jueves, 22 de octubre de 2015

EL REGALO

Sentada en el suelo, con aquella delicada caja de madera sobre su regazo, Clara parecía una muñeca de porcelana. Su blanca piel, más blanca si cabe por efecto del terror, y su melena negra contrastaban en loca armonía a la luz de los candelabros.
Hacía tiempo que no prestaba atención a los ruidos que rodeaban su habitación. Había superado el umbral de terror. Una hora antes su miedo era tal que ella sola había conseguido mover su pesado armario para colocarlo frente a la puerta. No estaba segura de cuánto podría soportar las furiosas embestidas que estaba recibiendo desde el otro lado, pero era lo único que había podido hacer. Esa muralla improvisada ofrecía una precaria ventaja sobre la bestia que rondaba su habitación. Aquella insistencia por entrar sólo quería decir una cosa: era la última persona viva en toda la casa.
Se le escapó una lágrima pensando en su madre. Ella se había enfrentado a su hermano para que tuviera una oportunidad de escapar. Él no había tenido piedad. La había despedazado mientras ella corría toda la longitud de aquel largo pasillo hasta alcanzar la escalera hacia su cuarto. Entonces se dio cuenta de su error. Mientras escuchaba los gritos de dolor de su madre, comprendió que tenía que haber bajado las escaleras y haber corrido en espacio abierto. Ahora se había encerrado en su habitación y sólo era cuestión de tiempo que su hermano consiguiera entrar. La única oportunidad de Clara era el amanecer, pero la noche era lenta. Discurría pesada envuelta en su terciopelo azul. Sin querer, al hilo de sus pensamientos, sus ojos se volvieron hacia el marco de la ventana.
El viento bailaba con delicadeza con las cortinas, mientras en el cielo, una dura luna llena dominaba el firmamento eclipsando con su luz azulada todas las estrellas. Era como el ojo que todo lo ve, imponente en su mar de oscuridad. Nunca la luna le había parecido tan brutal, tan dura. No había fantasía en aquel disco nacarado, no había amor ni romanticismo. Era una amenaza circular prendida de la noche. Estaba allí para cobrarse su vida, y su hermano había sido elegido como el ejecutor necesario.
La caja de madera le transmitía calor. Sabía qué había dentro, pero nunca lo había comprendido hasta ese momento. Recordó a su padre el día que le hizo aquel regalo. No fue en su cumpleaños, ni en Navidad ni en ninguna otra fecha señalada. Una noche, cuando ya estaba acostada, llamaron a su puerta. Escuchó su voz grave pidiendo permiso para entrar. Después se sentó en su cama y le ofreció aquella caja.
—¿Qué es esto? ¿Un regalo? —preguntó emocionada.
—Un regalo que preferiría no tener que hacer —respondió el con gravedad—. Quiero que me escuches con atención:
»Esta caja lleva siglos en la familia, Su contenido ha cambiado acorde con los tiempos, pero no el motivo de su existencia. Ha habido momentos en los que ha pasado décadas escondida, pero de vez en cuando, es necesario que aparezca. La frase que está grabada en su exterior –pasó los dedos por el grabado— no corresponde con ningún idioma actual. En realidad no corresponde con ningún idioma humano –aclaró—. Esta era la lengua que hablaban los que vivieron aquí antes que nosotros.
»El pasado fue belicoso —siguió hablando—. En un mundo donde nunca amanecía. Las criaturas que aprendieron a alimentarse de la luz de la luna tomaron ventaja. Eran imparables, fuertes… casi podríamos decir que eran perfectas, pero eso era sólo una apariencia. Su voracidad sin límites era incompatible con su futuro, además de ser extremadamente contagiosa.
»Consiguieron ocultarse en otros seres: eso los salvó, Pero no contaron con que sus anfitriones los dominarían, los someterían a sus propia naturaleza y los contendrían en su interior. Sin embargo, la prisión no es perfecta. En ocasiones escapan e intentan contagiar su progenie infame a otros seres, confiando en hallar el eslabón débil de la cadena que les permita escapar de nuestro control.

Se paró un momento. Parecía un hombre derrotado. Clara no recordaba haberlo visto nunca así.
—Los varones de mi familia somos esos eslabones débiles —dijo con pesar—. Tu madre lo supo antes de casarnos, y aun así aceptó. Cuando tú naciste respiramos tranquilos, pero cuando después vino tu hermano al mundo… bueno —sus ojos se humedecieron—, supimos que había vuelto a ocurrir.
»Yo mismo atendí el parto, tú no puedes recordarlo porque tenías sólo dos años. En mi condición de médico militar no tuve problema para rechazar la presencia de una partera. Tenías que haberlo visto -se cubrió los ojos con la mano como si temiera que las imágenes se escaparan a través de ellos—. Nació bajo una luna negra. Sólo se da cada doscientos años —explicó—. Estaba completamente cubierto de vello. Tuve que pelear con él para separarle de la placenta: la estaba devorando. A los tres días comenzó a perder el pelo y por fin aceptó el pecho. Es un hijo maravilloso, y creo que también es un gran hermano para ti, pero, créeme, llegará un día en el que tengas que defenderte de él. Entonces entenderás el porqué de este regalo. Mañana va a cumplir quince años. Puede ocurrir en cualquier momento.

Su padre era la imagen de alguien confesando un crimen.

Clara, acariciando las suaves lajas de nácar incrustadas en el ébano de la caja, releyó por enésima vez la frase grabada a fuego.
“Aquí duerme la bestia”.
No conocía los símbolos, ni era capaz de pronunciar la frase original, pero sabía que esa era la traducción.
Un ruido la sacó de sus pensamientos. No era al otro lado de la puerta: era en la ventana. La bestia estaba trepando por la fachada de la casa. Una garra apareció en el alféizar. Una mano cubierta hasta los nudillos de una pelo negro y lustroso, brillante con destellos azules a la luz de la luna, que alimentaba su necesidad de d muerte. Al extremo de los dedos unas uñas negras y afiladas marcaban la madera del marco. Un segundo después la otra garra estaba a la vista. Clara abrió la caja y se preparó.
Su hermano no tardó en mostrarse completamente. Acuclillado en el marco, recortada su silueta contra aquella luna de plata. Su cuerpo, apenas cubierto por los restos de la ropa, mostró su torso poderoso expandido por la posición de los brazos a ambos lados de la ventana. Sintió la luz azul a la espalda y levantó su cabeza poderosa en un rugido inhumano, más un lamento que una amenaza. Pero era lo que su naturaleza dictaba. Tenía que matar.
La bestia descendió hasta el suelo de la habitación. Se detuvo y la miró a los ojos.
Clara entendió. Le estaba dando tiempo. Había en sus ojos un brillo de humanidad, un destello que pedía terminar con todo aquello. La estaba pidiendo un acto de caridad.
Abrió la caja. Ahora entendía el contenido:
Una pequeña pistola, y dos balas de plata.