia y de fingida superioridad. Todos ellos han corrido la misma suerte que vas a correr tú hoy. Me produce hilaridad que Él os hiciese a su imagen y semejanza, sólo para ver como, en realidad, vuestra maldad, vuestra hipocresía y vuestros complejos, que vienen de Él también, son exclusivos de los humanos. Sois el error de Su creación, y alguien tiene que enmendarlo. Yo, y muchos como yo.
            Aún estaba tratando de asimilar las palabras que acababa de escuchar cuando sintió que la mano que apretaba su cuello comenzó a cerrarse. El oxígeno empezó a faltarle, pero pudo contemplar los ojos de ellas fijamente durante el largo y agónico proceso de su muerte. En ellos vio siglos de maldad, de dolor, de agonía, de vidas arrancadas. Es lo que veía una persona cuando un demonio era el que le arrancaba la vida. Sólo eso.

EL ALMA DE PIEDRA (ANA MORAN INFIESTA)

El crepúsculo ya tiñe el paisaje de matices oscuros cuando las muchachas asoman por el camino, procedentes de las siete aldeas. Acuden a la llamada de la Piedra Negra. Aunque el velo que separa nuestros dos mundos se ha atenuado, no puedo traspasar el umbral. Aun así, puedo verlas con tanta claridad como, a mi espalda, veo el erial gris al que los druidas de los hombres nos exiliaron después de convertir a nuestros dioses en tallas de la Piedra.
Hace tiempo que las historias que se cuentan sobre nosotros en pueblos alejados del valle son consideradas simples leyendas. Pero las siete villas han mantenido su fe y, gracias a sus gentes, un día podremos volver a ser los amos de este valle y de las tierras que se extienden allende sus fronteras.
Nosotros y sus hijos. Los de estas jóvenes que ahora rodean el monolito.
Se desnudan, se toman de las manos y empiezan a danzar alrededor del inmenso monolito en el que yacen petrificados nuestros dioses. Las mece una música que no brota de instrumento alguno, sino de la propia piedra. Es lenta, acariciadora, pronto tornará en sensual y, con ello, las manos dejarán de estar unidas para que las bailarinas se contoneen, insinuantes. Mis ojos han contemplado el ritual demasiadas veces como para desconocer la evolución del mismo, aunque no tantas como para que no me sobrecoja ese vaivén de caderas, sensual, lujurioso, con el que las muchachas rinden sincero tributo a nuestras divinidades. A aquellas por cuyo honor luchamos los guerreros sumergidos en la monotonía eterna y a las que las siete villas siguen rindiendo culto en la intimidad.
 Las muchachas han perdido todo pudor, y sus cuerpos semejan estar entre dos mundos: blanca y virginal se ve su piel bajo el crepúsculo mundano; sensual plata, bajo la luz de la Piedra. Mis hermanos y yo continuamos en la gris oscuridad, esperando. Baleno aún no ha llegado a la cima de la cúpula de Rynnhar.
La danza se ha vuelto ya por completo incitadora, la Piedra refulge en mil colores; se extienden por el valle y aún tienen ocasión de iluminar, por una única vez en todo el año, este mundo gris que nos aprisiona. Como de costumbre, no he sido capaz de contemplar el momento preciso en que las tallas de piedra se han tornado carne. Carne divina, firme, lustrosa. La carne de nuestros dioses. Son todos varones; suya es la puerta al verano. Cada uno avanza hacia una de las danzarinas. Algunos se dejan agasajar por sus bailes, otros las arrojan al suelo. Acarician sus cuerpos, devoran hambrientos sus sexos, las toman al estilo de las bestias. No copulan con ellas. Esperan a que Baleno esté en el último tramo de su ascenso.
Cuando lo hace, todos inician la cópula en perfecta sincronía. Los gemidos de éxtasis de las muchachas enmudecen la música, pese a que esta no ha dejado de sonar en ningún momento. La luz abraza a las parejas y la oscuridad que me rodea se hace menos densa en cada golpe de caderas. Baleno alcanza la cima estrellada; los amantes, su clímax; a mí y al resto de guerreros, deja de rodearnos el atosigante gris.
Elevo la mirada hacia el cielo estrellado; más que mirarlo, me bebo sus colores, el resplandor de la luna, el brillo de las estrellas. Algunos de mis hermanos ya están escogiendo protegida; yo sigo mirando al cielo durante una dulce eternidad para luego sumergir la mirada un mundo de colores, hermosos aun bajo el velo de la noche. Tendré tiempo para admirarlo, pues nuestro destino es pasar aquí seis meses, protegiendo a nuestros hermanos neonatos y a sus madres.
Siempre somos nosotros quienes escogen a su custodiada; sin embargo, esta noche en cierto modo es ella quien me ha escogido a mí. Su mirada está clavada en mi piel de pálida plata, admira mi desnudez y la silueta oscura de la Piedra entre mis senos. Sus ojos verdes arden de curiosidad, casi con tanta fuerza como lo hace su cabellera. Sin decir nada, recupero sus ropas del suelo y la ayudo a vestirse. Pronto nos alejamos hacia su aldea, sin intercambiar palabras con los congregados en el claro, sin atrevernos a mirar al siniestro monolito con el que han vuelo a fundirse nuestros dioses.
Dentro de seis meses, regresaremos a la Piedra para abrir las puertas del inverno. No habrá danzas, sino partos, en los que nacerán niños dioses que tornaran en adultos en una sola noche, una vez beban el néctar de los senos de nuestras diosas. Dejaré de ser custodia en la luz, para ser guerrera en la noche.
Y el ciclo continuará  hasta el día en que se ponga fin a la maldición. Entonces los dioses escaparán de esa prisión llamada Piedra Negra y la noche más corta del año no supondrá comienzo del verano para los hombres, sino el inicio del reinado de nuestro pueblo sobre la Tierra.

CUÉLEBRE (DORIAN RIPER)

Como cada año la noche de San Juan, aquella que está llena de mitos y leyendas se alzará de nuevo hoy a la hora de las brujas.
Y allí en la casa de la esquina, la que se ve adormecida por la luz de la farola que tintinea jugando con su propia luz; vive Luis, un niño de 9 años que por primera vez en su corta vida no puede dormir.
El pequeño arropado hasta la nariz aún en esta noche tan calurosa, observa por los rabillos de sus ojos el movimiento leve de las nubes que poco a poco tapan la luna llena y cuándo ésta es ocultada por completo llama a gritos a su abuelo.
Marcelo es un hombre de rasgos finos, curtido por la vida y por los achaques de la misma, viudo desde que nació su hija, nunca se perdonará el no haber revisado debidamente el coche en el que su ella y su yerno viajaban hace ya varios meses.
Si bien su taller de reparaciones era toda su vida, los acontecimientos inesperados habían hecho que Luis fuese ahora su única preocupación.
El abuelo gritó desde la habitación <<ya voy pequeño ya voy>>, carraspeó debido a la ensoñación que se estaba apoderando de su cuerpo segundos antes mientras luchaba por no dormirse del todo.
Se puso las zapatillas con soltura y salto de la cama rápidamente mientras se ajustaba las gafas ensuciadas por los dedos ante la palpación de no encontrarlas a la primera encima de la mesita de noche.
Cuando entro en la habitación vio  a su nieto hecho un ovillo y completamente arropado por las sábanas, apenas se distinguía su pequeño cuerpecito.
Se sentó con delicadeza en la cama justo de espaldas al pequeño bulto que conformaba el cuerpo tiritante de Luis y con una leve caricia en el hombro hizo que el niño saltase de su escondrijo y abrazase a su abuelo como en las noches de tormenta.
-         Abuelo tengo miedo- le dijo al oído sollozando.
-         ¿Has tenido una pesadilla hijo?- su abuelo lo retiro del abrazo y le levanto con cariño la cara para mirarlo.
-         No abuelo, es que hoy es San Juan, jo, no te enteras de nada- ahora enfurruñado fue él, el que se alejo de su abuelo sentándose en la cama prácticamente encima de la almohada y de brazos cruzados.
-         Veamos cielo, ¿tienes miedo a la noche de san Juan? Pero si es una noche mágica y has estado antes saltando la hoguera y te lo has pasado pipa.
-         Jolines abuelito es que me han contado historias sobre un tal Cuélebre y no puedo dormir.- Luis se fue tumbando poco a poco sin dejar de mirar el penetrable brillo de la luna que se escapaba ahora mismo en un cielo raso.
-         ¿Quieres que te cuente la verdadera historia del Cuélebre?- le dijo el anciano cruzando las piernas y remangándose camisa.
-         ¡¡Si abuelito si!!- sin decirle nada el pequeño se metió dentro de las sábanas y se colocó en posición de escucha.
Mientras Marcelo encendía la luz, empezó a relatarle la historia del Cuélebre.
<< Veras Luis, el Cuélebre es una historia de un animal mitológico mitad serpiente mitad dragón que vive para proteger cuevas con tesoros, muchos, inimaginables.
Este ser pierde los efectos esta noche, y las sirvientas que tiene bajan a los caños de las fuentes de los pueblos a  limpiar sus cadenas de oro para después volver a la cueva y cuidar de él; por lo tanto que no tienes nada de lo que preocuparte por que esta noche ese ser no tiene poder ninguno, ni tampoco el resto del año. Duérmete y no te dejes guiar por lo que los demás te cuenten, piensa que se pasa todo el año durmiendo..
Venga, tapamos bien y a dormir cielo>>.
Cuando Marcelo se giró vio a Luis completamente dormido, un gesto de preocupación apareció en la cara del abuelo su gesto se torció mientras se levantaba de la cama y corría las cortinas a su nieto para que la luz de la farola y la luna no le volviese a despertar.
No pudo aun así evitar mirar por la ventana y cerciorarse de que la leyenda del Cuélebre no se llevase a cabo ese día pues, le había ocultado a su nieto la verdad sobre la leyenda.
Todavía recordaba aquella fatídica noche.
Él y su mujer tuvieron que parar en una cuneta pues el coche que llevaban se había sobrecalentado y necesitaban estacionar cada pocos kilómetros para poder echarle agua al motor.
Dalia, embarazada y salida de cuentas resoplaba en el interior del mismo pues si el día había sido caluroso la noche era puro bochorno asfixiante y su estado tampoco facilitaba las cosas.
Fue entonces cuando Marcelo oyó el crepitar de las hojas al fondo de la cuneta y una luz roja y oscura difícil de creer se alzaba por encima de los árboles.
Su mujer le pidió por favor que arrancase de una vez el vehiculo que aquello le daba escalofríos, pero  el entonces joven abuelo hizo oídos sordos y quiso acercarse a pedir ayuda.
En principio pensó que sería alguna casa en la que estaban celebrando alguna fiesta pero según se iba acercando un olor apenas respirable  estaba colapsando sus fosas nasales.
Cuando por fin llego al justo lugar no pudo creer lo que allí se encontró, parpadeo varias veces como queriendo enfocar lo que veía pero era real, si, allí estaban.
Unas muchachas de cabellos rizados y rubios alrededor de una hoguera cantaban y limpiaban cadenas de oro con gran esfuerzo.
Las jóvenes se giraron a la vez, y aunque el gesto fue el normal Marcelo lo vio a cámara lenta, consiguiendo que los pelos de los brazos y las piernas se erizasen y su boca quedase abierta como si quisiese decir algo pero no pudieran salir sus palabras de la boca.
Puso todo su afán por recorrer el camino hecho y poco a poco lo consiguió pero cuando llego al vehiculo, Dalia ya no estaba, en su lugar, una niña de ojos azules y tez blanquecina lloraba y lloraba en busca de su madre.
Después del shock se sentó al lado de la pequeña en la parte de atrás, la arrimo a su pecho y la meció durante toda la noche.
Al día siguiente la guardia civil no dio crédito a lo que el joven Marcelo contó.
Cuando ya se dirigía a la salida del hospital con su hija en brazos, una enfermera que había vivido todo el reconocimiento del bebé y la cual escuchó adrede lo que le paso al joven, se dirigió a él.
-         Lo que le ha sucedido no es casual, ha sido el Cuélebre, se ha llevado a su mujer, en San Juan pierde poderes y los utiliza para pasearse como persona normal y conseguir sus tesoros y sus doncellas, las muchachas cuidan de él mientras duerme. Sé que las ha visto le he oído decirlo, no debió huir, si las hubiese dado unas monedas las podía haber liberado y ahora usted estaría con su mujer. Esta niña esta marcada y así lo estarán sus hijos mientras no hagas lo que hay que hacer, pagar la ofrenda año tras año en el mismo lugar dónde las encontró anoche, hasta el momento en el que usted muera.
Después de creer lo increíble, Marcelo tuvo que investigar y entender lo que le paso.
No compenso con dinero a las muchachas que limpiaban sus cadenas para liberarlas de modo que el Cuélebre tomo a su mujer sintiéndose fuerte de que nadie dejase libre a sus sirvientas, y ahora año tras año el debía acudir al mismo lugar para dar su pago y lograr que su familia hasta ahora aumentada por la pequeña Claudia, no fuese destruida.
Treinta años después, esta noche, le tocaba hacer su pago por su nieto ya no por su hija pues falleció,  sabía que debía hacerlo tenía que cuidar de él hasta que este cumpliese los 18 o hasta que él mismo muriera.
<<Estoy mayor para esto>> pensó.
Mientras se dirigía a su cuarto hizo acopio de su monedero y se encaminó  al bosque.
Fue sabiendo que Luis permanecería dormido, pues el sedante que le dio durante la cena hizo efecto mientras le contaba su historia inventada.
Llegó al lugar de siempre, siguió andando hasta que dio con el lugar de las doncellas, allí nuevamente danzaban y reían mientras sacaban brillo a sus cadenas.
Dio el dinero a una tras otra, pero le falto una moneda para la ultima << ¡¡LUIS!!>> gritó para si.
El niño le robó como de costumbre una moneda para comprar chucherías y ahora su abuelo ya no podía cuidar más de él, la maldición cobraría su precio y su nieto pasaría a ser del monstruo.
El pequeño sonreía mientras soñaba, debajo de su almohada la moneda que robó  a su abuelo descansaba esperando ser usada cosa que no pasaría.
Mientras este dormitaba la siesta, pensó que se compraría los últimos cromos de la liga que le faltaban.
Y en el umbral de la puerta, una sombra de dimensiones humanas se acercaba lentamente hacia él con un sonido rasposo y pegajoso, el calor en la instancia empezó a subir y entonces, en la cama solo quedó el hueco que el pequeño había estado ocupando hasta hace unos segundos.
No lo olvidéis nunca, si en la noche de San Juan unas doncellas encontrarías deberás dar una moneda a cada una y de ese modo libres quedarían.
Si así no lo hicieras el tesoro del Cuélebre para siempre serías.

EL RAMO DE VERBENA (SORAYA MURILLO HERNÁNDEZ)
Otra vez escuchaba la voz dentro de lo que quedaba de su cabeza. De nuevo tuvo que sacar fuerzas de donde no las tenía para escarbar y intentar salir de ese ataúd en el que llevaba un año sepultado. La primera vez aún le quedaban uñas, a pesar de la descomposición. La ruptura de tejidos de los propios compuestos químicos internos del cuerpo y enzimas, acompañada de putrefacción y la liberación de gases que generaron aquel insoportable hedor, junto a la inflamación de su cuerpo, no se lo pusieron fácil a la hora de intentar romper aquel ataúd de pino, todavía demasiado nuevo y resistente. Así que soportó la llamada, mientras desesperaba arañando la madera para salir. Creyó que aquello no terminaría nunca, rogó y suplicó que se callara, estuviera donde estuviera, pero ella continuaba con su llamada, con sus palabras olvidadas ya por muchos humanos. Quien la hubiera escuchado en ese momento, hubiera creído que cantaba una antigua canción celta, pero si te detenías un instante a mirarle sus manos y su rostro veías algo más, algo que te hubiera obligado de girar la cabeza y marcharte haciendo el menor ruido posible. Él sabia que aquello no era una canción, él quería que aquello terminara, que el silencio regresara a aquel lugar que debía ser sede de su descanso eterno, y cuando pensó que ya no podría soportarlo más, todo terminó. Luego aparecieron las larvas, saliendo de su interior, pero se sintió en paz mientras los devoraban, escuchó algún que otro susurro, pero ya era mínimo y ni siquiera lo entendía. Allí el tiempo se vivía de otra manera, ruidos de roedores, madera astillándose y humedeciéndose; no supo que regresaba otro mes de junio, hasta que volvió a oírla. Ahora era ya un esqueleto, todavía conservaba su dentadura y restos de tejido agarrado a sus huesos, y aunque el ataúd se encontraba en condiciones más adecuadas para romperlo, ya no le quedaba voluntad para hacerlo. Pero eso a ella poco o nada le importaba, lo quería fuera de allí, a su lado, como lo tuvo antes. Lo intentó la primera noche de San Juan después de su muerte, pero fracasó, lo estuvo esperando, recitó todas las palabras una y otra vez, hasta que se volvieron roncas y vio el sol salir. Pero hoy, lo intentaría de nuevo. Estaba segura de conseguirlo, así que, junto a la fogata de viejas ramas de encina, volvió a repetir todo el ritual. El ataúd, ya desgastado, no le puso tantos impedimentos en esta ocasión y sin poder evitarlo se vio escarbando la tierra y ascendiendo hacia el cielo estrellado, un cielo que él se negaba a ver; deseaba estar en su tumba, pero sabía que ella no cejaría hasta sacarlo de allí. En el interior del bosque, junto a un hermoso fuego, hay una joven que recogió un ramo de verbena. La tradición dice: si una joven recoge un ramo de verbena la noche de San Juan y a las doce en punto recita un antiguo ritual, atraerá al hombre deseado. Claro, que no dice que ese hombre ya esté muerto y él no desee salir. Y allí se encuentra ella, con su ramo, llamándolo. Mientras bajo tierra suenan lo que podríamos identificar como unos estremecedores lamentos, y el muerto intenta regresar al acomodo de su caja, pero no le es posible. Y sube y sube y sube, rumbo a la noche.

Cuando llegué a la tienda, Helen me tenía preparado una mesa con pinchos y bebidas para toda la jornada de hoy, tremendo.
Al ser noche especial y noche de brujas, que esta más que relacionado con todo lo que vendemos en la tienda, ha querido dar una pequeña muestra de celebración a los clientes que entren.
En verdad es buena idea y hasta yo iré picando, con el hambre que tengo últimamente me comería todo lo que ha puesto.
Es increíble la cantidad de cosas que compra la gente para esta noche, parece imposible pensar que haya gente tan supersticiosa.
Lo que más me ha llamado la atención es todas y cada una de las leyendas que existen.
Pero la que más me ha llamado la atención es la que Helen ha contado, dicen que en la noche de San Juan quien se mire al espejo, de espaldas, verá su propia muerte.
Camino de casa me topo con gente que tiene preparadas hogueras pequeñas en los jardines de entrada a las casas, huele fatal.
Algún vecino que otro, sabiendo mi condición me invitan a tomar un chocolate, y ha hacer algún ritual para llamar a las cosas buenas el resto del año, pero yo paso de todo eso, quiero llegar a casa y arriesgarme a hacer una pequeña cosa.
Desnuda, dándome la crema en mi barriguita, observo el espejo, la luz de las velas que me acompañan en esta noche crean sombras lujuriosas de mi cuerpo bello y esbelto.
Mis pezones se muestran erectos por la emoción del momento, estoy nerviosa aunque no creo mucho en estos rituales, pero siento que es algo que debo hacer.
Me acerco poco a poco, bailando al compás de la música que suena de fondo, que me hace mostrarme sentimental por momentos y en los estribillos en concreto.
Me pongo de espaldas al espejo, el pelo se me eriza como si una brisa lejana entrase por la puerta de la habitación, incluso creo haber notado sombras que no son las mías danzando por la estancia, será la sugestión.
Y entonces giro mi cabeza y me miro en el espejo, puedo ver las sombras, ahora sí, corretear por dormitorio, pero una de ellas destaca por encima de las demás.
Es una sombra enorme, que me ha dejado paralizada y se acerca lentamente, no puedo ver su imagen en el espejo, es como si no estuviese allí físicamente, aunque si su sombra.
Ahora se que lo que me vigilaba desde fuera días atrás ha entrado en mi habitación.
Noto un sabor amargo subiendo por mi garganta desde mi esófago, y un calor intenso en el centro del vientre, sigo sin poder girarme, el calor se acentúa en el ombligo y penetra  hasta mis entrañas.
Una corriente eléctrica pasa por mi bajo vientre y sale por mis lumbares.
En el espejo reflejado, veo un chaval de unos 18 años, con un cuchillo afilado en la mano derecha, completamente lleno de sangre, y con una sonrisa macabra en su boca y en el filo de la puerta una sombra que  puedo distinguir con claridad y  que se mantiene agazapada en todo momento.
Se gira y me mira, algo me perturba en su mirada.
El olor a azufre se hace presente y yo por fin puedo girar mi cuello para, horrorizada comprobar que una aparición alta y enormemente grande con unos cuernos desmesurados, toda ella de un color rojizo y cola negra terminada en punta, me hace una señal con el dedo índice encendido en fuego sobre sus labios de los cuales sale un “shhhhhhhhhhh” largo y pegajoso, seguido de unas figuras negruzcas danzarinas que le siguen.

18 años después 23 de Junio, noche de San Juan
Y aquí estoy ahora, paralizada por el dolor del cuchillo que ha penetrado en mi cuerpo una y otra vez, mi hijo regado con la sangre que ha salido de mi organismo, se pasea ansioso por la habitación donde me ha dado caza.
Y en el umbral de la puerta Helen agazapada, mi jefa, a la que consideraba una amiga y madrina de mi hijo, es la que ha generado todo esto.
Adoradora de Satán, con sus pócimas abrió la puerta a algo que yo, insensata de mi no tuve más que dar el visto bueno para que entrase hace ya 18 años cuando me observé desnuda en el espejo.
Su hermano, con el que engendré a mi hijo, no fue más que un movimiento que tenían planeado tiempo atrás cuando ella me vislumbro antes de poner los cristales tintados, supo que de mi debilidad cínica podría conseguir que viniera Belcebú al mundo terrenal a través de mi pequeño, que yo haría como cada noche mi ritual insensata de mi.
La jugada estaba hecha y yo pequé una noche de San Juan, por no creerme las leyendas que giran alrededor.
Y ahora aquí empiezo a morirme, desangrándome, con las manos impregnadas en mi líquido escarlata, expulsando por la boca mi último aliento.
Lo que no sabía Helen es que yo me adelante a sus pasos  supe que mi hijo tenía que matarme para que con mi propia sangre, que había sido alimentada por una poción que hice estudiando los libros de la tienda durante años, y mi muerte impidiese el advenimiento.
De esta manera mi hijo Joseph, como en la imagen que vi hace años, con una sonrisa de satisfacción, se giró y dio caza a Helen, cortándola el cuello y dibujando con su sangre la santa cruz.
Ante mis ojos ya vidriosos, un ojo de fuego se abrió en la habitación, expulsando vapores y fuego mucho más intenso del calor que conocemos, lanzando a Joseph varios metros por la habitación
Una mano alargada, con uñas negras y afiladas, golpeaba para entrar.
Trastabilleando, mi hijo, mi pequeño, al que protegí con mi propia vida, tiro a Helen dentro del agujero y este, con un viento prendido en llamas se cerró, para dejar paso al a tranquilidad que se adueño de mi alma.
Joseph que no se había separado del cuchillo, lo tiro lejos, con lagrimas brotando por sus ojos miro sus manos llenas de sangre y cayendo de rodillas se giro y me miro, se arrastro como pudo hacia mí y me tomo en sus brazos sabiendo que estaba muriendo por él, por salvarle de ser el cascarón de lo prohibido, siempre lo entendió, y trabaje año tras año para defenderle, sabiendo con certeza quién me había traicionado.
Para mi todo había acabado, pero para él, unas sombras danzarinas saltaban y se asomaban al otro lado de la ventana nuevamente, nerviosas y ansiosas para el año siguiente.

FUEGOS POCO FATUOS ( JULIÁN SÁNCHEZ CARAMAZANA)
      “…desorbitados por el pavor seguían fijos en la satánica escena…”Thomas Lower, Amante Fiel, página, 52, Magazine de Terroe, Macabro, nº 12, Barcelona, 1983
      FUEGO
Mientras las hogueras crepitan en la verbena de San Juan, día aciago para El Santo Tribunal Inquisitorial, con media docena más de brujas como escarmiento a las putas del diablo, él, a fuego lento, cocina a la que ha salvado, como banquete para todos los prelados.
      TIEMPOS
Cronometra esa mágica noche cuanto tarda en arder en las hogueras cada recién nacido entregado al maligno. El que más aguanta será su descendiente, y ella su madre, según el pacto.

martes, 17 de junio de 2014

EL HEDOR



EL HEDOR

DÍA 1
Desde que llegué a este piso nuevo noto un olor nauseabundo que sale por la puerta de mi vecino de al lado.
No suelo ser un hombre que se fije en ese tipo de detalles pero el olor es cada vez mas intenso cada día que pasa.
El aroma se filtra por la ventana de mi cuarto como si fuese una brisa de verano y es aún peor si el viento sopla con mayor intensidad, pues este aparte de hacer que tremenda fetidez entre sin barreras  penetra por toda la estancia.

DÍA 3
Hace ya dos noches que no consigo dormir, me levanto empapado en sudor, con el cuerpo entrado en tiritonas pulsantes que me nublan todos mis sentidos, busco la manta para taparme pero es ilógico pues mi calor corporal no asimila tal gesto.
He oído un ruido en la pared, esta conecta directamente con la habitación de mi vecino, es como un cuchicheo simplón, como cuando intentas hacer alguna cosa por ti mismo y esta no te sale.
Después otro golpetazo aún más grave y seco me ha hecho brincar en la cama, ha sido tan fuerte que el cabecero en el que tenía apoyada mi espalda ha salido de su  fijación.
Saco mis pies de la cama, cuando estos se encuentran con el suelo mis dedos se estiran aprovechando todo el frescor del piso, sin ponerme las zapatillas me dirijo a la cocina.
El olor sigue quemándome las fosas nasales y me produce un dolor de cabeza del que empiezo a preocuparme.

DÍA 5
Estoy sintiéndome atormentado por los sucesos que cada día son más perturbadores por parte de mi vecino, la peste ahora dulzona me repugna de tal manera que me es imposible conciliar el sueño sin que mi psique persiga ese perfume aún dormitando.
Los ruidos y movimientos de mesas y sillas rayan mi conocimiento de lo que puede estar catalogado como “actitudes de buena vecindad”.
He intentado poner el oído y todos mis sentidos en averiguar que pasa al otro lado de los cimientos que separan mi casa de la de mi ruidoso compañero de bloque, pero el silencio tan sumamente impenetrable no mostraba acciones más allá del gotelé de mi pared.
He comprado un pequeño cuaderno en el que quiero apuntar como me siento con todo eso, no se si me estoy volviendo loco o el olor simplemente ha conseguido turbar por completo mi raciocinio, no quiero llamar a la policía, necesito saber qué y por qué se desprende tan nauseabunda sensación por toda mi casa.
Estoy sentado en el sillón orejero que compré hace ya algunos meses, en principio para disfrutar de mis colección de películas de Blue-Ray, con mis palomitas, patatas y cervezas.
El lápiz empieza a dar vueltas en mi mano derecha, he empezado a hacer borrones en el cuaderno, espero movimiento al otro lado, necesito averiguar que está pasando.

DÍA 6
He llamado al trabajo, no me han contestado, pero he dejado después del aviso del contestador el mensaje de que me encuentro mal y no podré acudir, para las horas en las que he telefoneado esperaba que Emma estuviera al otro lado de la línea pero teniendo en cuenta lo flojo que esta el gabinete quizás salió tomar un café.
La luz del medio día hace que el humo que sale de mi cigarro contraste con los rayos del sol generando formas insinuosas que mi mente da forma, me imagino como será mi vecino o que puede estar haciendo para que tales sucesos estén creando en mi una obsesión de la que soy consciente pero de la cual no quiero desprenderme.
Todavía no he usado el cuaderno, pero he escrito un plan para darle forma a cómo y qué hacer para preguntarle a mi compañero de pasillo y salir de dudas a la hora de lanzarle las cuestiones que me atenazan.
Un sonido penetrante ha empezado a retumbar por toda mi cabeza, suena como un violín mal afinado, un sonsonete como jamás había experimentado está empezando a desquiciarme de una manera brutal y corro ventana por ventana cerrándolas y bajando las persianas para que nada penetre por ellas.
Haciendo acopio de varias toallas, las he mojado para que se adhieran bien a la rendija del suelo  de la puerta de la entrada y  con cinta aislante he logrado crear un buen aislamiento aunque el runrún sigue retumbando, más fuerte pero con pausas que me hacen relajarme a corto tiempo pero lo suficiente para poder regresar a una cordura momentánea.
Los secreción de mis poros han vuelto y en calzoncillos en mitad de la cocina me encuentro esbozando nuevamente en el cuaderno, sin sentido, notando el frío del suelo por mis nalgas y mis pies desnudos, se me está acabando el bolígrafo, es hora de coger otro, pero no me apetece.
Me tumbo en el suelo y duermo.

DÍA 7
Al despertarme el hedor ha salpicado mi sentido del olfato, pero como algo que va y que viene ahora ya no lo noto tan compacto pero  lo que si me asombra es el estado en el que me hayo, y en el que se encuentra mi piso, tan en penumbra y tan saturado de desperdicios que parece el palo de un gallinero.
Pero no me apetece ordenar ni limpiar, tengo mi camiseta manchada de tomate, esta duro y aunque hacía unos días eso podía haberme puesto muy nervioso ahora lo huelo e incluso intento relamerlo,  me da igual, es peor el tufo que ha vuelto que la actuación que estoy teniendo conmigo mismo.
Tengo adornada la estancia principal con velas, parece que el calor que desprenden los focos de casa producen que la densidad del olor perdure más y más en el tiempo y se adhiera a las paredes y suelo.
Ya no sudo, pero sé que estoy enloqueciendo, ahora oigo gente hablar en la morada de mi vecino, son voces dispersas y risas bien definidas, intento apuntar todo lo que puedo llegar a entender pero mis manos tiemblan tanto y mi razón está tan apesadumbrada que no sé qué trazos estoy expresando.
Al cesar estas yo también concluyo en mi empeño de intentar descubrir que ocurre al otro lado, incluso mi tembleque ha parado, dejo el cuaderno en mi mesilla y empiezo a dar vueltas por la habitación, a un lado a otro o en círculos y recto y vuelta a empezar.
Mareo una y otra vez los pelos de mi cabeza intentando dar lucidez a las ideas que se me vienen a la mente, lanzo ideas al aire, me río y me enfado golpeando las paredes y el armario empotrado rajando una de sus puertas ocasionando una pequeña fisura en mis nudillos.
Me tumbo en la cama y juego con mis pies, vuelvo a reírme y de repente rompo en llanto, me acurruco sobre mí mismo pensando en mi madre, ahora la necesito tanto…

DÍA 8
Es increíble la manera en la que he pasado la noche hecho un ovillo imaginando cosas  con mis manos para intentar calmarme, sorprendentemente no me he querido levantar y me he orinado encima, lo cual hace que si ya de por si el hedor era insoportable ahora mismo sé que no podré volver a dormir en la cama si no la cambio, pero no tengo fuerzas, y el sofá será mi nuevo aliado en mis noches de duerme vela.
Hace días que no como, tan solo el agua fresca de la nevera recorre mi garganta varias veces durante la jornada, me reconforta notar algo puro en mi cuerpo.
De lo que si me he percatado  es que el olor ha dejado de ser tan pastoso pero si más aguzado, no tan dulce pero si mas volátil, esta ahí, parece que no, pero está.
He vomitado varias veces, parece que me estoy muriendo por dentro.
Estoy tan agitado que no consigo pensar con lucidez, no sé por qué estoy haciendo esto, el maldito olor se ha convertido en todo lo que me interesa día y noche, y yo he perdido la cordura total de mi cuerpo y mi mente, pero esto tiene que acabar y acabará hoy.
Con sumo cuidado quito poco a poco las toallas que tan arduamente coloqué en la puerta tiempo atrás, al retirarlo ha vuelto el olor tan pesado que hace horas no notaba, me ha golpeado tan fuertemente que he caído al suelo debido a tan desagradable sensación.
La tos esta marcando cada paso y gesto que doy para poder salir de casa y averiguar de una vez que es lo que pasa al otro lado de mi puerta, mi garganta ha quedado tocada con la última bocanada de aire que he cogido repleta de tan repugnante hediondez.
Ya no puedo más y estoy delante de la puerta de mi compañero de comunidad, cuando doy con los nudillos en ella ésta se abre sin esfuerzo con un chirrido que me causa el levantamiento de los pelos de mi nuca.
Si cualquiera pudiera verme en este momento tan lleno de suciedad, ojeroso, apesadumbrado y pálido como la luna más llena huiría de mí como yo debería de hacerlo de este lugar y momento.
Al abrirse del todo la puerta puedo comprobar que la estancia del salón está en penumbra y mis ojos trabajan por acostumbrarse a la oscuridad.
Su piso es muy parecido al mío, realmente son idénticos.
Primero un paso, no digo nada, no me presento, tan solo entro, quiero saber por encima de todo qué es lo que ha estado robando mi vida estos días.
Otro paso y cada vez estoy más en el epicentro de todo.
Un sillón de color negro se hace entrever por la poca luz que entra desde las persianas mal cerradas y afinando la vista puedo ver una mano y una cabeza asomando por una esquina del mueble.
Le veo sentado en la butaca por la que cientos de moscas y gusanos asoman y estas primeras revolotean alrededor.
Ciertamente la escena ha hecho que no me percate del olor tan repugnante que oprime mis pulmones el mismo que estos días consiguió dejarme sin sentido un par de veces.
Y ahí esta... o no, espera, ahí estoy, soy yo muerto, apestando y siendo devorado, soy mi propio fantasma atormentado de mí mismo.
Intento retroceder, pero en ese momento el murmullo nuevamente ensordece mi cerebro esta vez haciendo que me eche las manos a los oídos, palpitantes de dolor.
Suena el despertador, me despabilo de la pesadilla que acabo de tener tan voraz.
Entre palpitaciones que hacen que mi corazón parezca que quiera salir de mi cuerpo y mi boca pastosa, pongo todo mi empeño en espabilar de tal horrenda ensoñación.
Es un día nuevo, como los de siempre y todo gira alrededor de llegar puntual al trabajo, sin olvidarme de ventilar bien mi piso y beber el máximo café posible antes de salir rumbo a la jungla de la rutina.

Cuando salgo de casa, el vecino de al lado sigue oliendo a muerto...