jueves, 24 de julio de 2014

PLANTA BAJA (INSOMNE VK)

Nuevamente siempre es motivo de emoción el poder dar a conocer en el blog a otro escritor.

En este caso, Sergio Moreno nos dejó impresionados a todos los que conformamos este proyecto por su manera de narrar un  acontecimiento y un paseo por la mente perturbada de una persona que después de unos actos le come la conciencia y el negro y oscuro sentimiento de haber pecado.

Así que aquí os dejamos a este escritor que dará muchas más sorpresas junto con el resto de sus compañeros que somos todos nosotros. Estamos felices por que este aquí y orgullosos de poder darle una oportunidad y honrosos por compartirlo con todos vosotros.

Primeramente y antes del relato os ponemos una presentación:

Sergio Moreno nació en Madrid un 20 de noviembre de 1983. Amante del terror en todas sus vertientes, un día se dio cuenta de que lo que más deseaba era crear historias en las que gente como él pudiese sumergirse y pasar un mal rato. Consciente de sus limitaciones a la hora de plasmar sus ideas sobre el papel, lleva cuatro años tratando de pulir sus defectos de la única manera que cree correcta: escribiendo todos los días.

Ha logrado ganar diversos concursos literarios, pero supone que es un sencillo hecho colateral de su trabajo. Lo que de verdad le gusta de él es esa sensación de saber que está dando vida a sus ideas, y a pesar de que la mayoría de las veces sean muy macabras, no se siente mal por ello. Tiene una mujer y dos hijos preciosos. Y una pantalla de ordenador con un blanco infinito que ir llenando. Poco a poco. Y disfrutando mucho al hacerlo. 


PLANTA BAJA


Se abrió la puerta del ascensor y la luz que provenía de su interior bañó mi cuerpo, tiñéndolo del mismo color ambarino con el que imagino que debe estar fabricado el infierno de mis pesadillas. Es la luz de la certeza; de la más absoluta de las desolaciones. Es la luz que no logra iluminar salvo las más insignificantes esperanzas.
            La misma luz que se derrama a borbotones sobre mis zapatos manchados de sangre. La que me deja ver los metálicos reflejos difusos del cuchillo que aún llevo entre las manos… Esa tenue y reveladora luz que me recuerda nítidamente cada minuto de los últimos treinta que acabo de vivir.
            No hay nadie en el interior del ascensor y puedo verme en el espejo que tengo frente a mí. Da igual, porque no me reconozco. ¿De quién son esos ojos vidriosos y aterrados? ¿De quién esa boca torcida y esos dientes apretados? Míos no. No puede ser. Jamás le haría nada parecido a uno de mis trajes.
            Eso que se parece a mí avanza dos pasos y entra en el pequeño habitáculo. La imagen se acerca, y su mirada clavada en mis ojos hace que el terror comience a deslizarse horriblemente por mi espina dorsal hasta formar un oscuro charco a mis pies. El cuchillo cae de mi mano y su sonido al impactar contra el suelo me llega desde otro mundo. Y tiemblo, porque sé que ese es el mundo en el que tendré que vivir a partir de ahora. Un mundo de macabros recuerdos, de imágenes confusas e irreales, en el que un único deseo llenará mi mente día tras día y noche tras noche: volver atrás. Borrar lo que algo dentro de mi oscura alma acaba de obligarme a hacer… Sumirme en ese olvido cristalino que ya nada me podrá brindar.
            Mi dedo se mueve hacia los botones que descansan sobre la pared y pulsan uno al azar. Cuando lo retiro, una única huella sanguinolenta comienza a desdibujarse sobre él, dejando caer una gota que se desliza por el metal trazando una línea roja en su descenso.
            <<Planta baja>>, anuncia una voz desde algún lugar. Las puertas se cierran. Lo mismo hacen mis ojos, pero es inútil. La imagen que trato de borrar en mi cabeza se ha fijado a mis retinas y la veo superpuesta sobre el negro que lo envuelve todo. El sonido del motor al poner en marcha el ataúd que me lleva hasta el infierno me obliga a abrirlos… y allí está. Mirándome. Señalándome. En completo silencio.
            Me miro las manos; sangre. Después el cuchillo; más sangre. La huella que acabo de dejar en la pared… todo es sangre. Ella es sangre. Su pelo, su vestido, los bonitos zapatos que lleva puestos. Sus ojos, sus manos… todo está bañado en escarlata. Tras su figura, la luz de los mundos que hay fuera se cuela por una rendija vertical, como por una boca descomunal y entreabierta a punto de mostrar sus afilados dientes. La fila de números que hay sobre ella ilumina mi lenta cuenta atrás.
            Mi imagen en el espejo resulta macabra. Mis ojos parecen atravesar ese reflejo y la propia pared del ascensor y el resto del edificio, pero eso no es lo peor. Lo que tengo detrás deberían ser dos puertas metálicas y una fila de botones, no un páramo de tonos carmesíes anegado de sombras con formas cambiantes acercándose hacia mí. Vienen… Se arrastran, vuelan, flotan y caminan siempre en la misma dirección, siempre mirándome con esas espirales blanquecinas que giran en el interior de un inexistente rostro que, sin embargo, sonríe. En el cielo plagado de nubes que se extiende sobre mí puedo ver, como en una película antigua y gastada, la sucesión de imágenes que me han traído hasta aquí: su cara y la mía, las muecas de consternación y desdicha, el movimiento acompasado de mis pies hacia la cocina, los destellos fugaces del cuchillo, sus ojos al ver cómo me acerco y el enorme agujero que formó su boca al proferir aquel funesto alarido.
El mismo agujero por el que ahora me precipito. 
            Y ella sigue mirándome, con su dedo extendido hacia mí y completamente inmóvil. Su mueca, la de un siniestro arlequín. <<Asesino…>>, creo oír durante un instante. <<Asesino…>>, repite el eco que se extiende a mi alrededor como una fría corriente miasmática. Y sé que esa palabra será la única que escucharé durante el resto de mi vida.
            Me agacho bajo su penetrante y acusadora mirada; recojo el cuchillo empapado en su sangre; lo coloco en mi garganta con una mano temblorosa. Quiero hacerlo, Dios, sabes que quiero hacerlo… pero mi mano no me obedece, y me pregunto por qué no hizo lo mismo cuando era su cuello el que se abría como una cremallera al paso del afilado acero.
            Los números siguen bajando. La luz mengua un poco más.
            Se acerca el momento.
            Aprieto la fina hoja contra mi cuello mientras las lágrimas comienzan a caer de mis ojos. Y pienso: <<lo voy a hacer>>.
            Un poco más de presión, un poco más y se acabará todo… pero no puedo. Ella deja de señalarme. Sonríe. Sabe que siempre fui un cobarde.
            El murmullo que me envuelve comienza a desvanecerse. La luz de los números queda fija y el ascensor se detiene. <<Planta baja>>, repite la voz. Y ella echa a andar hacia mí. Me coge del brazo y su sangre me empapa la manga del traje. Ni siquiera puedo mirarla ya, tan sólo la luz que comienza a filtrarse por la puerta llega hasta mis ojos.
            He llegado abajo. A mi infierno particular. Su mano tira de mí hacia fuera y me dejo llevar. Aquí no hay fuego, no hay ámbar. Sólo ella junto a mí; sólo el contacto de su mano.
            Sangre… todo es sangre.
            Y absoluta oscuridad.
            Se acerca, extiende sus brazos y los funde en un frío abrazo sobre mi cuello. No puedo verla, pero su aliento, igual de gélido que el tacto de sus manos, se precipita sobre mi piel como una marea; viene y se va, viene y se va… y mi cordura acompaña sus exhalaciones. Se aprieta contra mi cuerpo aún más fuerte, y siento la curva de sus senos clavarse en mi pecho como un recuerdo sombrío de noches irrecuperables. A pesar del miedo, de la culpa, del intenso dolor de mis sienes y de las lágrimas que comienzan a escapar de mis ojos entrelazo mis manos alrededor de su cintura y dejo que su respiración se lleve mi pesar. <<Lo siento…>>, le susurro al oído.
            Pero ella no responde.
            Ya no está conmigo.
            Las sombras se ciernen sobre mí y me arropan en una danza monstruosa de silbidos y ululares quejumbrosos. Comienza a correr la sangre. Me dejo caer de rodillas y, entre el dolor escarlata, trato de verme las manos. No están al final de mis brazos, sino dibujadas en el cielo oscuro. Sostienen un cuchillo ensangrentado.
            Y los ojos de ella las miran desde un lugar que yo nunca alcanzaré.
            Sonríe.
            Dispone de una eternidad para seguir haciéndolo…
            … y yo de la misma para aprender a soportarlo

miércoles, 16 de julio de 2014

CÓMO ATRAPAR UN HADA (FRANCISCO COSTALES)

Hoy os traemos un nuevo autor, del que catalogamos su manera de escribir como, apasionante.

Para todos nosotros siempre es agradable dar la bienvenida a un autor nuevo que confía en poder emprender esta marcha a nuestro lado, confiándonos sus obras, y su ilusión y es por eso que estamos agradecidos y deseosos de hacer cosas grandes y bonitas con cada uno de ellos.

Os dejamos una breve descripcion de Francisco, BIENVENIDO COMPAÑERO:


"Nació en 1985 en Gijón, Asturias, y desde muy pequeño empezó a devorar todo libro que cayera en sus manos, lo que le arrastró a una espiral de perdición: de los cuentos a las historias de mitología y leyendas, de ahí a la fantasía heróica, la novela histórica, los juegos de rol y la literatura de terror, y después a intentar crear sus propias historias. Actualmente se dedica a la (nada) lucrativa profesión de guía turístico en paro y a aburrir a cualquiera que quiera escucharle."


CÓMO ATRAPAR UN HADA

No sé cómo comenzó la conversación, ni quién tuvo la idea de capturar al hada. A estas alturas, ya da igual.

Sí recuerdo que era una noche de verano, cálida y plagada de mosquitos; recuerdo que los tres estábamos sentados alrededor de unas cervezas en el porche del único bar de aquel pequeño pueblo, donde siempre acabábamos pasando las vacaciones aunque, era el lugar más aburrido del mundo. Liam había traído un antiguo libro sobre hadas y otros seres que había encontrado hurgando en el desván de la casa de sus abuelos, y nos lo estábamos pasando de mano en mano, señalando los párrafos que nos llamaban la atención o haciendo bromas sobre alguna ilustración especialmente rara, con esa mezcla de incredulidad y temor reverencial que se da en presencia de algo antiguo y misterioso. Fue entonces cuando llegamos al capítulo dedicado a los rituales: invocaciones, exorcismos, ataduras: todo lo necesario para imponer la voluntad del hombre sobre las fuerzas del mundo feerico. Fue entonces cuando Stephen recordó una  historia que había oído hacía tiempo, que  decía que acostarse con un hada era una experiencia tan embriagadora que hacía que todos los demás placeres del mundo se volviesen grises e insulsos en comparación.

La conversación siguió por otros derroteros, las botellas de cerveza vacías se multiplicaron sobre nuestra mesa. El libro estaba entre ellas, abierto en la página del ritual de atadura, y la historia de Stephen, con sus promesas de lujuria, flotaba en el aire como humo.

Y entonces cometimos el peor error de nuestras vidas. Decidimos poner el ritual a prueba.

Encontramos el sitio perfecto en un lauredal que crecía a las afueras del pueblo, lejos de las casas y de la carretera. Allí, bajo el anzuelo de hueso de la luna, rodeados del susurro de las hojas, trazamos los símbolos arcanos sobre la tierra y recitamos en alto las plegarias.

No ocurrió nada. Ninguna ráfaga de viento, ningún sonido de ultratumba, ninguno de los signos que aparecen en los libros y las películas para señalar que se habían despertado fuerzas sobrenaturales. Los tres nos miramos, sintiéndonos un poco ridículos y volvimos a nuestras casas, acordando reunirnos allí  a la medianoche siguiente, tal y como indicaba el libro.
A la noche siguiente, antes de ir al lauredal, nos encontramos en el bar, para templar con alcohol y bromas la sensación de haber hecho el pardillo. Ni por un momento se nos ocurrió comentar la posibilidad de que el ritual hubiese tenido éxito ¡Claro que no! Aquello eran patrañas. Pero aun así había una extraña inquietud en el ambiente; nos reíamos con demasiada fuerza, engullíamos nuestras bebidas con demasiada ansia, como si quisiéramos acallar algo que nos  atemorizaba.

Fuimos al lauredal entre tropezones, apoyándonos unos en otros y riendo a carcajadas… hasta que llegamos al claro del ritual y nos quedamos mudos de asombro.

Habíamos atrapado a un hada.

No parecía un hada en absoluto. No tenía nada de especial ni de mágico a primera vista: Llevaba una chaqueta hecha jirones con las palabras “Sanatorio mental de Brichester” estampadas en la espalda, su largo cabello negro estaba desgreñado y lleno de hojas, y nos miraba con una expresión aturdida en sus ojos amarillentos. Pero parecía incapaz de salir del círculo mágico que habíamos dibujado la noche anterior, y cuando Stephen la roció con limaduras de hierro, ella gritó y su piel desnuda enrojeció y se cubrió de sarpullidos.
Teníamos a nuestra hada, entonces. Lo impensable había ocurrido. Y algo diabólico empezó a adueñarse de nosotros. La historia de Stephen daba vueltas y vueltas en nuestras cabezas embotadas por el alcohol mientras nos mirábamos, sonrientes, y empezamos a caminar hacia ella…

El libro, sin embargo, no nos había advertido sobre dos detalles muy a tener en cuenta: el primero, que capturado no es sinónimo de indefenso. Y el segundo, que las hadas están llenas de trucos. Ésta no necesitó de hechizos sofisticados ni ningún tipo de magia.

Le bastó con los anzuelos entrelazados en su cabello y sus dientes de cristal roto.

Cuando hubo acabado con nosotros, tomó de cada uno varios trofeos, para que recordásemos que no se debía jugar con lo que no se comprendía. Liam y Stephen no sobrevivieron a aquello, yo no tuve tanta suerte.

Se llevó mis ojos. Se llevó mi lengua. Se llevó mi cordura. Se llevó mis noches de sueño.


Nunca olvidaré la lección. Nunca podría. Todas las noches, cuando los demás pacientes duermen y nadie puede oírme gritar, ella viene a recordármela. Se tumba a mi lado y canta a mi oído durante toda la noche.

jueves, 10 de julio de 2014

ENTREVISTA A J.J. LUCAS ESCRITOR DE RENAISSANCE

J.J. LUCAS Y NUESTRO ENTREVISTADOR AITOR HERAS RODRÍGUEZ.

En el año 2023 un virus surgido de la nada arrasó la supremacía del ser humano en la Tierra. En apenas unas horas, el denominado virus “Verónica” se convierte en pandemia y muta a los seres humanos de forma salvaje. Un pequeño grupo de supervivientes permanecen fortificados y aislados en un área próxima a la ciudad de Nueva York, bajo el mando del coronel Newseth. 

Han pasado los años y la situación parece ya irreversible, pero el hallazgo de Thomas, que ha sobrevivido junto a su familia durante cinco años escondido en una solitaria granja, cambiará para siempre el porvenir de los supervivientes y, quizá, el de toda la raza humana.

Renaissance, La caída de los hombres es una novela de zombies aún más sofisticada de lo acostumbrado, donde aparecen aspectos tan actuales como la ecología o la posibilidad terrorífica de una pandemia que en apenas un solo día acabe con casi toda la humanidad.

"Primeramente agradecerle a J.J. Lucas el lujazo de haber disfrutado de esta entrevista en su compañía, arropados por una persona con una gran humanidad y humildad, la entrevista se nos hizo corta y esperamos que en las sucesivo nos pueda conceder de nuevo unos minutos más de su tiempo para volver a hablar de lo que más nos gusta a todos nosotros, escribir."

Pregunta: Lo primero de todo, ¿qué significa para ti la literatura?

J. J. Lucas: ¿La literatura para mí? Para mí es lo que quiero que sea mi trabajo. Y no te voy a decir lo típico de que es un campo en el que todo el mundo se puede expresar, porque ya hay demasiada gente que se expresa en el mundo de la literatura, y yo creo que sobran, o sobramos, no lo sé, bastantes autores, y creo que la literatura, tristemente, hoy por hoy, se está convirtiendo en un negocio. Y eso es para mí la literatura.

P: ¿Quién es J. J. Lucas?
JJL: J. J. Lucas es un fanático, un friki con las letras en grande, con letras de neón y explotando, que ha leído desde muy pequeño literatura que no era para niños, que ha visto cine que no era para niños, y que, al cabo del tiempo, todo eso, me ha ayudado a convertirme en autor, que es lo que estoy persiguiendo.

P: ¿Qué relación tienes con internet o las redes sociales?
JJL: Internet lo tengo como un medio a la hora de escribir fundamental, sin el cual no sé cómo los autores han podido sobrevivir todos estos siglos de atrás. Y las redes sociales lo tengo, pues como… empecé con ello de una forma obligada para la difusión del libro, pero luego te encuentras con gente que de otra manera no la habrías conocido, y la verdad es que te alegras, y lo tengo bastante activo, las cuentas de las redes sociales, precisamente por eso, porque te encuentras a gente interesante que quizá… tu vecino, la persona con la que tienes roce físico, no podrías conocer. Algo que es curioso porque es justo lo que se achaca a las redes sociales, que lo que hace es alejarte de la gente. Y a mí, sin embargo, me está acercando.

P: ¿Cómo y cuándo te iniciaste en la escritura?
JJL: Con nueve años. Con nueve años comencé a escribir un libro, sobre una leyenda escocesa, del año mil quinientos o mil seiscientos, y llegué a escribir bastantes páginas, pero bueno, lo dejé. A esa edad eres un niño, lo dejé, y la verdad es que siempre había tenido esa espinita clavada y mira, al final me ha salido bien.

P: ¿Hubo algo o alguien en especial que te impulsaran a escribir?
JJL: Sí, dos nombres. Uno es Arthur C. Clarke, que he leído libros suyos, y con llegar a ser la milésima parte de lo bueno que era él, me conformaría. Y luego, me ha encantado siempre la obra tanto, digamos, en el miso rollo, K. Dick, siempre le he idolatrado. Luego autores así, de, quizás, españoles, me ha encantado Delibes, me ha encantado Ortega y Gasset, me ha encantado Pío Baroja. Siempre he leído mucho, y ellos entre todos, porque creo que las influencias no deben hacerte escritor, sino que tú debes aportar algo más, como hicieron ellos. Si no, para eso, ya están ellos.

P: Ya que mencionas que has sido un gran lector, ¿qué esperas, como lector, en una novela o relato corto?
JJL: Más que lo que espero, es lo que no espero. Lo que no quiero es que me engañen, eso es lo que no me gusta. No me gusta que me engañen, que me vendan grandes faustos detrás de grandes editoriales, y que luego se esconda, dentro de un nombre lleno, un relato vacío. Eso es lo peor, eso es lo que no soporto y creo que, además, los lectores es lo que deberían mirar más, “No me hagas esto” a “quiero esto”, porque cuando te enfrentas a un libro no sabes a lo que te enfrentas.

P: ¿Qué importancia crees que tienen los premios en la vida de un escritor?
JJL: Ninguna. Ninguna importancia.

P: Y para ti, entiendo que no son importantes.
JJL: Para nada. El premio es que alguien a quien no conoces, a quien no has visto en tu vida, compre un libro tuyo y diga que le ha gustado. Eso es el verdadero mérito. Los premios, al fin y al cabo… Yo no he presentado nunca un relato mío a ningún premio, yo sabía que valía para la literatura

P: Me gustaría que me hablases de tus gustos literarios e influencias. Ya me has comentado algo de Phillip K. Dick, Arthur C. Clarke, los grandes maestros de la ciencia ficción.
JJL: Richard Matheson, Cormack McCarthy, “La carretera”, son libros que a mí me han ayudado mucho. Y autores que, quizá, no sean tan conocidos, pero que son buenos, pues como pueda ser en España Víctor Blázquez, el enorme Víctor Blázquez que tenemos, o, en su día, otros autores que no han sido reconocidos, que no se conocen, como Alberto Muñoz, que era un fenomenal escritor, pero bueno… Me ha influenciado todo tipo de cine y literatura, no sabría decirte tampoco, realmente, “este o el otro”.

P: ¿Qué sientes al tener en la mano tu propio libro?
JJL: Es extraño. Es extraño. Es extraño porque nunca piensas que una idea tuya, que tú crees que es buena, evidentemente, la propia autocomplacencia del ser humano, nunca piensas que eso le pueda llegar a importar a alguien. Y cuando ves que sí, es como… lo dirán muchos, es como tener una criatura hecha por ti.

P: Por lo que me ha comentado, entiendo que te ha gustado leer desde siempre, no eres un lector tardío.
JJL: No, no, no, desde siempre. De hecho, en el colegio, cuando decían “leed tal libro”, yo ya lo había leído, y al final me decían que leyera yo el que quisiera. Pues, por ejemplo, en el instituto, en mi primer año, presenté un trabajo sobre “2001: Odisea en el espacio”, cuando los demás estaban leyendo “Azules contra grises”.

P: Hay editoriales que afirman que ahora se lee mucho menos que antes. ¿Crees que esto es cierto?
JJL: No. Lo que pasa es que está más diversificado. Hay demasiados… Ten en cuenta que la literatura es, ahora mismo, el sector con más intrusismo del mundo. Escriben… Para cocinar, cocinan cocineros. Ejercer la judicatura, la ejercen abogados. Escribir, escribe prácticamente todo el mundo, toreros, periodistas, futbolistas, Belén Esteban, y seres humanos en general.

P: ¿Cómo crees que han influido las nuevas tecnologías en el mundo editorial?
JJL: Bueno, pues el e-book es un recurso más, además en la época en la que estamos, de crisis económica, porque son mucho más baratos. El problema es que al lector le gusta el “efecto trofeo”. Tener el libro. En un libro se puede guardar una fotografía, se puede apuntar algo bonito, algo que es para ti mismo. El e-book… A un libro no le afectan los virus, no se borra.

P: Pero eso en cuanto el lector. ¿Y en cuanto y a lo que es el propio mundo editorial?
JJL: Pues, el mundo editorial lo ignoro, no soy editor. Pero a la hora de escribir es fundamental por el tema consultas, distancias de escenarios reales. Yo, por ejemplo, soy un escritor que me esfuerzo en leer cosas de física. Lo que hago, por ejemplo, si un francotirador dispara una bala a kilómetro y medio, la bala tiene que sonar, tiene que llegar a los dos segundos exactos. Para eso sí ayuda.

P: ¿Qué es lo que más te gusta de ser escritor?
JJL: Estar delante del ordenador. Me siento grande, viajo donde quiero, y no tengo miedo delante del ordenador. Soy yo quien manda y… pero no soy yo quien manda, como muchos autores, en eso no estoy de acuerdo, es que yo juego a ser Dios. Yo soy un instrumento. Para mí la historia ya está escrita, a mí me llevan los personajes a las situaciones, y no al revés. Por eso, considero que no es realmente un escritor aquel que ya tiene la idea preconcebida porque eso es ser un contador de historias, que no es lo mismo que ser escritor.

P: ¿Qué esperas conseguir en el mundo literario?
JLL: Sé que es difícil, prácticamente imposible, pero quiero vivir de ello. Eso es lo que espero, vivir de ello. Además hay muchos autores que “nooo…”. Realmente lo que quieres es vivir de esto, porque es lo que me gusta y lo que más me apasiona y es lo que mejor sé hacer. No hay nada, otro ámbito de la vida, que sepa hacer mejor que escribir.

P: ¿Y cómo persona, qué esperas conseguir?
JLL: Enriquecerme. Enriquecerme siempre, conocer gente, vivir  experiencias, que es, al fin y al cabo, de lo que están formadas de las personas.

P: ¿Qué consideras que es, dentro de la literatura, el éxito?
JLL: Un instrumento que, bien utilizado, te puede ayudar, pero que, mal usado, te va a arruinar seguro.

P: ¿Cuál es tu opinión acerca del momento del mundo editorial, si es que tienes alguna?
JLL: Tengo la opinión de que hay demasiado. Se hace demasiado, se ha convertido demasiado en una industria de dinero, en la que no tiene cabida grandes autores, y no hablo de mí. Conozco a grandes autores que no han podido hacer nada, porque hay otros que están copando el sitio que les correspondería. Algo muy típico en este país.

P: Tú crees que en el futuro se publicará sólo en internet?
JLL: No. Van a convivir siempre, el e-book no va a exterminar al libro de papel. El libro de papel es demasiado importante y, además, hoy en día hay mucha gente que trabaja delante de un ordenador, y no imagino a alguien delante de un ordenador, llegando a casa y leyendo en otro ordenador.

P: ¿Qué significan para ti tus lectores?
JLL: Todo, lo son todo. A ellos me debo. Siempre les agradeceré, esté en el nivel que esté, siempre les agradeceré que compren mi libro, que lo lean, que opinen de él, que por la calle, como me ha pasado, me saluden y me den la enhorabuena. Para mí, los lectores son todo. Sin ellos, no existiría. Ni yo ni las grandísimas editoriales.

P: ¿Cuáles son tus proyectos futuros?
JJL: La segunda parte de Renaissance, por supuesto, y tengo varios proyectos interesantes, porque además ahora, el haber publicado en una editorial como Dolmen me abre las puertas a muchas editoriales, claro.

P: ¿Crees que los autores veteranos acaparan el panorama y taponan a las nuevas generaciones?
JLL: Hay muchos que sí. Hay muchos que, además, viven de su nombre. Te pongo un ejemplo. Hay determinados autores que si escribiesen una guía de teléfonos, y en la portada pusiesen su nombre, se venderían doscientos mil ejemplares antes de que nadie se diese cuenta. Al autor hay que juzgarle por lo que escribe, no por lo que es. Yo puedo ser Ken Follet, y Ken Follet puede escribir una mierda de libro. De hecho, lo ha hecho. De hecho, lo normal es que lo haga.


P: Me gustaría hablar un poco de tu primera y última novela hasta la fecha, Renaissance, la caída de los hombres. ¿Qué hay de ti en ella?
JLL: Todos mis miedos, mis frustraciones. Cuando un personaje es valiente es porque, quizá, tú en la misma situación crees que no lo habrías sido. Hay un poco de ti, pero, sobre todo, de gente que conoces. Es algo involuntario, no es algo que tú quieras hacer, pero, evidentemente, nosotros somos nuestras experiencias, la gente que nos rodea, y al final tienen que salir.

P: Los infectados de tu novela no son los típicos zombies romerianos, lentos y torpes. ¿Tenías claro que querías escribir algo distinto, dentro del género Z, o fue surgiendo a medida que avanzabas?
JLL: Totalmente. Quería acabar con la idea del contagio, quería acabar con la muerte del individuo, con su comportamiento, longevidad de la especie, quería acabar con todo. Porque es una cosa que, en contra de lo que otros piensen, a mí me parece que siempre hay sitio para la innovación. Entonces, yo, para escribir lo mismo, me aburriría, y yo no soporto el aburrimiento. Entonces he querido echar abajo muchas puertas que estaban cerradas desde hace demasiado tiempo. Y, por lo que me dicen los lectores, que son realmente los que juzgan y los importantes, lo he conseguido y lo he hecho bien.

P: ¿Cómo te documentaste sobre uno de los grandes personajes de la novela, la propia ciudad de Nueva York?
JLL: La ciudad de Nueva York, bueno, la conozco de todas las películas, evidentemente. Soy un devorador, un cinéfilo convencido y que ejerce y Nueva York es una ciudad en la que creo que la ventaja que tiene es que no tienes que detenerte tanto a explicar como si fuera otra ciudad que no conoce todo el lector. La ciudad, Nueva York, en todas las historias en las que aparece, es un personaje más. Entonces creo que me ha ahorrado muchos esfuerzos, aunque no es justo que yo me tenga que ahorrar esfuerzos, pero los he podido dedicar a contar situaciones, que verdaderamente son las importantes.

P: ¿Y sobre todo el aspecto militar?
JLL: Yo leo muchísima literatura de batallas. Me interesa muchísimo, sobre todo el tema de la Segunda Guerra Mundial. Creo que he leído más libros que algunos profesores de universidad. Se ve reflejado, sobre todo, en las escenas de acción. He leído libros como “Guerra absoluta”, “El soldado olvidado”, “Bravo dos zero”, “Blackhawk derribado”, son libros increíbles todos ellos, no sabría decirte cuál es el mejor de todos, y todos ayudan, y eso se nota en la literatura. Yo… me gustan las armas. No me gusta el fin para el que se construyen, no quiero que nadie tenga armas pero, tecnológicamente, las admiro.

P: Un detalle a tener en cuenta en tu novela es la detallada información que das acerca del pasado de los personajes. De hecho, creo que lo haces con todos. ¿Tú consideras que eso es algo fundamental o que se debería hacer?
JLL: Yo creo que en las novelas corales, como es ésta, si no damos profundidad a los personajes, se convierten en una comparsa de gente que no importa, que sabes que van a morir uno detrás de otro. Por eso, muchas veces, hay películas, hay libros que están considerados como una obra imprescindible y no lo son realmente porque sabes quién va a morir y quién no va a morir desde el principio. En mi obra nadie sabe quién va a morir, todos los tienen su vida. Y además, con ese pasado que tú les otorgas, que yo les otorgo, justificas sus reacciones y sus decisiones. Es importantísimo. Hay muchísimas novelas y muchas películas que no entiendes por qué deciden ciertas cosas. Aquí, en mi novela, a poquito que conozcas al personaje lo vas a entender, por qué decide, si es más egoísta, si es menos, su pasado, en qué le influye. Creo que todo el mundo debería hacerlo.

P: ¿Crees posible que la raza humana sea, al final, causante de su propia extinción?
JJL: Es indudable que la raza humana va a ser causante de su propia extinción. Muchas veces nos equivocamos con “nos estamos cargando el planeta”. No, no, no. Nosotros somos apenas un virus en la corteza del planeta. No somos nada. El planeta, en cuanto quiera, se nos va a sacudir de encima, pero vamos a ser nosotros. De hecho, si el ser humano quiere llegar a otro planeta es por qué sabe que aquí tenemos las horas contadas, ya en este planeta. Sí, sí, somos un arma, y de las más peligrosas del universo.

P: ¿Quiénes han sido los que más te han apoyado?
JJL: Mi madre, que con sesenta años se leyó el libro y le encantó. Mi novia, que aguantó todas mis peroratas sobre el libro y “qué te parece esto” y “qué te parece lo otro”, y mi hermano, mi hermano José, que ha sido mi primer fan desde el principio, el primero que me ha criticado, y el primero que me ha dicho “esto está bien”, “esto está mal”, y ha sido una pieza fundamental desde el principio.

P: Una pregunta, esta me interesa a mí. En tu reseña biográfica de Renaissance, haces mención a tus orígenes humildes y a que no pudiste estudiar en la universidad. ¿Eso cómo te ha marcado como persona y como escritor?

JJL: Pues, como persona, creo que me ha dado una humildad que, de otra manera, no habría tenido. Yo… hay gente que se avergüenza de ser de origen humilde y yo, al contrario, yo nunca me avergonzaré… no puedo avergonzarme de ser pobre o ser humilde. Podría avergonzarme de ser rico y haberlo conseguido robando. De eso sí podría avergonzarme. Pero, supongo que los de abajo tenemos más conciencia, y cuidamos más los pequeños detalles y sabemos disfrutar más de la vida. Por eso, no me obsesiono con Renaissance, si vende mil o vende cien mil. Lo que venga lo aceptaré como venga y, además, seré consecuente con quién soy y, sobre todo, de dónde vengo.

P: Y para terminat, ¿cómo te ves en veinte años?
JJL: (Pausa) ¿Qué te parece si quedamos y lo comprobamos, dentro de 20 años?
Entrevistador: Si estamos por aquí, venga. Pues esto es todo, muchas gracias.

Nos despedimos de J. J. Lucas con un agradecimiento y un potente apretón de manos.

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