viernes, 31 de octubre de 2014

REVISTA VUELO DE CUERVOS Nº1 "ESPECIAL HALLOWEEN"






Por fin llegó el día, el momento que estábamos masticando desde hace más de 4 meses.
Mi enhorabuena a todos los que habéis participado con ilusión y esfuerzo. Con amor por lo que hacéis y dedicación. Ha sido genial trabajar con todos y cada uno de vosotros. Pero esto no quedará aquí; se plantean proyectos futuros y nuevos números que si a bien lo queréis formarán parte nuevamente en este pequeño nido.
Os dejo los enlaces de la lista de música que a preparado Laura Clemente así como los vídeos de American Horror Story; ya que la revista no permite crear vínculos de dirección.

Y como no, el enlace a LA REVISTA, ¡QUE LA DISFRUTÉIS!





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9 Órbitas Concéntricas y Eléctricas


AHS – Murder House


AHS – Asylum


AHS – Coven


AHS – Freak Show









miércoles, 22 de octubre de 2014

EL CIELO ESTÁ ROJO





Aún recuerdo el cielo azul, infinito, resplandeciente, rodeado de nubes.
Lo recuerdo sobre todo en primavera, cuando las tormentas llegaban sin avisar y creaban una atmósfera ventosa entremezclada con un tono grisáceo que, aun pudiendo sentir oscuridad momentánea por el paisaje creado, era hermoso sentir la lluvia tropezando con mi cuerpo, mojándome la ropa, salpicándome los pies, mientras corría sonriendo a esconderme para seguir observando todo sin perder un segundo, disfrutando de los rayos que partían el cielo con su atronador sonido.
Se me ha pasado por la cabeza porque hoy lo extraño, y la razón no es si no por que el cielo ya no existe, ya no es azul, esta ahí, pero ya no es el mismo.
Ni siquiera hay nubes, y las noches son solo el registro terrorífico del fin del día, todo ha desaparecido.
Se vislumbra horror, miedo, tan brutal...,  apegado a nuestras espaldas sin que podamos levantar la cabeza sin verlo todo oscuro y rojo.
Es el color de la sangre que baña ríos y mares, el color de la humanidad después de la crueldad a la que hemos llegado.
Se respira a trompicones y el ambiente es pesado y a veces rompes a buscar en tu cabeza algún recuerdo que te haga pensar en como eran las cosas antes de todo esto.
Hay gente en las calles, éstas están llenas de papeles que revolotean acompañadas de un calor creado por la muerte de nuestra madre Gea.
Algunos jóvenes permanecen meciéndose y preguntándose el por qué de todo esto, por qué a nosotros.
Un señor con barba de varios días abraza a un niño de unos 6 años que llora desconsoladamente, no se conocen, pero se han encontrado y ahora se tienen el uno al otro, harapos recubren el cuerpecillo del pequeño que tiembla de miedo.
Y a mí que no me queda nada, ya no siento ternura por la escena, sinceramente, tampoco odio, si por mi fuera hubiese sido preferible verles perecer cuando el caos estalló; quizás eso es lo que antes denominaban compasión.
Las ratas pasean por encima de mis pies mientras paseo y observo todo lo que puedo, incluso ahora, no logro desprenderme del frío que recorre mi nuca.
Todo pasó por una simple razón, dejamos de ver más allá de nosotros mismos, dejamos todo al azar, y éste es caprichoso, la guerra no ha hecho más que empezar, aunque ya había estallado hace tiempo.

Nosotros luchamos unos con otros, por un sitio donde pasar las noches perpetrantes de vida. Lo intentamos, juro que los primeros días casi lo conseguimos; pero no habíamos aprendido a combatir sin venganza.
Y por el momento, parece que no queremos volver a empezar de cero, al menos yo. Acabo de matar a un hombre, la lluvia que antes tanto me gustaba ha penetrado mis ropajes ya desgastados, y necesito cambiarlos.
Nadie me juzgará ya por ello, somos lo que somos, y hacemos lo que hacemos, así que, tenemos lo que nos merecemos.
Prosigo mi camino, ya no me resguardaré jamás de la lluvia, no tengo nada de lo que pueda disfrutar, ni si quiera miro al cielo, cuando estos nuevos harapos ya no me sirvan, ya sé lo que tengo que hacer.
El cielo esta rojo y empieza a llover de nuevo.....



martes, 14 de octubre de 2014

CIERRA LOS OJOS Y DUERME, PEQUEÑA


CIERRA LOS OJOS Y DUERME, PEQUEÑA

La niña se acurruca al regazo de su madre. Abraza entre sollozos a su peluche, siente como el desconsuelo golpea su alma con insistencia: jamás podrá escapar de la oscuridad. El suelo está frío. Mamá desprende un poco de calor, y la niña tiene sueño.
Cierra los ojos y duerme, pequeña.
«Papá se ha portado mal. Ha llegado a casa borracho, como cada noche desde que perdió el empleo. Mamá le ha gritado, ya no soportaba la situación, tampoco a él. Papá se ha enfadado, y en un intento por agarrar a mamá, ha tropezado con la mesa y se ha golpeado en la frente con el aparador del salón. Papá sangraba, pero a mamá parecía no importarle.
—¡Lárgate a tu cuarto, niña! — le ha gritado antes de propinarle una bofetada. Con apenas cinco añitos no es la primera que recibe. Corre y se esconde debajo de la cama.
Gritos. Lloros. Reproches. Golpes. Y silencio. Un silencio aterrador y profundo envuelve la vivienda entre tinieblas. Ya no es un hogar. Hace tiempo que dejó de serlo, desde que papá perdió su empleo y empezaron a recibir los apremios de embargo. La niña tiene miedo. Miedo a su padre, a sus puños, a su mirada enloquecida. Miedo al monstruo. Y al silencio.»
Los primeros rayos de luz penetran por la ventana de la cocina. La niña sigue acurrucada junto a su madre, abrazada al peluche. Papá se ha marchado, no volverá. El suelo está caliente, mamá fría. La niña desentumece sus frágiles huesos mientras guarda silencio; temerosa, observa el cuello lívido de su madre a la espera de que esta despierte.
—Despierta, mami, tienes que llevarme al cole… —balbucea entre sollozos.

Mamá no abre los ojos, no los abrirá jamás. Esa noche han dormido juntas por última vez. En la calle se oyen sirenas. Pronto la arrancarán de su lado como papá le ha arrancado el alma. Por delante sólo oscuridad, una aterradora y perversa oscuridad que la acompañará durante toda su vida.





CABALGO

Llevo un rato tumbado en el suelo, estoy tranquilo. Suelo soportar las noches al calor del vino barato, pero está noche de Reyes es distinta y apenas padezco el frío. Mi casa de cartón se encuentra más cálida que nunca. Oigo el griterío de los niños al paso de la cabalgata, y me recuerdan que tuve una bonita infancia. Quiero levantar la mirada y contemplar sus rostros sonrientes, tal vez entre la multitud encuentre a mis hijos. Me gustaría verlos, esta noche los necesito a mi lado para pedirles perdón por no haber sido un padre para ellos. También a ella, sé que le hice daño.
No puedo moverme. Mi mente vuela. Mi corazón late despacio, con un compás desganado y fúnebre. Veo ante mí una sombra que se aproxima. Sus ojos son profundos y aterradores;  me produce escalofríos. Muestra una sonrisa macabra y me abraza. Debería sentir miedo, pero su delicadeza es agradable y su abrazo aterciopelado. Me envuelve con su calor, con su ternura. Arranca la jeringuilla de mi brazo y me lleva con ella, lejos. Termina con mi sufrimiento.
Hacía tanto tiempo que no me sentía bien, que estoy abrumado.
Cierro los ojos y dejo que la brisa acaricie mi rostro. Cabalgo a lomos del caballo hacia la estrella de Oriente. Esta noche soy especial, mañana seré una estadística sin llanto. Un cuerpo abandonado en la morgue de algún hospital. Un trozo de carne cubierto con una sábana blanca a la espera de que alguien vaya a retirarlo para darle una sepultura digna, que quizá no merece, pero que todo ser humano debería tener.


lunes, 13 de octubre de 2014

UNA HISTORIA DE FANTASMAS


Le hubiera gustado caminar más deprisa. No sabía cómo pero el tiempo se le había echado encima. Ahora los días de otoño eran más cortos, paseando sobre las hojas secas , se sentía menos sola escuchando el crepitar bajo sus pies. El agua cristalina de la superficie del lago mantenía todavía restos del calor del verano, lo que provocó una densa niebla que la acompañaba desde hacía unos minutos, impidiéndole ver más allá de varios metros. Ese aire, teñido de blanco, creaba un ambiente opaco produciendo un efecto onírico, casi romántico, que al andar cubría su ropa de pequeñas gotas. El cielo se mantenía poco cubierto, prácticamente despejado pudiendo contemplar un manto estrellado. Intuía los árboles a ambos lados del camino, crujidos de ramas y sonidos casi imperceptibles de los animales que allí habitaban, aspiro el aroma del bosque resultándole pesado. Todo estaba cubierto por una pátina de tranquilidad, hoy no habían tenido ningún bombardeo.
Pensó en el final de la guerra, la gente murmuraba que ya estaba cerca, seria fantástico volver a vivir sin las alarmas antiaéreas, sin los cortes de luz, no se acostumbraba a las velas, dejaban demasiados ángulos oscuros, sombras que temblaban; no era extraño que, antiguamente, la gente viera tantos fantasmas, como bien dijo alguien que ahora no lograba recordar: «Con la luz eléctrica los fantasmas habían desaparecido». Y puede que fuera verdad.
Su casa de dos plantas la esperaba, algo iba mal, la puerta de madera añeja de roble, estaba abierta. Sus padres siempre la mantenían cerrada a esas horas. Aceleró el paso subiendo los escalones del porche casi sin tocarlos. Se encontró sin resuello mirando un fuego vivo que ardía con fuerza en la chimenea, el silencio de una tumba lo envolvía todo. Aproximándose a las llamas buscando un respiro, vio un hermoso ramo de rosas rojas sobre la mesa. ¿Rosas en este época?, murmuró, ¿Quién las había traído?
Tuvo miedo por primera vez cuando las olio comprobando que no desprendían ninguna fragancia, ese miedo la ayudo a despertar del letargo gritando el nombre de sus padres, hermanos, de la criada… Pero las estancias sólo le devolvieron su propia voz, un eco, que no respondió nadie.
Estarán en el refugio, se dijo a sí misma.
Abandonó la seguridad que le ofrecía la leña ardiendo, se acerco detrás de la vivienda donde su padre había construido un sótano para protegerse de los bombardeos. Abrió la trampilla, sintiendo otra vez que algo no encajaba. Una oscuridad helada la esperaba abajo, una negrura que olía a tierra húmeda y putrefacción. Desde arriba volvió a gritar sus nombres. Nada, silencio absoluto, o eso parecía. Un ruido de alguien arañando le hizo encender una de las velas que tenían dispuestas para pasar allí las horas. Bajó despacio, buscando la procedencia de esos sonidos; en el suelo, arrastrándose, arañando las planchas de madera que cubrían la tierra, encontró a Ana, la criada. Le enseñó unas cuencas vacías sangrantes, junto a una cabeza casi partida por la mitad, simplemente era imposible que eso siguiera vivo, imposible. Tiró la vela encendida. Sus gritos acallaron todo lo vivo del bosque, subió a toda velocidad cerrando de un porrazo la trampilla: Cuando llegó a la casa cerró de otro golpe la puerta, corrió los cerrojos con tanta fuerza que uno se dobló. Entonces escuchó unos ruidos en la planta de arriba, como si patearan el suelo. Las ventanas se abrieron de par en par, la niebla invadió el interior de la planta baja, el fuego se apagó. Ella se quedó quieta, paralizada, alguien bajaba por la escalera.
Los pasos se detuvieron, los escalones dejaron de crujir, su mano temblorosa encendió una nueva vela que olía a miel. En la escalera no había nadie. Comenzó a subir. No sabía de dónde sacaba las fuerzas que la acercaban a la planta de arriba. Sintió sus ojos humedecerse al recordar a su familia.
En medio del pasillo, vio a sus dos hermanos pequeños, cogidos de la mano, con ropa inadecuada para este tiempo ya fresco.
— ¿Adriadna, dónde estabas? —Le dijeron con un tono de voz tan bajo, que casi era un susurro.
Por un instante quiso abrazarlos, pero no ¿Qué les pasaba? Por favor… sus cabezas, también estaban abiertas, escapando algo blanco que se movía ¿Gusanos?
—No —gritó, estáis muertos, estáis muertos.
La puerta de la habitación de sus padres empezó abrirse. Sabía que no podría soportar otra imagen desgarradora, se encerró en su cuarto haciéndose un ovillo encima de la cama. Un ras ras, sonaba en una de una de las paredes. Miró. La estaban traspasando.
—Dejadme en paz, estáis muertos, dejadme en paz —gritaba, mientras unos brazos ya se adentraban en su cuarto. Les siguieron sus cuerpos, En silencio se fueron acercando hacia ella.
Notó una caricia sobre su pelo, así la acariciaba su madre. Entre espasmos de miedo y llanto se obligó a mirarla. Aunque la luz de la luna iluminaba lo suficiente, no vio a ninguno de ellos reflejado en su espejo de cuerpo entero, a ninguno, ni siquiera se vio ella, entonces recordó aquella noche, el bombardeo, corriendo sabiendo que no les daría tiempo de abandonar la casa. Los miró uno a uno, ahora ya no tenían nada en la cabeza, eran tal y como siempre fueron. Juntos abandonaron la habitación para regresar de nuevo al salón donde el fuego volvía arder. Según bajaba le llego un embriagador perfume, ya podía oler las rosas.