miércoles, 25 de marzo de 2015

ENTRE MUROS BLANCOS



“Entre muros blancos”


Jaime prestó atención a los sonidos que llegaban desde las habitaciones contiguas.
—Si cierras los ojos desaparecerán, si cierras los ojos desaparecerán, si cierras los ojos desaparecerán...
La misma frase de siempre, recitada con aquel ritmo de letanía que se modulaba continuamente desde un murmullo hasta un grito colérico. La vecina del pabellón 2A.
Cuando apagaban la luz, la voz inconfundible del habitante del 2C se convertía en un llanto incontrolado al que acompañaban invariablemente las palabras:
—¿Hay alguien ahí? ¿Quién eres? ¡¡¡Quién eres!!!
Los pasos profesionales resonaban por el pasillo, levantando ecos que vigilaban los trastornos del sueño.
El paciente agresivo, el medicado y atado, el que solo hablaba frases inconexas, el que forcejeaba consigo mismo... incluso el que se creía sano. Todos formaban parte de aquel pedazo del mundo de los vivos. Porque, a pesar de todo, él seguía en el mundo de los vivos. A pesar de las puertas abiertas y del laberinto en el que se habían convertido sus pensamientos.
El sonido desde el 2D le llega amortiguado. El discurso de un hombre formal y juicioso que se aferra a un nombre equivocado. Todas sus palabras pierden coherencia al afirmarlas como el genio que lleva siglos muerto. Una personalidad usurpada... una inteligencia desperdiciada.
Pabellones invadidos por motivos que laceran la razón y la hacen vagar por parajes desconocidos.
En el caso de Jaime fue su actividad personal la que salió más herida. Todas aquellas puertas abiertas que se negaba a atravesar, todo lo que dejó de explorar porque sabía que era el camino que le sacaría del mundo de los vivos.
Un diluvio de reproches. La incomprensión mirara dónde mirara. Pero no atravesó aquellas puertas, no consiguieron que saliera de la seguridad de su propio agujero.

La letanía del 2A  aumenta su volumen y con ello su angustia. Pobre muchacha, nunca podrá escapar de sus propios fantasmas. Llevaba una eternidad cerrando los ojos y no servía de nada... nunca le serviría de nada. Avanzan hacia ella suspendidos en el aire, con pies descalzos que no rozan el suelo, con miradas vacías que se clavan en sus ojos y con unas manos extendidas que nunca llegan a tocarla. Nunca llegaban a rozar su piel porque su único propósito era atormentarla y para eso no necesitaban el tacto ni ningún otro sentido. Nunca desaparecerían de su lado.
Eran sus fantasmas, eran sus mentiras y todo el mundo sabe que uno no puede huir de sus propias mentiras. Y ahora toda su vida se limitaba a una más.
—Si cierras los ojos desaparecerán...
Una mentira más que se esforzaba en creer.
—Si cierras los ojos desaparecerán, si cierras los ojos desaparecerán...
Pero nunca lo hacían. Al abrir los párpados seguían allí, difuminados entre sus lágrimas, con las manos extendidas hacia su conciencia. Las mentiras nunca desaparecen, se quedan creadas para siempre.
Jaime seguía tumbado sobre su espalda. Rodeado de la blancura que llenaba los muros acolchados del pabellón 2B. Muros blancos, incluso sumidos en aquella oscuridad, porque él sabía que eran blancos y eso era suficiente para que no perdieran su color cuando no podía verlos.
Él sabía que la oscuridad no altera la esencia de las cosas. Con o sin luz todo seguía siendo igual. Él sí lo sabía, no como el niño.
El niño siempre le había tenido miedo a la oscuridad, incluso cuando se iba haciendo mayor. Incluso cuando llegó el momento de dormir con la lamparita apagada. Seguía sintiendo miedo y tomaba precauciones, pero ya se estaba haciendo mayor. Dejaba la puerta entreabierta, cerraba el armario, bajaba las persianas y corría las cortinas… Pero aquella noche no miró debajo de la cama. Se estaba haciendo mayor.
Y esa noche, debajo de la cama, algo denso y oscuro empezó a crecer. Se movía de forma lenta y acompasada como si fuera un corazón que palpitaba silencioso, y crecía, y crecía.
Salió deslizándose por el suelo y subió sobre las sábanas que cubrían al niño y el niño que se estaba haciendo mayor abrió los ojos justo en el momento en el que aquella sombra lo engullía. Una sombra que hacía más negra la oscuridad que tanto le amedrentaba.
Y el niño siguió creciendo y jamás dejó de tener miedo a la oscuridad y ahora,  cuando apagan la luz, Jaime lo escucha gritar desde el pabellón 2C.
Todos, a su manera, continuaban en el mundo de los vivos, incluso aquel que había escogido ser alguien muerto... tal vez porque su razón había conseguido engañarlo o tal vez porque su admiración por aquel filósofo era tan fuerte que había decidido que merecía estar vivo. Quizás encontró más méritos en aquella vida que en la de su propia persona. Y decidió ser él, conscientemente o no, quién sabe, pero ahora sus palabras, sus gestos y hasta sus recuerdos se habían convertido en los de aquel otro que, según su raciocinio, nunca mereció morir.
Todos. Todos seguían unidos a este mundo por algún débil e invisible vínculo al que ni ellos mismos sabían cómo estaban atados.
Pero el pabellón 2B era diferente. El vínculo era grueso y consistente porque había sido escogido por propia voluntad.
Aquel agujero blanco y acolchado era todo lo que Jaime deseaba.
Su diagnóstico decía que le protegía de él mismo pero eso era porque los demás no entendían nada.
Él quería vivir. Quería seguir vivo y por eso no pudieron obligarle a atravesar aquellas puertas abiertas. El mundo, de pronto, se había convertido en un lugar demasiado grande, una inmensidad amenazante que lo esperaba fuera de todas aquellas puertas abiertas... porque siempre hubo demasiadas puertas.
Hasta que un buen día se le ocurrió, encontró el modo.
Pero todos se equivocaron con él. Quería seguir viviendo. Nunca lo entendieron.
Se amputó las piernas porque quería seguir vivo. Se desprendió de aquellos apéndices que le incitaban a cruzar las puertas para que el mundo exterior lo engullera. Perdió el conocimiento en medio del charco de sangre, con la sierra de calar aún en la mano y una sonrisa de triunfo adornando su cara.

Despertó allí, en el pabellón 2B. En aquel pedazo del mundo de los vivos, blanco y acolchado, sin puertas abiertas... Por fin, sin puertas abiertas.