lunes, 23 de noviembre de 2015

"LA LEYENDA DE LA ISLA SIN VOZ" de VANESSA MONTFORT

Hay veces, muchas, en las que una portada llama tanto tu atención que necesitas comprar el libro, da igual si el tema va con lo que sueles leer o no, hay una indescriptible sensación de pagarlo y llevártelo. Pues con “La leyenda de la isla sin voz” me pasó que, tras leer la sinopsis, necesitaba sumergirme en sus letras. Y es que, aunque no soy de leer este tipo de novelas, su historia es, cuanto menos, misteriosa y emotiva.

Sinopsis:
“Nueva York, enero de 1842: la tenebrosa isla de Blackwell es uno de sus secretos mejor guardados. Ubicada en el East River frente a Manhattan, es conocida por albergar un temido manicomio, un penal, un asilo y un orfanato, el "basurero humano" de la ciudad más poblada del mundo que en ese momento aún sueña con su estatua y sus rascacielos.Un joven escritor inglés llega a Nueva York: Charles Dickens tiene sólo treinta años pero ya se ha convertido en el novelista más célebre de su tiempo. Viaja para encontrarse con sus contemporáneos Washington Irving y Edgar Allan Poe, sin embargo al llegar a su hotel recibe un misterioso anónimo que le invita a visitar la isla de Blackwell. Allí será recibido por las oscuras autoridades de La Isla y por la enfermera Radcliffe, una joven comprometida y soñadora, que será su compañera en esta aventura. Poco a poco se irán desvelando las peligrosas tramas de corrupción y crueldad de Blackwell y por qué, en una de las primeras fotografías de la época, el escritor aparece rodeado de un variopinto grupo de reclusos, huérfanos y locos que se atrevieron a soñar con la libertad, a pesar de estar confinados frente a la ciudad que se convertiría en su símbolo. Los protagonistas de una era que finaliza en nuestro siglo y que hoy cobra más actualidad que nunca. Una apasionante historia de amor y amistad sobre cómo la imaginación y el poder de las historias pueden salvarnos en un mundo que amenaza con romperse.”

“La leyenda de la isla sin voz” hace que viajemos por dos épocas diferentes hasta la isla de Blackwell situada en el East River, Nueva York. Una la que sitúa a un joven Charles Dickens a sus treinta años en 1842 y otra en 1862.

En 1842 Dickens viaja hasta Nueva York, por esa época ya es un prestigioso y conocido escritor que, además, realiza actos filantrópicos en los lugares que visita. Todo cambia cuando recibe una carta invitándole a visitar la isla de Blackwell con el aliciente de que “guarda un secreto”, donde se encuentra un penal, un reformatorio, un manicomio y un orfanato. Sin pensárselo mucho, viaja allí con ganas pero enseguida encontrará una injusticia social y actos deplorables hacia todos sus habitantes por parte de los dirigentes de la isla. Pero, aunque parece imposible que nada se pueda hacer ante todo eso, logrará bajo la ayuda de la enfermera Anne Radclife, darle los mejores días al pequeño grupo que ambos reúnen y que, de forma inesperada contribuyen a que Dickens elabore una de sus  más famosas obras: “Cuento de Navidad”.
Pronto creará un vínculo casi inseparable y emotivo alrededor de los niños Tim y Ratón, y adultos Florita (chamana), el gigante Tom o Lili…todos ellos imprescindibles para que Dickens entienda la labor que debe desempeñar mucho más allá de ver, vivir y comprender la historia encerrada en Blackwell. Todos los personajes están tratados con respeto y con una gran y estremecedora historia por detrás que nos hará emocionarnos a cada página que vayamos pasando.
Conoceremos a un Dickens muy diferente del que muchos de nosotros tengamos en mente. Honesto, valiente y sobre todo recto y luchador por la sociedad desahuciada en la isla, comprometido con sus ideales, con el amor y la amistad.
La forma de narrar de Vanessa es soberbia, llevando un hilo conductor muy bien elaborado, plasmando en cada descripción y escena la atmósfera perfecta para las dos épocas en las que nos hace viajar.

Una novela emotiva, que te provoca el llanto por momentos y alegría e impotencia a la vez, que te sumerge en la miseria pero te enseña todo lo bueno que ven las personas sumidas en ello y que no son ni somos capaces de ver los que más tenemos o tenían en aquella época.

Para terminar puedo decir que algunos dirán que parece una novela del propio Dickens pero no, porque su autora ha conseguido hacerla propia al plasmar una época victoriana con todos los contrapuntos fuertes y necesarios consiguiendo así una obra soberbia destacando en pleno siglo XXI.

Sin duda una lectura que no debe faltar en vuestra biblioteca.



LA AUTORA:

Vanessa Montfort (Barcelona, 1975). Novelista y dramaturga, es licenciada en Ciencias de la Información y reside en Madrid desde la infancia. Comenzó su carrera literaria durante los años universitarios estrenando Quijote Show (1999), Paisaje transportado (2003) y Estábamos destinadas a ser ángeles (2006), año en que se alzó con el XI Premio Ateneo Joven de Sevilla con su primera novela: El ingrediente secreto (Algaida, 2006). Unos meses después, recibió la invitación del Royal Court Theatre (Internacional Residency for Emerging Playwrights, 2007) y repitió en 2008 (Spanish Voices). Su paso por el Royal Court le permitió trabajar con directores británicos como Lindsey Turner y Fiona Laird, realizar talleres con Harold Pinter, Tom Stoppard, Martin Crimp y David Hare, dejando traducidos al inglés Flashback (Royal Court Theatre, 2007), La mejor posibilidad de ser Alex Quantz (Southwark Playhouse Londres, 2008/Fringe Madrid 2012) y La cortesía de los ciegos, cuya versión radiofónica reestrenó RNE en 2012 con apoyo de la SGAE y el INAEM. En el proyecto, a cargo de Nicolas Jackson, participó junto con los dramaturgos Alfredo Sanzol, José Sanchis Sinisterra y Juan Mayorga. Su confirmación como novelista le llega al ganar con su segunda novela Mitología de Nueva York el premio Ateneo de Sevilla 2010, galardón que han recibido escritores de la talla de Juan Marsé, Carmen Conde o Fernando Marías. En 2012, continúa su carrera como dramaturga realizando junto con Marina Bollaín, la primera versión teatral de La Regenta (basada en la novela homónima de Leopoldo Alas Clarín), una producción de Los Teatros del Canal de Madrid. A finales de ese año, dirigió Tres desechos en forma de ópera, del compositor Jorge Fernández Guerra, en el Teatro Guindalera de Madrid. En 2013, ha escrito y dirigido el monólogo musical Sirena negra y ha recibido dos encargos internacionales: Chalk Land (Tierra de tiza, para el Royal Court Theatre de Londres) y Balboa (Teatro Nacional de Panamá) para conmemorar el V Centenario del Descubrimiento del Mar del Sur. Su obra El galgo fue publicada por Fundación SGAE. "Su obra -teatral y narrativa- ha sido recogida en numerosas antologías y estudios críticos tanto en Europa como en América. Otros reconocimientos a su trabajo son: el Premio Nacional Cultura Viva 2009 al autor revelación del año y la Orden de los Descubridores (Universidad St. John's de Nueva York). La Ciudad Ficción, como la autora denomina Nueva York en su obra, es ya parte de su universo literario. Su última novela es La leyenda de la isla sin voz (Plaza y Janés, 2014). (Biografía extraída de la página web oficial de la autora: http://vanessamontfort.com).

Título: La leyenda de la isla sin voz
Autor: Vanessa Montfort
ISBN: 978-84-01-34205-9
Editorial: Plaza & Janés
Género: Narrativa
Páginas: 425
Precio: 18,90 €


Reseña: Lorena Raven


miércoles, 11 de noviembre de 2015

EL NEGRO


Me gustaba escribir. Y lo digo en pasado porque ya no me gusta. Ahora odio todo aquello que tiene que ver con un papel y un lápiz, con una máquina de escribir o con un ordenador. Incluso ver un libro me horroriza.
       Y todo por mi avaricia…
     Noelia era feliz. Una niña traviesa. Una pequeña revoltosa de cinco años que llenaba mi espacio, mis horas y mis días.
       Esto lo digo ahora, porque no puedo escribirlo. Desde la celda 313 grabo en una pequeña cinta mis pensamientos, que bullen locos y pugnan por salir de mi cabeza. Necesito sacarlos de mi mente para no enloquecer.
       En aquellos años no imaginaba que añoraría sus risas, sus gritos y sus rabietas. Para mí era molesto tener que aguantarla fin de semana sí, fin de semana no, en la gran casona que me había comprado con el premio Cervantes.
       A partir de aquello ya no fui el mismo. Me llovieron ofertas de todas las editoriales y solo pensaba en escribir y escribir. Comía en el dormitorio, dormía en el sofá para no perder ni un minuto de descanso. Sin vestirme, sin ducharme, sin afeitarme.
     Noelia pasó a un segundo plano. Jugaba con sus muñecas en el cuarto de los niños y, cuando se aburría, se pasaba las horas muertas pegada al televisor.
     El trabajo fue acumulándose. Fui incapaz de seleccionar ofertas y firmé todos los contratos que me pusieron sobre la mesa. Y una mañana me di cuenta de que me sobrepasaran los encargos. Iba a ser incapaz de entregar en plazo las novelas. Ya había cobrado anticipos de derechos de autor y no podía devolverlos. La sobredimensionada hipoteca de mi mansión se comía todos mis ingresos.
       Y pensé: «Algo tengo que hacer para salir de este embrollo».
      La solución apareció en mi propia casa. Una voz me habló, en sueños, la noche de los muertos.
        —Yo te puedo conseguir un negro. A cambio, necesito algo tuyo que me alimente.
      En mi angustiosa ansiedad no quise razonar la locura del pedido y accedí al trueque. No recordé que Noelia estaba en casa, que pasaba ese puente conmigo porque Irene se había ido de crucero con su nuevo novio, veinte años más joven que ella.
      La voz me guió hasta mi habitación y me dijo que durmiera esa noche como nunca lo hubiera hecho. Al día siguiente mi nuevo empleado, el negro, haría el trabajo sucio por mí y todas las novelas se entregarían a tiempo.
      Así que, antes de acostarme, me bebí una botella de bourbon para celebrarlo, y me acosté en mi cama por primera vez en años.
    Me despertaron los gritos agónicos de mi hija. Miré el reloj de la mesilla y, sorprendido, observé que eran las doce de la noche. No había dormido apenas nada.
    Los alaridos eran dolorosamente hirientes en mis oídos. Como si mi hija se estuviera reventando por dentro. Corrí a su habitación y, al verla, mis gritos de terror se oyeron a los suyos.
      De su boca surgía una mano, que se abría paso desde el interior de sus entrañas. Se le abrieron los labios y la sangre comenzó a fluir de su cara desencajada. La mandíbula hizo un ruido, como un chasquido, que todavía oigo en sueños, al partirse. Sus ojos se salieron de las órbitas, arrancados violentamente desde el interior, mientras un ser salido del infierno se abría paso, surgiendo de su cuerpo desmembrado y roto. Era un negro.

    La policía llegó alertada por los vecinos. No tuvo que insistir mucho en mi detención. Todas las pruebas apuntaban a mí. Desde la cárcel observo el mundo y recuerdo lo ocurrido. Cometí un error absurdo en la noche de difuntos. Y ahora lo pago caro, muy caro.
     Acusado de asesinato con ensañamiento, me condenaron a cadena perpetua. A veces, el guardia, para divertirse, me enseña fotos de negros desnudos. Solo con mirarlos dos segundos enloquezco, y me encierran en una celda de aislamiento hasta que me tranquilizo.
     Irene no me lo ha perdonado ni me lo perdonará. Se quedó la mansión y sé, por mi abogado, que la vendió. No me creyó cuando le conté lo que pasó realmente, pero dijo que en aquella casa oía risas y voces extrañas.

   Espero que quien adquiriera la casa nunca pida un deseo en la noche de Halloween…



jueves, 5 de noviembre de 2015

WEST CROW

El montículo de tierra situado en mi espalda se ha clavado en mis vértebras como una astilla diminuta que perfora sin esfuerzo la piel para incomodarte hasta que la sacas.
Remuevo la lengua dentro de mi boca y… oh, sí, me falta algún diente que no sé dónde ni cómo llegué a perder.
Se me olvidó hace tiempo el sabor de la sangre, o lo que duele sentir el frío clavado en mis  huesos carcomidos.
Mis párpados se desperezan después de tanto tiempo y es que es demasiado como para recordarlo y aunque ha pasado un año desde la última vez, parece que lleve una eternidad aquí encerrado. Puedo mover mis ojos pero todavía me cuesta parpadear lo suficiente, aunque me da igual, no lograré lubricar mis lagrimales por mucho que lo intente.
Soy consciente de todo, y qué demonios, en el fondo me gusta.
Una vez al año se enciende una luz, me saca de mi sueño y la sigo. No es posible alcanzarla porque cuando estiro el brazo para tocarla con mis largos y mugrientos dedos la muy mal nacida desaparece. Entonces despierto, aunque no de manera normal porque yo, yo ya estoy muerto. Sí, ya no pertenezco ni a este mundo ni al otro.
La primera vez no había pasado mucho de mi muerte, o al menos eso creo, porque todavía no había perdido la coloración en mi piel ni tampoco tenía las uñas putrefactas y descascarilladas. Las siguientes veces fueron tan desagradables que juré no volver a intentar mirarme a mi mismo. Bueno… esa “parte” sí, aunque hubiese sido mejor que declinar la tentación. No lo niegues, tú también lo habrías hecho.
Yo tenía un nombre, me llamaban Robert, Robert el lento.
En West Crow no podías andarte con tonterías, o desenfundabas rápido o morías y… pues eso.
Algo golpea con fuerza encima de mí tumba. Creo que si el corazón me latiese se me saldría del pecho en estos momentos. Cachos de madera empiezan a ceder y un destello blanquecino perturba mi “no descanso”.

—Es Robert el lento muchachos —oigo afuera.
—¿Estás seguro? —Me suena esa voz.
—¡Por fin! —Grita fuerte otro.
—Saquémoslo de aquí. Echadme una mano, venga —repite el primer hombre.


Me crujen todos los huesos; si pudiera patearles el culo lo haría pero lo poco que queda de mi cuerpo se tambalea intentando conseguir la horizontalidad suficiente como para darme cuenta de que varios ciudadanos de West Crow me miran con cara de satisfacción.

—Perdón por tardar un poco más de lo normal Robert —dice el grandullón de Mike el tuerto. No me acostumbro a ver esa masa negra que cae por su cuenca—. El inútil de Tim olvidó dónde te enterró el año pasado.
—No pasa nada chicos, unos minutos más y me pierdo la fiesta. Me las hubierais tenido que pagar en el más allá. —Menuda tontería como si eso fuese a ocurrir.
Bajamos la ladera, despacio y con mucho cuidado. La vez pasada a Margaret se le torció un pie y ahora lo lleva a rastras, es asqueroso, aunque la estampa en general es cuanto menos para echarse a reír, o a llorar depende de cada cual.
Hay nuevas casas colindantes a las del año pasado, son tan grandes que casi todos nosotros cabríamos sólo en el salón. Si estas personas hubieran conocido la cuadra en la que me crié…
Proseguimos nuestro camino, ahora viene lo más divertido, intentar cruzar el río sin mojarnos demasiado; aún lloramos la perdida del viejo Carl, se resbaló y lo primero que perdió fue la cabeza, el tronco y las extremidades danzaban persiguiéndole riachuelo abajo, parecía un muñeco hecho de paja. Tuvo su aquel porque desde entonces decidimos agarrarnos de las manos, o de lo que pillemos, que a estas alturas no estamos como para ser exquisitos los unos con los otros, y así ganamos la batalla. Mojados, pegajosos y a trompicones nos mezclamos con un pequeño grupo de ignorantes vestidos de vaqueros… o un intento de ello.
Tim intenta escupir al suelo, le pongo una mano en el hombro e intento poner cara de “venga, no hagas esfuerzos que no estamos como para recoger tus dientes, ni tampoco para recoger del suelo al que intente cogerlos.”
Y así un año más intentaremos parecer normales dentro de la marabunta de vivos que no saben que están rodeados de muertos.
¡Oh! Una chica guapa… me miro “ahí”; bah, ni lo intentes…


Una vez al año el pueblo de West Crow revive para la noche de ánimas mezclándose con los habitantes de la nueva ciudad West, a apenas un par de kilómetros. Al amanecer cada cual vuelve a su lugar de descanso, ayudándose los unos a los otros para dejar todo tal y como debe quedar hasta el año siguiente.
Unos dicen que la maldición la trajo un cuervo tan oscuro como la propia muerte, otros que el poblado de los Crow juró venganza por el robo de sus tierras, y los que menos afirman haber visto presencias oscuras el mismo día en que todos despertaron, como si el propio mal quisiera divertirse a costa de ellos.


La danza de los muertos entre los vivos será, ya seas o no uno de ellos ¿Qué más da?